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El fallido intento de TIME por visibilizar el liderazgo femenino en Latinoamérica

En marzo, la revista Time modificó todas sus portadas de la “Persona del año” presentando a una mujer influyente del momento, en un intento por mostrar la desigualdad y las maneras en las que las mujeres se han aproximado al poder. Es extraño, sin embargo, que en este esfuerzo hayan brillado por su ausencia las presidentas latinoamericanas.

En las vísperas del 8 de marzo, la revista Time, de enorme prestigio internacional, decidió dar un golpe sobre la mesa a su propia línea editorial y retitular todas sus versiones de la “Persona del Año” , esta vez, asegurándose de nombrar año tras año -durante los cien anteriores- a una mujer o un grupo de ellas. Este esfuerzo loable, sin embargo, adoleció de un fundamental problema.

Desde 1920 hasta 2019, los editores designaron Persona del Año a solo a tres mujeres latinoamericanas: Frida Kahlo (‘38), Eva Perón (‘46) y las Hermanas Mirabal (‘60), que parecerían ser un reflejo de la forma en que Latinoamérica es vista por el mundo. Según Michael Reid: como una fuente inagotable de la más pintoresca y original cultura (Frida); como un cúmulo de países plagados de sangrientos dictadores a los que se debe resistir (las Mirabal) o la región de los populismos (Eva, a quien se le otorgan el papel de personaje del año por ser “la mujer del pueblo”).

Duele, entonces, que, pese a que incluyeran Jefas de Estado o de Gobierno (en ocho ocasiones) y  otorgaran numerosas veces la distinción a un grupo de mujeres (en diez ocasiones), y sabiendo que los medios extranjeros especializados conocían muy bien a las protagonistas de este reproche (pues las habían incluido reiteradamente -a todas- en sus rankings, como el de la Revista Forbes sobre las mujeres más poderosas del mundo). En pleno siglo XXI, Time parece ignorar el año en que Latinoamérica fue el sub-continente con mayor cantidad de Jefas de Estado o de Gobierno en ejercicio: 2014, el año de las cuatro Presidentas.

Entre el 11 de marzo y el 08 de mayo de 2014, América Latina tuvo un récord protagonizado por Cristina Fernández de Kirchner de Argentina, Laura Chinchilla de Costa Rica, Dilma Rousseff de Brasil y Michelle Bachelet de Chile. Sin demeritar lo que Frida, Eva y las Mirabal significan como símbolos del empoderamiento femenino latinoamericano, y sin cuestionar los méritos de Beyoncé como afroamericana rompedora de paradigmas, al preferir Time nombrar a esta última como su mujer del año y no a “Las Presidentas”, a mi jucio, la publicación invisibiliza la lucha de la mujer de este lado del mundo por tener espacios propios en uno de los ámbitos más machistas que se conocen desde la antigua Grecia: la política.

El ejercicio de la política, y el poder que trae consigo, ha sido a lo largo de siglos un juego de hombres y para hombres. Fue apenas hasta el siglo pasado que las mujeres pudimos votar, y solo en su segunda mitad que se eligió a la primera mujer jefa de gobierno de forma democrática: la Primera Ministra de Sri Lanka, Sirimavo Bandaranaike en 1960.

En Latinoamérica, donde el machismo no lo es menos, las mujeres habían quedado relegadas a ser el ornamento simbólico de sus hombres (padres o esposos), un bonito adorno femenino en forma de Primeras Damas, -algunas incluso míticas como Eva Perón- pero nunca las detentadoras del poder. Sin dar órdenes, con su figura atada a un hombre importante e imponente, que sí tenía el poder real y sin el cual su historia carecería de toda épica.

El cambio de reglas

A la izquierda Violeta Barrios a la derecha Mireya Moscoso

La primera en desafiar esta hegemonía fue Violeta Barrios Torres, un nombre que no es recordado por sí solo, pues ha pasado a la historia -cómo no- de la misma forma que las señoras Thatcher y Merkel: con el apellido de su esposo, Joaquín Chamorro, junto al que dirigió las filas de la resistencia desde las páginas de La Prensa, el principal medio opositor a la dictadura del nicaragüense de Anastasio Somoza.

Violeta asumió sola las riendas de la casa editorial cuando el régimen asesinó a su esposo en 1978, no permitió que el trágico evento la amilanara ni un poco en su lucha. Posteriormente, fue la única mujer entre los cinco integrantes de la Junta de Reconstrucción Nacional que entró triunfante en Managua aquel verano de 1979, para dirigir el país tras la defenestración del viejo autócrata. 

Al año siguiente se retiró en protesta contra los rasgos fascistas que tenía la autoridad ejercida por Daniel Ortega, a cuyo régimen -que se acusaba de militar y autoritario desde ese entonces- derrotó en 1990 como candidata a la Presidencia. Este período se conoce popularmente como la Segunda Transición o la Transición “de Doña Violeta”.

Con la misma disruptividad y valentía le sucedió simbólicamente en la historia Mireya Moscoso de Arias: Primera Dama de Panamá cuando un golpe de estado derrocó a su esposo, el Presidente democrático Arnulfo Arias Madrid. Así, Mireya llegó a la Presidencia de la República en 1999. Su administración gestionó la devolución, al país, de  la soberanía plena sobre el que, quizás, es su territorio más significativo y simbólico: el Canal de Panamá, en cumplimiento del Tratado Torrijos-Carter. Omar Torrijos, de donde viene aquel nombre, fue el General que lideró el golpe, vaya ironía, contra su esposo. 

Las herederas: el grupo de las cuatro

De esta estela única de Presidentas electas democráticamente, son herederas el grupo de las cuatro: las únicas mandatarias latinoamericanas, en lo que va corrido del siglo XXI, cuyas administraciones confluyeron en el 2014, año histórico para la representación femenina.

Imagen tomada de: Reporte Índigo.

La primera en llegar al poder fue Michelle Bachelet en 2006, reelegida en 2014. Socialista chilena, tuvo que exiliarse a causa del golpe de estado de Pinochet, no sin antes haber sido detenida y torturada por formar parte de la resistencia. Volvió para ser la primera Ministra de Defensa y ganar las elecciones presidenciales. 

Le siguió Cristina Fernández de Kirchner, Primera Dama y Senadora. Ganó en primera vuelta en 2007 y fue reelecta con una histórica votación en 2011. En su mandato se legalizó el matrimonio igualitario, se tipificó el feminicidio y se impulsó decididamente el juicio a las atrocidades cometidas por la Junta Militar durante la dictadura.

Después llegó Laura Chinchilla, en 2010. Recuperó la economía costarricense afectada por la crisis mundial de forma notable, mejoró las estadísticas de seguridad -el feminicidio cayó un 70%- e inició el trámite de ingreso de su país a la OCDE, además de ser pionera del programa de ecología y sostenibilidad por el que ahora los ticos son globalmente reconocidos y alabados. 

Finalmente se sumó Dilma Rousseff en 2011, secuestrada y torturada por la dictadura brasileña -como lo fue Bachelet en su tiempo-. Combatió decididamente la pobreza extrema, implementó la educación inclusiva y paritaria para niños y niñas y organizó exitosamente el Mundial de Fútbol de 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016.

El camino femenino hacia el poder nunca ha sido fácil. A Violeta Chamorro, los militares sandinistas de oposición por poco la agarran a golpes cuando anunció el cambio de la cúpula militar. A Mireya Moscoso de Arias la criticó duramente la oposición cuando eliminó mensajes sexistas de los libros de texto escolares. A Cristina Fernández de Kirchner, los antiperonistas más radicales no la bajaban  de “yegua, puta, chorra o montonera”. Laura Chinchilla, recibió calificaciones terribles de aprobación a su gestión en temas de seguridad, pues consideraban que al ser mujer sería débil con el crimen pese a los logros evidentes. Dilma Rousseff, cuando intentó aumentar la presencia de mujeres en su Gabinete de Ministros, fue ridiculizada por querer instaurar una “república en tacones”.

Cada vez que las mujeres nos atrevemos a intentar gobernar, o ambicionar siquiera lo mismo que los hombres, nos someten a un escrutinio brutalmente sexista: ¿Qué lleva puesto la Presidenta hoy?; la candidata  no se sabe vestir o no no usa maquillaje; ¿Son ideas suyas o de su marido y asesores, Presidenta?…todo esto se ha escuchado, más de una vez y hace parte de la narrativa dominante, una narrativa que margina e ignora, que quiere relegar a las mujeres a un segundo plano dependiente y decorativo. 

Es por eso que la decisión de Time de retitular sus portadas fue tan importante; representa un esfuerzo claro por cambiar el enfoque, contar las historias olvidadas y rescatar el lugar de la mujer dentro de la narrativa. Es una lástima que, sin embargo, la revista no haya tenido en cuenta a estas mujeres., prefirio – en cambio- continuar con la narrativa tradicional. Parece que en su intento por romper el paradigma, Time terminó incluyéndose en él.  

Las luchas de Violeta contra el autoritarismo, la fortaleza de Michelle y Dilma frente a las torturas, el combate de Cristina Fernández de Kirchner por la igualdad, el empeño de Laura por salvar a su país de la crisis económica, la valiente defensa de la soberanía que hizo Mireya Moscoso de Arias. Todos estos son ejemplos de tenacidad, de vindicación sobre su autonomía personal -incluso por encima de sus esposos o familias. Una férrea defensa de lo que se puede lograr con disciplina y constancia aún con los estereotipos en contra.

 Así que, reivindicar la  memoria de estas mujeres y su lugar en la historia, no es pedir un favor, es un acto de justicia. Su legado y el continuo de sus luchas ha sido in-visibilizado e ignorado por la narrativa de Time que decidió – en cambio-  unirse a los paradigmas y estereotipos sobre latinoamérica. La omisión de esta revista equivale a la eliminación, de un plumazo y por ostracismo, de una parte fundamental de nuestra historia latinoamericana; la historia que protagonizan, precisamente, las mujeres. En este caso habrían podido encontrar una formula más fácil que les permitiera simplificar la idea en forma más contundente: aquí no ha habido Presidentas.

Imagen tomada de Revista Time.

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