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La inutilidad de la palabra en los tiempos del post-apocalipsis

El mundo se está acabando. O quizás ya se acabó. No estamos seguros de ello. Sugerir las posibles consecuencias de los acontecimientos actuales, en el mismo momento en que suceden, es un ejercicio complicado que implica fuertes especulaciones o una gran dosis de clarividencia. El escenario parece salido de la ficción: las calles están vacías, los más afortunados están encerrados en sus casas, preocupados por el mercado; los menos afortunados se arriesgan cada día y salen a enfrentar un mundo que les promete una terrible muerte virulenta. En fin. El mundo se está acabando, o quizás ya se acabó, y mi refugio durante estos días han sido las letras.

Suena como si antes no lo fueran, así que haré la precisión: en estos tiempos de post-apocalipsis las letras se han ratificado como ese refugio que siempre han sido. Son mi propio búnker, lleno de latas de productos no perecederos, máscaras de gas y tantas otras provisiones necesarias para sobrevivir al fin del mundo. Me he refugiado en la lectura y me he refugiado en la escritura, pero también he recaído en la terrible espiral de las preguntas inútiles. A veces me despierto, antes que mi pareja, y miro al techo, sin ganas de moverme para no despertarla. En ese momento, busco respuestas entre los puntitos del estuco. ¿Por qué leer? ¿Para qué escribir? ¿Para qué si lo esencial en este momento son los profesionales de la salud y tantos otros funcionarios que mantienen a flote nuestra frágil sociedad?

En estos días, después del fin del mundo, ha quedado más que claro cuán “innecesarias” son las artes y las letras. Atención, recalco las comillas, antes de que el lector despotrique en contra mía por mi irreverencia e irrespeto ante las reverendas instituciones culturales. No sirven, no son útiles. Lo afirmo a voz en cuello por una simple razón: no deberían serlo.

Entre esas púas del estuco he llegado a una conclusión, subjetiva como suelen serlo estas reflexiones matutinas: hemos sucumbido al culto de la utilidad. ¿Por qué leer y para qué escribir si no sirven de nada en estos momentos de crisis? Tal vez no son útiles como un respirador artificial o un tapabocas N-95, pero entre esas líneas de garrapatas apretadas podemos refugiarnos, un poquito, o buscar más preguntas para llenarnos la cabeza. A través de estas palabras podemos reflejar nuestra inconformidad con las injusticias que se subrayan durante los momentos de crisis. Privilegiados nosotros los inútiles que podemos refugiarnos en la superficialidad de nuestro quehacer, inmersos sin remedio en océanos de palabras que quizás en muchos años puedan ser un pueril testimonio de cómo se sobrevivió a toda esta hecatombe. No busco tampoco enaltecer el lugar de la palabra en esta “coyuntura”, porque, como ya lo he dicho, sostengo que es inútil y que debemos aprender a apreciar su inutilidad.

Es que la utilidad ha arruinado, casi sin remedio, los mejores medios para expresar lo que sentimos. Las artes plásticas, la música, la literatura y muchas otras han sido relegadas por un modelo mundial que necesita de la utilidad para avanzar. ¡Qué triste resulta que todo lo que hagamos tenga que servir para algo! Sostengo que lo mejor que ha producido nuestra pretenciosa e imperfecta raza humana surge siempre de lo inútil, de lo innecesario, porque es aquello que se demarca de lo ya establecido y nos cambia la mirada. Tal vez lo que nos falta en estos días es dejarnos sorprender por la inutilidad de lo que nos rodea y aprender a integrarla como combustible para salir de todo esto.

Poder dedicarme a leer y a escribir es, sin lugar a duda, un privilegio absoluto en estas situaciones. Sin embargo, no me desgarro las vestiduras deseando poder serle más útil al mundo. Tampoco he cuadriculado mis jornadas para sacarles el máximo provecho y producir todo lo que no he producido en mi vida: no me preocupa en lo más mínimo leer cierta cantidad de libros antes de que se acabe el fin del mundo ni tengo el más mínimo interés en ponerme una fecha exacta para terminar de escribir una de tantas novelas que tengo en proceso. Por el contrario, siento que por fin puedo tomarme el tiempo para leer sin las presiones externas, leer sin que se sienta como un crimen que atenta contra el estricto horario de la normalidad. Ese es un placer que, quienes podemos permitírnoslo, deberíamos darnos con más holgura.

Daniel Pennac afirma en sus “Derechos inalienables del lector” -recurro aquí a mi memoria para parafrasear al autor- que el lector tiene derecho a leer cuando y donde se le antoje, en cualquier rincón y durante los breves minutos que pueda permitirse, como si se tratara de una lucha contra el reloj. “No tenía tiempo para leer, pero ahora con la pandemia me voy a leer cien libros”. No me ha pasado. Me pasa lo contrario. He leído menos en el encierro, me he tomado el tiempo de saborearme las palabras. Y quisiera seguirlo haciendo, aunque llegue el día en que tenga que volver a salir a la calle. Señor Pennac, estoy de acuerdo con usted, el que quiera leer que lo haga cuando y como se le dé la gana, pero lo ideal sería que no constituyera un pecado contra las obligaciones. En fin, divago. Pero en eso consiste el oficio de escribir.

Entre toda esta verborrea inútil que hoy les traigo, afirmo también que la ficción es fundamental para entender todo lo que está sucediendo. Soy antropólogo de formación de base, y la lógica dictaminaría que una etnografía de la pandemia sería un camino correcto para intentar interpretar todos los acontecimientos que nos rodean. Sin embargo, he encontrado más lucidez y perspicacia en la ficción. La ficción sugiere realidad y exuda subjetividad. La obsesión de lo objetivo -por antonomasia, de lo útil- nos ha hecho desdeñar la literatura de ficción por “alejarse de la realidad”.

Entre las reflexiones inútiles de esta cuarentena he llegado a reafirmarme que intentar escribir un texto objetivo es una empresa imposible y desgastante. Al final, siempre traslucirá de una forma u otra la mirada de quien escribe. La ficción en cambio no pretende reflejar ninguna realidad, ni siquiera la obra más “realista” quiere reemplazar aquello que describe. Y es con este pacto de ficción que abordamos la lectura, asumiendo de entrada que aquello que leemos es una realidad creada para nosotros, contenida en un objeto físico (o digital si se es entusiasta del e-pub). A través de las ficciones reinterpretamos nuestras realidades, aprendemos a mirarlas con otros ojos y a ver lo que antes no veíamos, por ignorancia o simple falta de práctica. He aprendido más sobre el Covid-19 con Edith Wharton y Alfredo Molano que, viendo las noticias, porque, aunque lo que escriben nada tiene que ver con la pandemia, en sus palabras encuentro las preguntas que quiero intentar responderme.

En medio del trabajo, de la tesis, de pensar en cómo terminar una novela que llevo pensando unos dos años y de la que no llevo más de veinte páginas, entre hacer el mercado, el ajetreo, los tapabocas, los protocolos, las preocupaciones por la economía global y las decisiones de la alcaldesa -enumeración de cosas muy útiles todas-, hay momentos en que me quedo solo mirando una página en blanco a la espera de que salga algo inútil que me permita escapar a esas horas tan productivas en las que el ocio no tiene cabida.

En fin, en este inútil escrito dejo suscrita la confesión de que no quiero ser útil. Quiero poder dedicar mi vida a la inutilidad de la palabra y estos medios son los que nos permiten -a quienes tenemos tan idílicos proyectos- explayarnos durante una o dos páginas respecto a esas temáticas que nos afligen. En estos tiempos del post-apocalipsis debemos defender a capa y espada las publicaciones, los periódicos, los libros y las editoriales que tan arduamente luchan en contra de un modelo de productividad que se cree con el derecho de dictaminar qué es útil y qué no lo es. Agradezco la atención prestada a estas palabras vacías. Tómense un café (o una aromática si no les gusta la cafeína) y entréguense sin asco a la inutilidad de la palabra. O no lo hagan, ustedes verán.

Imagen por:  Daniel Jędrzejczyk

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