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El luto huele a rosas

Por: Calandria

Si cuando el río suena, piedras lleva. ¿Cuándo repica el teléfono, qué noticias trae? Hacía un tiempo que la angustia por tener noticias de mi abuelo se había convertido en mi nueva normalidad. En ocasiones, si el agujero en el estómago permanece allí el tiempo suficiente, uno llega a acostumbrarse. ¿Qué significa el luto?, ¿Y el duelo? No me lo pregunté hasta que la noticia de su muerte llegó, imprevista, esa mañana de domingo. 

Estudiar lejos de casa tiene sus desventajas, como no poder sostener la mano de una persona que amas mientras fallece. Como no poder verlo una última vez y decirle cuanto lo quisiste. Como estar condenado a pensar que se pudo haber dicho o hecho más. Nunca había perdido personas cercanas…qué extraño se siente. Quizás perder a alguien es el auténtico tránsito de la infancia a la adultez. Ser niño es pensar que el dolor y la angustia hacen parte de otro mundo y no nos pertenecen. La vida mentirosa de los adultos, diría Elena Ferrante.

Las catorce horas de viaje me pusieron frente al espejo. Encerrado en un espacio sin ventanas, afrontar la muerte era sentir que la crudeza de la realidad me saludaba en cada curva entre la niebla, y eso era todo lo que podía ver. ¿Qué pasa cuando alguien muere? Todo lo que queda es un cuerpo maquillado sobre la madera. ¿Y si es uno el responsable de los preparativos? Pienso en lo inútil del ritual mortuorio, quizás sería más fácil salir con el cuerpo en el maletero, directo al cementerio. 

Las mismas horas de viaje que me mantuvieron en el laberinto de mi propia mente me evitaron el sinsabor destemplado de visitar una morgue, reclamar un cuerpo en un hospital, seleccionar un color para el cajón o el traje. Mejor pasar directamente a la sala de velación, pensé. Llegar a esa sala es como pararse a orillas de una autopista, entendiendo que la soledad es estar a solas con cientos alrededor. No fui tan consciente del frío como la noche en que me senté por primera vez, solo, en aquella sala lúgubre, pensando que eso servía para alargar más la tortura de saber que nunca volvería a estar con nosotros. Abrazar el ataúd jamás se sentiría como volver a darle un abrazo.

Ahora, la misa. El luto huele a flores, apiladas una sobre otra en el atrio de una iglesia. Sí, el luto huele a rosas, rosas blancas: incómodas, fantásticas, surrealistas, de vida pasajera y aspecto perenne. Pasarán los días y la flor en el alféizar de la ventana se encogerá a medida que se marchite, pequeña y frágil, pálida, sin sentido. Sí, el dolor es una rosa blanca y sabe a tinto añejo por la mañana…la mañana del funeral.

¿Y ahora qué? El entierro, la sepultura y el adiós. ¿Se podrá decir adiós a la vida misma? No soy capaz, siento que se me queda un pedazo de la existencia tres metros bajo tierra. El calor de las lágrimas no puede abrigar el vacío de su ausencia. Veo como desciende el féretro y es lo más cercano a ser triturado en vida. Cuando la tierra caiga: ¿sepultará con ella mi amor y mis recuerdos? Si ahí queda su cuerpo, ¿qué se va a quedar conmigo? O más bien, ¿qué va a quedar de mí? Con cada flor que arrojan al vacío, se siente como un trozo irredimible del alma se pierde para siempre a los pies de los que lloran.

El sepulturero arroja la última carga de tierra. Está hecho. El tiempo es subjetivo, pareciera que cae el telón y la función ha terminado, pero yo siento que apenas si ha empezado todo. Ahora habrá que enfrentarse a la casa vacía. En adelante, el dolor. El duelo es una sensación extraña, a veces incomprensible. Hay días en que me levanto pensando qué hacer para sobrevivir las 24 horas que tengo delante. Otros en los que siento que la vida pasa y soy sólo un mero espectador, que es otro el que la vive y mi cuerpo es un muñeco. Nada siento y todo fluye.

Mi abuelo murió una semana exacta después de mi cumpleaños. Él, que alguna vez me dijo que para sufrir prefería partir, no abandonó la vida sin la cuota de suplicio que le representaron las diálisis. ¿Cómo se narra lo inenarrable o se describe lo indescriptible? Eso fue lo que vi en sus ojos la última vez que nos encontramos. Ambos sentíamos en la nuca el aliento negro y gélido de la muerte, pero entendíamos que cuando se acerca el fin el amor es todo lo nos queda. Que lo amaba, eso fue todo lo que le dije en una mirada y un abrazo. Tanto amor en una mirada… y pensar que fue en una sala de espera semivacía, rodeados del olor a alcohol y decadencia que tienen todos los hospitales.

¿Me habrá entendido mi abuelo lo que quería decirle?, ¿Habrá entendido que lo recordaría para siempre? ¿Que su memoria no se desvanecería mientras mi corazón latiera? No lo sé, y ahora ya no puedo preguntárselo. Pero quiero creer que sí, o no voy a ser capaz de mantenerme en una pieza las noches en que me abrazo fuerte en la oscuridad cuando el dolor arrecia. 

No importó cuántas veces oré y lloré pidiéndole a la muerte una tregua. Justo cuando la pandemia estallaba, nos dejó mi tía, su hija. Intenté hablar con ella en Navidad, pero la conmoción que me produjo verla, sombra de lo que era e inutilizada por el dolor, me dejó mudo. El cáncer arrasó con todo a su paso, solo logré darle un beso en la frente mientras salía pálido de la habitación. Una vez más, la muerte me dejó sin argumentos. No puedo dejar de preguntarme si habría podido decirle que la amaba una última vez. Como con mi abuelo, todo se redujo a una mirada.

Me parece que solo ha pasado un año entre ambas muertes, de vivir la partida de dos personas que amaba encontrándome siempre de pie ante el cajón vacío. Preguntándome si el vacío en el corazón no iba a matarme o, si por el contrario, no debería llorar y sufrir más por la vida que fue, como decía Borges.

Ahora, sólo me pregunto quién sigue o si seré capaz de sobrevivir la próxima vez que esto suceda. Tengo miedo, tanto que quizás preferiría morir yo primero antes que soportar algo así de nuevo. Vivo atesorando a los que quiero como el aceite precioso de una lámpara que se agota, esperando que la luz dure lo suficiente para no perderme definitivamente en el camino. Capturo los momentos de risa que la pandemia me deja como fotos mentales de los recuerdos que serán. Juego parqués con mis papás o abrazo a mis hermanos sabiendo que esto es lo que recordaré en el futuro, las postales del álbum.

Me queda una intuición: el duelo es el amor de la impotencia, o mejor, el amor desde la impotencia. El dolor que no pasa, no cambia, no aminora. Espero que el tiempo lo cure todo. Mientras tanto, solo puedo esperar que pasemos este temporal juntos. Cuando me canso de ellos, recuerdo la metáfora de los pingüinos: que se abrazan unos a otros, para mantenerse cálidos. Quizás Tiedge tenía razón y el dolor, si es compartido, duele menos. 

Abrazándonos, espero que nos mantengamos cálidos en el amor que nos queda, en esa certeza que se convierte en esperanza al saber que no estamos solos. Que pese al sufrimiento, sufrimos juntos, estamos juntos, nos ayudamos unos a otros. Y cuando todo pase, la fuerza de este abrazo nos habrá hecho más fuertes.

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