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Barreras Invisibles

Por: Mariana Sanz de Santamaría

Recuerdo que en el debate final de la clase de lógica y retórica, siendo estudiante primípara de Derecho, tuve que defender la improcedencia de la reelección del entonces procurador Ordoñez y, a su vez, la legitimidad de la histórica Sentencia C-355 de 2006. Esta es la sentencia en la que la Corte Constitucional despenaliza en tres causales el delito del articulo 122: el aborto. Era la primera vez que me acercaba al concepto del aborto desde el derecho y que jamás lo había pensado así. Creía que, habiendo tanta oferta de anticonceptivos, era más una irresponsabilidad quedar embarazada. Recuerdo leer argumentos extensos que contenían leyes nacionales y tratados internacionales que me hicieron comprender que, en efecto, era un derecho con el que estaba de acuerdo. Mi grupo, compuesto por mí y otras tres mujeres, logró obtener la victoria final del debate. 

Seis años más tarde esas leyes, argumentos y textos largos cobraron sentido. 

El pueblo de Barú es una comunidad afrodescendiente de aproximadamente 4,000 habitantes, el último corregimiento al sur de la isla de Barú. La isla de playas blancas, manglares y mar turquesa. No hay acueducto, ni alcantarillado, ni fácil acceso a agua potable, ni puesto de salud. La única institución, kilómetros a la redonda, es el colegio donde fui profesora de inglés, de sociales, de comprensión lectora y hasta de educación física con el programa Enseña por Colombia durante dos años. 

Algunas de mis estudiantes no iban al colegio cuando tenían la menstruación, se sentían inseguras e incómodas. Cada año, en bachillerato – que es un bachillerato de más o menos 350 estudiantes- había entre 15 y 20 embarazos. La violencia sexual era periódica, común y conocida, y la violencia de género, de la que nadie hablaba, la vivía en carne propia. Para mi perdió mucho sentido ser profesora de inglés o sociales. No dejé de serlo, pero decidí invitar a mis estudiantes a un encuentro extracurricular, inicialmente solo para hablar de menstruación y mostrarles productos alternativos, como la copa menstrual, para el autocuidado. Este encuentro se fue convirtiendo, a petición de ellas, en un proyecto más grande de lo que me imaginé: Barulera Poderosas, como ellas mismas se nombraron: un espacio para hablar de lo que no se habla. 

Un sábado, el día en que nos encontrábamos, llegaron tarde las que vivían por el Bosque, uno de los sectores del pueblo. Una mujer, sola, había parido en el monte y había dejado al bebé abandonado. Se armó todo un alboroto cuando otros baruleros lo encontraron. Seguramente esa mujer había intentado abortar de muchas maneras, y no lo había logrado. Era tal su desespero, que prefirió parir, sola, en la mitad del monte, dejar abandonado el bebé y salir corriendo a esconderse. Duraron varios días para encontrarla. Fue llevada a la Fiscalía. 

La primera reacción de las poderosas fue juzgarla, insultarla y condenarla. Aún no habíamos tenido el encuentro sobre la Interrupción voluntaria del embarazo (IVE). Las paré. Recuerdo que les dije que a partir de ese día, cada vez que yo dijera “una mujer” ellas debían responder en coro “nunca juzga a otra mujer”. Hoy esto es uno de nuestros mantras. 

Otras mujeres de Barú, en más de un caso que conocí, sí tuvieron éxito interrumpiendo el embarazo, pero también su vida. 

Un embarazo no deseado es un síntoma de infinitas carencias. Conocer cuáles son los métodos anticonceptivos y cómo deben usarse es un privilegio. Solo 16,1% de las jóvenes de 13 a 14 años y el 19% de los jóvenes de la misma edad conocen y usan métodos anticonceptivos modernos (UNFPA, EEVV, DANE -SISPRO 2016). Tener acceso a ellos, también es un privilegio. Si bien hay jornadas y EPS que los proveen, hay lugares en Colombia – como Barú- en donde no llega ninguna institucionalidad ni hay una EPS. Y si sí han tenido información relevante y completa sobre los métodos anticonceptivos y cómo usarlos, no es suficiente. Es más, el 94,6% de las niñas entre los 13 y 14 años, y el 95,5% de los niños de la misma edad y el 98,4% de las jóvenes entre los 15 y 19 años y el 99% de los niños de esa misma edad conocen qué es y cómo usar el condón masculino (ibidem). Pero no lo usan. 

 “Si la Dr. de la farmacia me ve comprando pastillas, le dice a mi mamá y me castigan”, “Usar condón no es para machos” “El que no preña no es macho” “A mi me echaron de la casa porque me cogieron las pastillas que tenía” “A mi me golpeo mi marido cuando se enteró que estaba planificando, me dijo que le era infiel” “Eso lo vuelve a una flaca y maluca, mejor no tomar de eso” “Yo sí estaba tomando las pastillas pero un día se me olvidó” “No, yo no puedo decirle que no a mi pareja, si él tiene ganas yo tengo que decirle que si” “Uff yo si amo los días que tengo la menstruación, puedo descansar, esos días no me toca” “Me violaron” “Me amenazó en matarme si gritaba”.

Escuché esas frases las suficientes veces como para obsesionarse con los derechos sexuales y reproductivos. Empecé a leer, releer e investigar obsesivamente sobre derechos sexuales y reproductivos, pero no para una tarea, ni un debate final, ni para un escrito. Esta vez tenía la oportunidad real de ser el puente entre una vida, o varias vidas, condenada a una maternidad no deseada o a un aborto clandestino que termine en muerte y una vida alternativa, cuyo destino lo decidan ellas -mis estudiantes- y no el desconocimiento de sus derechos. Desconocimiento que no era, ni es, su culpa.

Hay barreras invisibles  que no se derriban solo con acceso y conocimiento sobre anticonceptivos. Y aún sin esas creencias, tan profundas y arraigadas, no existe ningún anticonceptivo que sea 100% efectivo.  

Invité a Sher Herrera, mujer afro feminista y una de las fundadoras de las viejas verdes, un colectivo feminista activista pro-aborto, para que planeáramos y lideráramos el encuentro sobre IVE. Llegó el viernes y duramos toda la tarde hasta que anocheció planeando minuto a minuto el encuentro. Una palabra, una frase o un tono mal manejado podría crear una barrera impenetrable entre mis estudiantes y sus derechos. 

  • Compartan con una pareja ¿Cómo se ven en 3 años? ¿Qué decisiones tienes que tomar para cumplirlo? ¿Qué evento puede cambiar completamente sus planes? 
  • Un embarazo. 
  • Si quedamos en embarazo sin desearlo, ¿qué decisiones podemos tomar?
  • Sacar al bebé, pero eso es malo, es un castigo de Dios y te meten presa. 
  • En un minuto escribamos en estos papeles todas las palabras y frases que se nos vengan a la mente cuando oyen la palabra aborto. 
  • Asesinato, algunas lo necesitan, miedo, matar a bebe, pecado de Dios, cárcel. 

Después de casi 4 horas, en las que leímos testimonios de niñas, jóvenes como ellas y mujeres que habían decidido abortar, que dimensionamos sobre cuántas mujeres en el mundo abortan al año, y que siempre lo han hecho, y seguramente siempre lo harán, comprendimos cómo la carga moral, delictiva y pecaminosa del aborto la heredamos desde que se creó la idea de la propiedad privada y con ella, que la mujer entra al patrimonio del hombre al casarse y, por tanto, todo hijx que tenga con él, por lo que cualquier aborto, significaba un detrimento patrimonial para el hombre; el mismo hombre que legislaba, el mismo hombre que dirigía la Iglesia, el mismo hombre que compraba las esclavas y les prohibía abortar, pues hijo de esclava es esclavo del mismo patrón, ya sea para venta o para sí mismo. Que vimos fotos de las mujeres, millones y millones de mujeres en el mundo marchando con pañuelos verdes, no porque quisieran abortar, o porque quisieran que las mujeres abortaran, sino porque defendían un derecho.  

El derecho a decidir. 

Decidir es la máxima manifestación de la libertad, de la dignidad, de la vida.  Es tan preciada esa capacidad, que millones de mujeres prefieren morir antes de no poder decidir. Tan preciada que no hay amenaza de delito, de pecado o escarnio que impida que millones de mujeres dejen de decidir. 

Una mujer, nunca juzga a otra mujer. 

Semanas después de ese encuentro me llamó una de ellas, Yeimy* (pseudónimo). “estoy preñá Seño. Y yo no quiero este embarazo” tenía 16 años. Yeimy vive solo con su mamá y dos hermanos, en una casa de zinc. La mamá trabaja en un hotel cercano como auxiliar de aseo, a duras penas tiene el dinero suficiente para comprarle cuadernos a Yeimy. El hombre responsable de esa fecundación era también estudiante mío: un estudiante difícil, grosero, saboteador. No importa por qué fue, si usó o no usó anticonceptivos, si fue una relación consensuada o no. ¿debía ser condenada a ser madre sin desearlo? ¿debía ser condenada a continuar o ahondar su estado de pobreza? ¿debía ser obligada a desertar, dado que probablemente no habría quién cuidara del bebé una vez nacido? “Yo me acuerdo que usté nos enseñó a decidir, ¿qué tengo que hacer?” Pidió prestado el dinero para pagar el pasaje a Cartagena a Profamilia, donde le dieron cita para la ecografía dos días después. Pero ya no tenía cómo volver a pedir prestado para el pasaje. 

Varias llamadas después lograron que le subsidiaran el transporte y tuvo una interrupción voluntaria del embarazo segura y tranquila. Es una lideresa comprometida, una poderosa. Me agradece cada vez que puede. 

Sofia* (pseudónimo) vive cerca de un hotel, frente a su casa pasan todos los días los trabajadores temprano en la mañana y de regreso en la noche. Uno de ellos, 26 años mayor que ella, la miraba siempre que pasaba. Paró en varias ocasiones a conversar con ella. Sofía es una de esas estudiantes que sobresale por su inteligencia, por su pensamiento crítico y por su talento artístico. La mamá tuvo a su hermana siendo adolescente, tiene un papá ausente y su hermana, un par de años mayor a ella, ya tiene dos hijos. Esas conversaciones ocasionales se volvieron frecuentes, la invitaba a Cartagena, a conocer el hotel. Sofia quedó embarazada. La familia vio una oportunidad para amarrar a este señor, que tenía otra familia, y lograr un mejor sustento económico. 

Conversamos una tarde después de clase en un salón vacío. Ella repetía las frases de su mamá. Hasta que empezó a llorar, “yo no estoy lista para ser mamá seño“. Nos fuimos juntas en la madrugada a Profamilia. Tenía 11 semanas. La enfermera le preguntó varias veces, demasiadas veces, si estaba segura de su decisión, le dijo que escuchara el corazón de su hijo, que Dios había traído al mundo. Había mucha gente esperando ser atendida en ese diminuto Profamilia, le dieron cita al día siguiente a primera hora para el procedimiento. 

La esperé 45 minutos. No llegó. Se la había llevado el señor. 

Una noche llegó Yuly* (pseudonimo) a mi casa. “tengo un retraso seño, tengo mucho miedo“. Le compré una prueba de embarazo y juntas esperamos el si que nos derrumbó. “Yo sé mis derechos, vamos a Profamilia“. Así fue. Cuando nos atendió la doctora de turno, fue bastante enfática en recordarle a Yuly “el aborto en Colombia es un delito, solo está despenalizado en tres causales, por qué causal está usted acá“ Yuly, de 16 años, la miró a los ojos desafiante y le dijo “por la causal salud, por que continuar con este embarazo afecta mi salud mental, mi salud emocional, mi salud económica y mi proyecto de vida“. Su fuerza, convicción y lenguaje fue suficiente para que la doctora no indagara más. 

Hoy ella estudia, y ya es una líder imparable. 

Como ellas, otras tantas rompieron con la previsibilidad de un futuro indeseado, decidiendo ellas, para ellas y por ellas. Libres e informadas. Enderezando así, aunque sea sutilmente, también el futuro de su familia y de su comunidad, para siempre. Las historias son interminables. Y solo éstas logran aterrizar lo que los extensos argumentos jurídicos, políticos, jurisprudenciales no logran jamás. No hay sentencia, ni tratado, ni ley ni decreto que logre explicar, en su debida proporción, lo urgente, lo inalienable, lo ineludible y lo valioso que es el poder de decidir de las niñas, adolescentes, jóvenes y mujeres. Y lo complejas y profundas que son las barreras invisibles que inhabilitan ese poder. 

Solo el territorio me logró explicar lo que seis años antes había argumentado y defendido en un debate, y que pensaba, en ese entonces, entendía. 

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