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Eduardo Cifuentes: Retrato íntimo de un uniandino

Por: Santiago García y Carlos Beltrán

Veinte años después de su Presidencia en la Corte Constitucional, Eduardo Cifuentes vuelve a la cabeza de un Tribunal: la JEP lo eligió ayer como su nuevo Presidente. Al Derecho presenta un retrato íntimo del Magistrado, desde la perspectiva de su público más asiduo: los estudiantes uniandinos de la Facultad de Derecho.

Un lunes de enero de 2016, la Universidad de Los Andes se preparaba para iniciar clases. En esa mañana de Blue Monday, el campus era un reflejo de la ciudad que lo acogía: la construcción del Edificio C y las reformas de “El Campito” bloqueaban las entradas al Edificio O, una mole de color terracota que se recortaba en el horizonte directamente contra los Cerros Orientales.

Para cualquier otro uniandino, los desvíos no representaban problema alguno. Pero para los primíparos de Derecho, que tenían su primera clase de la carrera a las 8:30 am (las infames clases de 6:30 no se habían inventado todavía), el laberinto era un caos. Era su primera clase y nadie sabía cómo llegar hasta el salón. En grupos, imposibles de ignorar, se arremolinaban en torno a monitos y viandantes intentando llegar a su destino.

Cuando parecía que uno de estos grupos nunca lograría salir de “El Bobo”, pasó por su lado un hombre particular. De andar desgarbado, en elegante saco y corbata, el portafolios negro bamboleante en una mano y el café humenate en la otra. Sonriente, pasó por el camino empedrado como el alpinista que avanza por una pendiente, sin prisa pero sin pausa. Esta figura providencial los guió hasta su primera clase de toda la carrera: Teoría General del Estado. 

Para decenas de generaciones desde finales de los años ochenta, Eduardo Cifuentes Muñoz ha sido esa figura: un sherpa que acompaña en el camino, un líder gentil e inspirador que despierta la curiosidad de las mentes más inquietas de cada promoción. Un entusiasta enamorado de la vida y del Derecho.

Siglos con palabras

El Profesor Cifuentes inició su primera lección de forma inesperada: proyectó un cuadro antiquísimo sobre el acrílico blanco. —¿Qué ven?—, preguntó ante la mirada aturdida de su joven público. Ante la perplejidad y el silenció, los reprendió con cariño: —Si hubieran leído la lectura de Manuel García Pelayo que tenían para hoy, lo sabrían. 

Ante ellos se desplegaba el famosísimo fresco L’Allegoria del Buon e Cattivo Governo de Ambrogio Lorenzetti, pintado en Siena, como explicó el Profesor en un italiano de perfecta dicción. Figura a figura, Cifuentes explicó los frescos, disruptivos para su tiempo, que retrataban los efectos del gobierno en una comunidad.

“Y a la izquierda, en el trono, la Justicia”, cerró. La clase, como si de colombianos aterrizando en Madrid se tratara, estalló en aplausos. Su primera cátedra universitaria los había introducido en conceptos básicos como la democracia, el poder popular, la tiranía, el Estado moderno y el bien común a través de la improbable compañía de una obra de arte sacada de la Edad Media, que a simple vista no parecía decir mucho.

En una lección magistral, acompañado únicamente de este cuadro de 700 años y un marcador negro, Eduardo Cifuentes había resumido la historia de las ideas políticas de Occidente, que servían como base a la idea del estado moderno. Los alumnos lo entendieron de inmediato: con que eso era la Teoría General del Estado.

Pero, más allá de esto, lo que sus estudiantes vieron fue un atisbo de la genialidad de este payanés menudo, dicharachero y cuentista. Fueron testigos de su ya legendaria capacidad para simplificar conceptos intrincados, ámbito en el que había sido superado sólo por su propio maestro: Ciro Angarita Barón, su colega y amigo.

Un -largo- camino a casa

Cifuentes encarna la esencia de una figura uniandina. En los albores de los años noventa lideró, del lado de los profesores, la resistencia uniandina que se reunía en la Central, El Bobo y la Capilla con gente del Rosario y el Externado (“Las Universidades de los Cerros”) para organizar la Séptima Papeleta. En 1993, lo eligieron magistrado en la primera Corte Constitucional que tuvo mandato completo, donde compartió Sala con Carlos Gaviria Díaz. A su salida, fue nombrado Defensor del Pueblo por el Congreso. Cuando terminó su periodo, lo nombraron Director de Derechos Humanos de la UNESCO y Presidente del Consejo de Defensores del Pueblo de la Comunidad Andina.

Encadenando un éxito tras otro, en marzo de 2005 volvió a su alma máter como Decano. Su historia uniandina, que nunca dejó de serlo, se reanudó y colmó de toda clase de leyendas. Se había convertido en un mito en la Facultad. Su idea, como lo dijo años después al recordar su Decanatura, era dotar a la Facultad del sentido de tradición y de continuidad que en sus menos de cincuenta años de historia no había logrado consolidar.

Cada mañana, al entrar en su despacho, dejaba su saco en el perchero y se ponía un suéter de tweed verde, sin mangas, para trabajar en su oficina. Cuando terminaba, dejaba el chaleco en su silla y salía de nuevo con el abrigo que llegaba. La investidura del Decano, decía, carecía de toda clase de simbolismo propio y los seres humanos, como lo analizaba Umberto Eco, necesitan de símbolos que los ayuden a entender y encapsular conceptos relevantes pero abstractos, como el poder o la tradición en sí misma. Para él, su saquito de tweed era una de sus tantas formas simbólicas de enviar mensajes.

De igual forma, nadie que se haya graduado en su Decanatura podrá olvidar su ceremonia. La mayoría de sus predecesores invitaban a los graduandos de cada promoción a un almuerzo o cena privado, en el que daban un discurso, hacían un brindis y se marchaban. Cifuentes los reunía a todos en un mismo lugar y les entregaba, uno a uno, una naranja. “De los nuevos comienzos y las nuevas oportunidades, pieza a pieza se revela la semilla que crecerá dando frutos, como la educación que aquí les hemos dado los lanza al mundo para ser fecundos”. La imaginación poética de Cifuentes hablaba de sus ideales y esperanzas.

Esa misma imaginación y empuje obstinado lo llevó a ser uno de los decanos más trascendentales de los últimos 25 años. Sus ideas trajeron a la Facultad sus dos iniciativas estudiantiles más antiguas: el Colegio de Monitores y el Periódico Al Derecho, que él se atrevió a soñar con sus alumnos. Con sus colaboradores, la Directora del Pregrado Faridy Jiménez Valencia y el Coordinador del Pregrado Jorge Miguel Gutiérrez, lanzaron una estructura de colaboración Facultad-Pregrado a gran escala que nunca pudo igualarse.

Asistía personalmente a las sesiones del Colegio de Monitores. Almorzaba con ellos y discutía sobre ideas; comentaba las ponencias y proponía nuevos temas. Con el Periódico Al Derecho fue un líder leal: pese a que era su mayor financiador, nunca se quejó por una nota o un artículo. El Consejo Editorial, al que perteneció alguna vez su propio hijo, tenía completa independencia y autonomía. Prefería reírse que enfadarse y celebraba el ímpetu con que los jóvenes se involucraron y le hacían “control político” a su administración. Se unían, llegó a decir divertido, así fuera contra mí pero se unían.

Nunca necesitó de un programa para entusiasmar a sus estudiantes por la justicia. Él mismo era un testimonio andante. Sus anécdotas de Ciro Angarita Barón, que incluían una excelente imitación con la que Ciro mismo se río muchas veces en vida, intrigaban a todo el mundo y seducían a muchos con la ilusión de la Corte Constitucional como agente de justicia y defensa de los oprimidos. Su escaño en el Tribunal se convirtió en la “silla de oro” de los liberales: ocupado por él desde la creación de la Corte, fue sucedido por Manuel José Cepeda y este a su vez por María Victoria Calle. Todos juristas eminentes que presidieron el alto tribunal.

Siguiendo la tradición, seis años como Decano le parecieron suficientes y se retiró del cargo en 2011. Pero contrario a muchos de sus antecesores, no quiso marcharse de la Facultad. Se quedó, con sus cátedras de Teoría General del Estado y Derecho Constitucional. Allí lo encontraron, en 2016, los estudiantes de la anécdota del principio. Ese fue uno de los últimos cursos que impartió, pues la justicia volvería a llamarlo. 

Vocación judicial perenne

En 2017 se presentó ante el Comité de Escogencia de la JEP para ser entrevistado públicamente. Ese mismo año lo eligieron Magistrado, para luego ser electo Presidente de la Sección de Apelaciones del Tribunal, la máxima instancia dentro del mismo, nada más iniciar su funcionamiento.

De allí pasará ahora a la Presidencia de la Jurisdicción, cargo al que fue llamado por la Sala Plena el día de ayer. Como un viejo labriego en el mar de Hemingway, Eduardo Cifuentes ha vuelto a la arena del liderazgo judicial para retomar la que quizás sea la gran misión de su vida pública: liderar la justicia transicional que promete superar una guerra sin fin. Su misión, ahora, aspira sacarnos de estos más de cincuenta años de soledad.

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