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La Maldición de Bly Manor o la vida después del amor

Edición Especial de Halloween

Por: María Luisa Villegas

Llegó a Netflix el nuevo capítulo de la antología de fantasmas “La Maldición” dirigida por Mike Flanagan. Esta vez, con la forma de una mansión inglesa de antaño llamada Bly Manor. ¿Y si te dijera que Cher lo sabía hace treinta años? No puedes perderte el recomendado especial de Halloween de Al Derecho. 

*La siguiente reseña contiene spoilers sobre la serie La Maldición de Bly Manor* 

“La Maldición de Bly Manor” se vende como la reinvención del terror moderno sin perder la forma más clásica y antigua del miedo: los fantasmas. Así como en Hill House (la primera entrega del director), la historia giraba en torno a una familia y su lucha a través del tiempo con la casa materna como metáfora. En esta segunda entrega, se mantiene la mansión, pero nos trasladamos a la Inglaterra rural de los años ochenta. 

La maldición original de la mansión la puso su espectro “más aterrador”: La Dama del Lago. Obligada a casarse para no perder su casa y sus bienes cuando muere su padre, Viola Willoughby encuentra el amor de su vida en lo que al inicio era un matrimonio de conveniencia. Cuando nace su única hija, enferma gravemente de tuberculosis, pero se niega a morir. Al sentir que la hora se acercaba, ella misma guardó en un baúl sus más preciadas posesiones para que su hija, al cumplir la mayoría de edad, supiera que su madre siempre había pensado en ella. Agoniza durante meses, quizás años, hasta que finalmente en un acto de “piedad” -o más bien de crueldad y ambición- su hermana Perdita la asesina ahogandola en su cama. 

En el más allá, Viola se despierta dentro del baúl de los recuerdos que armó para su hija. Como dice el adagio, donde esté tu tesoro, allí estará tu corazón. Viola había muerto, pero aún desde el más allá esperaría el gran día de su hija. Este día nunca llegó. Perdita Willoughby acosada por las deudas, casada con el antiguo esposo de Viola y ansiosa por restablecer su posición económica, decide abrir el baúl. Al hacerlo, libera al espíritu de Viola, que enfurecida la asesina en el ático de la mansión. Llenos de terror, los habitantes de la casa en un intento por olvidar, deciden sepultar para siempre el objeto maldito en el lago del jardín.

Pero el amor de Viola por su hija no conoce de tiempo ni espacio. La misma mujer que se negó a recibir la unción de los enfermos, afirmando que ella permanecería, se enfrentaba ahora a la realidad más cruel: su memoria yacía sepultada en el fondo de un lago, donde el agua gris se llevaría sus recuerdos. Como un último acto de rebeldía contra Dios, Viola se negaba a dejar de existir, a desaparecer. 

La Maldición de Bly Manor se concreta, se lanza el hechizo y Viola Willoughby se transforma en La Dama del Lago, un espectro terrible que, cada cierto tiempo, emerge del agua hasta la alcoba principal y de regreso, matando a todo aquel que se le atraviese. Pero la historia no es irracional, : según las reglas de este universo, lo único que los fantasmas conservan son sus recuerdos.

La muerte no puede destruir lo que se fue en vida: el amor, las pasiones, aquello que se quiso. La Dama del Lago no es un espectro sin sentido, el paso del tiempo va borrando todo, salvo el recuerdo de su hija. Se levanta en la noche desesperada por encontrar a su hija en la cama de la habitación que fue suya, y asesina a todo el que se encuentre porque no ve ni reconoce nada más que el camino. Lo único en lo que piensa es en el espacio entre la oscuridad del lago donde reposa eternamente y la habitación donde espera, algún día, encontrar a su hija con una sonrisa y los brazos abiertos.

Así pues, la Maldición de Bly Manor es la pérdida de una madre con el corazón roto. Una mujer joven que murió sin ver crecer a su hija y, que después de muerta, no puede olvidarla. Como el amor de una madre es tan poderoso, esta misma voluntad de permanecer, perseverar, nunca rendirse, termina creando una atmósfera propia para el lugar. En adelante, Bly Manor tendrá un campo gravitacional propio que mantiene atados a la mansión a todos los que mueran en el lugar, condenándolos a penar de la misma forma que ella: una vez muertos, están atados a sus recuerdos. A medida que la gente los olvide y su memoria se evapore, sus propios rasgos se irán desvaneciendo hasta ser entes sin rostro que deambulan sin sentido por la casa. 

Así, pasan los siglos hasta llegar a la familia Wingrave (probablemente descendientes de la misma Viola) y sus dos hijos: Flora y Miles. Cuando los señores Wingrave fallecen en un accidente los hermanos quedan solos y necesitan una niñera. Al puesto aplica una mujer encantadora, Rebecca Jessel. Ella al llegar, se involucra sentimentalmente con el chofer, Peter Quint. Una noche deciden escapar juntos, pero sucede lo peor: cuando Peter sale a hurtadillas de la casa en plena oscuridad, la Dama del Lago lo asesina y lo arrastra con ella. Como un Romeo y Julieta reimaginado y siniestro, la enamorada nunca se entera y el cuerpo jamás aparece. Destrozada, creyéndose abandonada y desposeída, también ella quiere morir. Vaga sin sentido por la casa, día tras día, hasta que el fantasma del amado vuelve para contarle lo que le sucedió.

Curiosamente, cada fantasma está atrapado en su propio infierno. Están muertos, pero se sienten y parecen muertos en vida. Su condena son sus propios recuerdos: una y otra vez, se ven abstraídos por sus memorias, condenados a saltar entre una y otra en una rueda eterna. Su castigo no es un averno infinito, pero está plagado de oscuridad y desdicha.

En medio del caos, logran forjar un plan: descubren que si tocan a los niños Wingrave, pueden poseerlos temporalmente, haciendo que el receptor quede atrapado momentáneamente en sus recuerdos y ellos vivan un fragmento de existencia que no les pertenece. Si convencen a los niños de entregarse voluntariamente, estos quedarán atrapados para siempre y serán los enamorados quienes vivan en sus cuerpos. 

¿A qué está dispuesto el amor para alcanzar sus fines? El amor, como expresaba Albus Dumbledore, es una fuerza mucho más terrible que la muerte. Dispuestos a todo, los enamorados están listos para sacrificar dos vidas con tal de recuperar las suyas. Así, Bly Manor es una historia de fantasmas, pero también un cuento sobre el amor en todas su formas y la fuerza de sus consecuencias. 

Si bien la mayoría de personajes están muertos, como en La Monja de James Wan, en realidad la muerte no ha logrado poner fin al ser mismo, así no sea consciente ya del tiempo. Agustín de Hipona, Henry James -autor del libro que inspiró la serie-, Edgar Allan Poe y ahora Mike Flanagan llegaron a las mismas conclusiones que Cher inmortalizó en su exitazo noventero: No hay vida después del amor, porque el amor es la vida misma. Todo lo trasciende, lo transforma, lo sublima. Al parecer, no hace falta ser un escritor del romanticismo gótico para descubrirlo, con un poco de autotune podría bastar.

Como se verá al final, también el amor es capaz de detener el armagedón absoluto. Un sacrificio inesperado, en el clímax del argumento, logra romper la cadena del suplicio: la madre atormentada encuentra una sonrisa, los novios logran por fin fundirse en un abrazo atemporal, y la víctima del sacrificio por amor encuentra la salvación en el acto mismo de inmolarse. Sin embargo, no todo es color de rosa. Rick Riordan, en su variación moderna de los clásicos griegos, nos recuerda la paradoja: ¿Si Atlas no sostiene al mundo, quién lo hará por él? En el mundo de Bly Manor, la realidad no se desmorona, pero la Dama del Lago, el Atlas de esta historia, ya no sostiene al mundo. Alguien más lo hace por ella, aunque aquellos a quienes salvó la olviden y nunca más la recuerden.

Bly Manor se revela, se reinventa y se reinterpreta a sí misma: es una historia de fantasmas, sí, pero el terror espectral es solo un factor de segundo plano, una excusa para contar la historia de un amor caleidoscópico, particular a cada uno, que se refleja en cada personaje y su respectivo desenlace. 

Para este Halloween pandémico, la nueva temporada de esta antología nos devuelve la esperanza: no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista. Y si sentimos que perdemos el aliento, cuando la oscuridad es tal que nuestro rostro se difumina y parecemos olvidar la esencia de lo que somos, podemos recordar que el que vive sin amor, transita ya su propio infierno. Mientras logremos mantenerlo, mientras exista alguien a quien amemos, que nos ame o nos recuerde, todo tendrá sentido, todo habrá valido la pena. Ni siquiera la muerte será capaz de vencer eso, y perduraremos, permaneceremos, trascenderemos.

En otras palabras, aquel que vive sin amor no tiene nada que temer ya, porque ha muerto. Ese sí que ha perdido toda esperanza. O como diría Platón: Aquel a quien el amor no toca, camina ya en la oscuridad.

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