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La Minga y la reivindicación de las madres olvidadas

Por: Santiago Castillo Sepúlveda

Somos hijas e hijos de un matrimonio forzado… Una madre que fue arrebatada, violada, reducida y humillada. Un padre que en nombre de la Cruz sometió a esa madre y a los suyos; la torturó, la abusó, la reprimió y procuró arrebatarle sus raíces. Un padre cuyos hijos más fieles celebran su legado y justifican que en esos tiempos semejantes tratos no eran mal vistos…Sin embargo, hoy por hoy siguen replicándolos. Una madre cuyas hijas se levantan en dignidad, a pesar de que el legado del padre esté más vivo que nunca…Una muestra del supuesto falaz de que “por que te quiero te aporreo”… Pues esa madre nunca quiso serlo y aunque perdió tantas cosas, hasta el sol de hoy no pierde la dignidad.

A ese padre sus hijos irónicamente lo celebran los 12 de octubre. Se enaltece una hispanidad que es fruto de la violencia, la violación, la tortura y la esclavitud.  A la madre en cambio, la mantenemos estigmatizada, la negamos e incluso cuando procuramos tratar de romper con el legado terrible del padre, muchas veces terminamos por exotizarla, en lugar de entenderla. Caemos en narrativas dañinas que continúan violentando a esa madre, quien por siglos ha sufrido más violencia que cualquiera.

Aquella madre se ha parado en contra de la opresión a lo largo de los años. Se ha unido a otras víctimas del horrible legado de ese padre que buscan no ser olvidadas. Tal es el caso de esa otra madre aún ignorada y estigmatizada que fue raptada de su territorio y sirvió como un objeto al servicio de ese cruel sistema de explotación que funcionó, de igual manera, en nombre de la Cruz. En todo caso, la lucha no cesa y no debe cesar por más que los hijos bastardos del padre, que por años han ostentado el poder, pretenden invisibilizarlas y estigmatizarlas cada vez que se pronuncian. Lamentablemente, callar las voces de las hijas de las madres persiste como uno de los objetivos más recalcitrantes de quienes gobiernan este país.

La Minga por la vida, el territorio, la democracia y la paz da cuenta de los esfuerzos de esas madres por romper con ese orden colonial que existe y perdura pese a que muchos y muchas se esfuercen por negarlo. El racismo en Colombia  persiste y lo vemos todos los días. Pese a que la Constitución de 1991 y la posterior jurisprudencia de la Corte Constitucional han sido importantes para reconocer y proteger a los grupos étnicos del país, actualmente su situación sigue siendo crítica…

Los territorios de las comunidades étnicas se han convertido en territorios de guerra a lo largo de los años; según Indepaz, tan solo en 2020, 90 líderes  indígenas y 13 líderes sociales afro en el país han sido asesinados y asesinadas. La violencia es constante tanto por parte de grupos armados ilegales, que se disputan el control del narcotráfico en las zonas, como por la fuerza pública cuyos operativos, en muchos casos, han sido en detrimento del bienestar y la seguridad de las comunidades. El olvido estatal es una constante y la presencia que hace el gobierno tiende a legitimar lógicas violentas y colonialistas, en lugar de buscar las soluciones a los problemas de las comunidades.

Los territorios de los grupos étnicos, cuyo reconocimiento a la propiedad colectiva llevó años de esfuerzo, son constantemente amenazados. Tanto los proyectos extractivistas del gobierno, como la violencia armada, los cultivos ilícitos y las pugnas entre grupos ilegales ponen en riesgo las tierras donde habitan las comunidades, su seguridad alimentaria y su preservación cultural.

La movilización de la minga se da en búsqueda de protección y reconocimiento. Las voces de las madres olvidadas se alzan en aras de que el gobierno trabaje con ellas y no en contra de ellas, o a pesar de ellas. Reclaman derechos fundamentales; el respeto a la vida, a sus culturas, a su preservación, a la protección de su territorio y a su autogobierno. Buscan romper con las narrativas paternalistas y colonialistas de un Estado que al igual que ese padre ancestral, cree saber mejor que ellas lo que necesitan.

Así como siglos atrás, los colonizadores consideraban que los pueblos originarios necesitaban “religión, lengua y cultura” y que el medio para otorgarselos era la espada; el actual gobierno cree que necesitan militarización de sus territorios, fumigación química con glifosato y explotación de recursos naturales, y que el medio para otorgarlo es la violencia física o simbólica. 

La voluntad de sentarse a conversar sobre lo que realmente necesitan los grupos étnicos ha sido nula. Estrategias violentas y racistas de estigmatización se llevaron a cabo en contra de la minga. Se difundió que estaba infiltrada, que tenían laboratorios de coca en sus territorios, que su llegada a Bogotá traería Covid o sería violenta. La manifestación fue ejemplar en todo sentido, y aunque el gobierno se negó a abrirle la puerta al diálogo en Bogotá, la movilización fue importante para que el país recordara que escuchar las voces de esas madres ancestrales es fundamental. Sin sus voces no hay democracia.

Por su parte, hoy por hoy el gobierno representa a cabalidad el legado violento de ese padre ancestral. Por ejemplo, la idea de retomar la aspersión aérea con glifosato, en lugar de garantizar la sustitución voluntaria de cultivos ilícitos, y las propuestas constantes de limitar o reformar el derecho fundamental a la consulta previa, dan cuenta de esa falta de voluntad por parte del actual gobierno. Pese a que se deberían llevar a cabo diálogos entre iguales con las comunidades, en su lugar, quienes ostentan el poder político buscan borrarlas y perpetuar narrativas violentas. Los hijos del padre presentan a las comunidades como obstáculos para el desarrollo del país o para la infructuosa lucha contra el narcotráfico… sus narrativas perpetúan la violencia racista y su exclusión sistemática de las tomas de decisiones.

Vale decir que idealizar o exotizar dichas madres, sus culturas y sus idiosincrasias es igualmente nocivo. No pretendo argumentar que todo lo relacionado a las comunidades indígenas y afrocolombianas es perfecto, pero si que es imperativo escucharlas, reivindicarlas, buscar entenderlas  y velar por el respeto de sus derechos fundamentales. Es menester no olvidar que también somos hijos de esas madres violentadas y que su legado no se debe perder en las narrativas racistas que se replican constantemente. 

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