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Un uniandino a la cabeza: La historia de Alejandro Mesa

Por: Redacción Jurídica – Al Derecho

De las páginas del periódico de la Facultad a su oficina, en la imponente estructura en el corazón financiero y empresarial de la ciudad, este abogado uniandino ha trabajado sin descanso para alcanzar sus sueños. Al Derecho tuvo la oportunidad de hablar en exclusiva con Alejandro Mesa Neira, Socio Director de Baker McKenzie y galardonado con el premio Lawyer of the Year 2021.

Los Andes en una revista

Cuando le preguntan qué es lo primero que se le viene a la mente cuando le mencionan su paso por la Facultad de Derecho de la Universidad de Los Andes, los ojos de Alejandro Mesa se iluminan. “La universidad es esa etapa maravillosa en la que uno puede ser adulto sin todas las responsabilidades que esto conlleva”, contesta. De su experiencia, destaca su paso por la entonces revista estudiantil Alter Ego que dirigía Juanita León, ahora al frente de La Silla Vacía.

En la antigua Facultad -que se trasladó al lugar actual en la Decanatura de Eduardo Cifuentes-, el Bobo era su lugar de encuentro. “Nos sentábamos a conversar sobre la vida o planear siguientes publicaciones. En ocasiones, simplemente a pasar el tiempo, a estar un rato juntos”, rememora.

Recordando su paso por el equipo editorial, menciona “las trasnochadas, el esfuerzo, dedicar un montón de horas a hacer cosas que uno no tiene idea de cómo llevar a cabo -como diagramar-” pero sobretodo el compañerismo que le dejó la revista. “Éramos estudiantes llenos de sueños que trabajan juntos para sacar adelante un proyecto. Juanita León, César Rodríguez, Aquiles Arrieta, Isabel Cristina Jaramillo, Juan Pinilla y Camilo Mendoza, entre otros, pasaban noches en vela corrigiendo y escribiendo los textos de las siguientes ediciones, luchando por publicar y mantener atento a su público.

En las firmas, siempre le recalcan a uno el trabajo en equipo. Pues bien, esa fue la mejor escuela de trabajo conjunto, de cooperación y de obligarnos a salir de la zona de confort que pudimos tener” afirma sin vacilar. La Facultad, como él la recuerda, era un lugar lleno de inquietudes y expectativas. “Estrenábamos Constitución y con ella una capacidad crítica que no habíamos visto hasta entonces, que es muy superior en los jóvenes de ahora”, resalta.

El salto a las firmas

En este contexto, Alejandro se imaginaba una vida como académico, tal como la que siguieron muchos de sus amigos y compañeros de la revista. Sin embargo, un día su vida cambió sin esperarlo. En clase con María Mercedes Gómez, un monitor amigo suyo le comentó que Santiago Jaramillo, que trabajaba en la Corte Constitucional, le había comentado de una vacante en una firma de abogados.

Sin nada que perder, Alejandro se presentó en cuanto pudo y tuvo una entrevista con el gerente. Entusiasmado, salió de allí pensando que lo había conseguido. Pero pasaron los días y las noticias no llegaban. Aunque pensaba que lo habían rechazado, decidió intentarlo una última vez: cuando llamó a preguntar, le sorprendió saber que por algún problema logístico, su proceso se había estancado y aún no habían tomado una decisión. Con la promesa de “no te llames, nosotros te llamamos”, la conversación terminó sin mayores explicaciones. 

Sin embargo, el 8 de junio de 1995 el teléfono volvió a sonar. Le pedían que se presentara a trabajar al día siguiente para firmar contrato e iniciar su trabajo en la firma. Sin pretenderlo, había iniciado un camino que -en adelante- lo llevaría a sus mayores alegrías profesionales. A partir de allí, se propuso una meta clara: algún día, quería llegar a ser Socio de Baker McKenzie en Colombia.

Un trabajo sacado de Suits

Desde entonces, su carrera ha transcurrido como un ascenso constante. “Trabajar en una firma tiene la ventaja de que siempre se está aprendiendo, es una labor de continuo movimiento, donde nunca se cansa uno porque nunca nada es lo mismo”, explica. Reconoce que empezar la vida laboral puede ser difícil, pero lo considera una experiencia gratificante: “Arrancar es un desafío. Uno aprende brutalmente mientras se adapta al trabajo, pero después entiende cómo se hacen las cosas y aprende a tratar con los clientes”. 

Los clientes, como señala, son el corazón de una industria en la que el servicio es clave en todas las cosas, desde atraer negocios hasta cerrar transacciones. “La relación con los clientes es fundamental, uno aprende a relacionarse con ellos, a manejar las situaciones. Después, puede que le vayan soltando parte de algún casito o confiandole algún negocio particular”, relata con una sonrisa. Para él esta es una profesión de profunda interacción con la gente “uno no es un físico teórico que se mete en un cuarto a descubrir cómo la teoría de la relatividad se acopla a la física cuántica, nosotros hacemos cosas menos profundas pero sí mucho más tangibles y aprender a manejar las relaciones, entender que uno es un consejero también es muy importante.” 

Pese a que conoce el glamour romántico con el que se suele idealizar el trabajo de los abogados y la elegancia de las firmas inmortalizadas en series como Suits, Alejandro afirma que nunca se ha dejado deslumbrar por el lado “jet set” de su oficio. “Todo eso hace parte del crecimiento personal y profesional en una firma”, asevera. 

Alejandro no sólo se convirtió en socio de Baker McKenzie -categoría que alcanzó a mediados de 2005-, sino que en plena pandemia de COVID-19 y un cuarto de siglo después de la accidentada llamada con que inició su trasegar laboral, los socios de la firma lo eligieron en junio de este año como Socio Director, cargo en el que comenzó el primero de julio.

De este ascenso, resalta el talante democrático de su compañía: “es una firma profundamente democrática. Cambiamos de Socio Director cada tres años en una elección en la que participan todos los socios”, destaca. Sobre los retos que le esperaban en este punto álgido, explica: “como en todo, cuando uno llega a un cargo tiene un capital político que debe invertir en corregir y reformar lo más urgente. Hay decisiones difíciles que deben tomarse. Cuando la gente trata de ahorrar, uno de los primeros gastos que corta es precisamente el del abogado”, indica con cierta inquietud.

No obstante lo anterior, está convencido de que su empeño está dando ya sus primeros frutos. En Baker McKenzie trabajan un estimado de ciento ochenta personas, lo que equivale a igual número de familias cuyo sostenimiento depende de que la firma se mantenga a flote. “Cualquier decisión que uno tome, tiene que tomar en cuenta eso. No son las personas que trabajan con nosotros, sino también sus familias. Estamos seguros de que saldremos adelante juntos”, señala con esperanza.

El futuro de las firmas

Lo que más le gusta de Baker, en sus palabras, es la diversidad de la firma. “Cualquier persona, independientemente de su orientación sexual, su raza o sus creencias, tiene la misma posibilidad de convertirse en socio que yo o cualquiera de los que trabajan ahí”, destaca. En esta diversidad y en reclutar siempre a la mejor gente, a los más aptos, podría estar la clave del futuro de las firmas.

Si pudiera volver atrás y darle un consejo a su yo universitario, le diría “que estudie, maestro. Se puede tomar aguardiente, todo el que usted quiera, pero sin perder de vista que lo más importante es estudiar, absorber como una esponja el conocimiento y ser muy pilo”, responde entre risas. 

Ante la desesperanza, tiene claro que no puede ceder un ápice. La pandemia lo cambió todo, pero hay que reinventarse: “un virus no puede determinar quiénes somos. A las firmas no les ha ido bien, ha sido un año sumamente difícil, pero no se puede perder la esperanza. Tenemos que volver a vivir”.

Los abogados se están enfrentando a preguntas que antes no se habían hecho. Los procesos han seguido, pese a las dificultades. La justicia se adaptó y continúa operando, notificando y despachando por correo electrónico y Google Meet. Las firmas se siguen coordinando por Zoom. Los clientes siguen llegando y lo que parecía el fin del mundo ahora es un abismo menos insondable que antes.

Muchas cosas que antes parecían imposibles, son normales ahora. Lo que se veía con prejuicio, como el teletrabajo, ha demostrado que funciona. “Una persona de mi equipo de trabajo que vive en Ibagué me pregunta ahora por qué si hemos trabajado bien tendría que volver a Bogotá a despachar desde la oficina. Y tiene razón, es una gran incógnita, pero la respuesta es que no lo sé. Es momento de plantearnos las preguntas que eran impensables”, indica decidido.

Su mensaje a los uniandinos actuales, preocupados por la falta de oportunidades en medio de la crisis, es de optimismo. Sobre si una firma como la que él dirige sigue siendo una opción para los abogados, no duda en afirmar que “nadie puede quitarnos la esperanza,hay que meterle ganas y seguir adelante. Baker ha sido y será una opción para los nuevos abogados. Las firmas ya lograron una estabilidad después de un año de lucha constante y las contrataciones se retomarán poco a poco. Buscaremos el mejor talento y las oportunidades seguirán existiendo”, recalca.

Sobre lo que le depara en su devenir profesional, reflexiona: “Me gusta ser abogado, es lo que me apasiona. No espero ser Socio Director toda la vida ni es lo que querría, esto representa una verdadera carga para el que lo desempeña y espero hacerlo bien mientras me toque”. Entre tanto, este uniandino experto en derecho energético seguirá adelante entre lecturas de Giovanni Papini y reuniones de Zoom, en el discurrir de más de ochenta años de historia de una firma de la que él ahora es su principal protagonista.

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