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Lamentaciones desde el trono

María Paula Pinedo Egurrola, estudiante de cuarto semestre de Derecho en la Universidad de los Andes. Miembro del Consejo Editorial, Sección Opinión.

Antes de que continúe leyendo quiero advertirle que este texto podría afectar algunas de sus susceptibilidades, especialmente si es de las personas que siempre ve la copa medio vacía. Será una lástima saber que este texto no será leído por muchos de mis compañeros -o amigos- que en este inicio del semestre sólo han demostrado su inmensa capacidad para quejarse por todo: el exceso, la falencia, lo que ha pasado, lo que pasa y lo que pasará. 

Quiero ser clara: no estoy diciendo que por estar en la Universidad de los Andes no podemos enojarnos por ciertas situaciones. Puntualizo con ejemplos: es cierto que cobrar el envío de los libros de la biblioteca a otras partes del país es absurdo considerando lo poco que vemos reflejado el precio de la matrícula en la virtualidad. También es cierto que el inicio de este periodo académico nos ha demostrado que existe una falta de coordinación entre todos los profesores que nos tienen navegando como náufragos en el inmenso -y para algunos insoportable- océano de las  plataformas digitales. Sin embargo, hay una fina línea entre ser crítico con lo injusto (capacidad que todos deberíamos tener) frente a la Universidad y su gestión, y ser un plañidero cuyo único objetivo parece ser hacer más difíciles los retos propios de nuestra actual coyuntura y no plantear soluciones o mejoras. 

Llevamos pocas semanas y no he parado de oír y leer quejas de personas encontrando cualquier excusa, no solo para demostrar su negativismo, sino su falta de empatía -especialmente con los primiparos- y con todos los demás que estamos intentando hacer más amena la nueva vida virtual. Para citar solo algunos ejemplos, hay gente quejándose porque los estudiantes participan en clase, mientras otros se quejan de que no lo hacen. Algunos se frustran por la falta de compañerismo y socialización entre uniandinos, mientras otros quisieran más seriedad en las clases y en los chats.  Por último están las personas que, como yo, nos quejamos de que la gente se queje por todo.

Se vuelve irónico, pues parece ser que el mecanismo de duelo de nosotros los uniandinos frente a la virtualidad es llenar los espacios de lamentaciones, desconociendo la realidad del país, o los verdaderos problemas que padecen las personas fuera de nuestra pequeña burbuja de privilegio. 

No quiero entrar en detalles sobre la situación que padecen algunos sectores del país o incluso algunos de nuestros compañeros. Basta con ver las noticias. Tampoco entraré en detalle sobre como Colombia es uno de los países que menos oportunidades brinda a los jóvenes para acceder a la educación superior. Mucho menos voy a hablar nuevamente sobre los estragos que ha causado el COVID en algunos. Todo esto es un discurso trillado, el mismo que nos daban cuando nos citaban los problemas de hambruna en África porque éramos niños y no queríamos comer. No lo haré principalmente porque creo que no necesitan que escriba obviedades y porque aún siendo consciente de todo, sería falaz pensar que la comparación nos haría sentir mejor o debería invalidar nuestras emociones. 

Seré enfática: Este texto no planea invisibilizar los problemas de salud mental que cualquier persona puede padecer independientemente de su condición social y económica. Eso sería irresponsable. Lo entiendo, a todos, en distinta medida la coyuntura actual nos ha puesto a prueba. Tampoco planeo ser hipócrita: creo que no he pasado una sola semana desde que empezó el semestre sin considerar tirar la toalla frente a la Universidad. Mi crítica se encamina a señalar que, claro, podemos sufrir, llorar, maldecir la pandemia, pero que no debemos sobredimensionar. A veces necesitamos un jalón de orejas, algo o alguien que nos recuerde que son más las oportunidades que tenemos para aportar a la mejora que razones para rendirnos ante las adversidades. 

Ahora bien, ¿cuál es el propósito de esta columna? Dejarla hasta acá sería hacer lo que me he dedicado a criticar. El llamado que quiero hacer es el siguiente: de todos nosotros depende que esta situación difícil se convierta en una de aprendizaje o -si creen que este propósito es demasiado idealista- soportable. De nosotros depende que las clases funcionen, la convivencia sea una experiencia grata y conocer compañeros sin temor al rechazo no sea tan complicado. Si algo he aprendido estos primeros días es que los uniandinos rechazamos el estereotipo del uniandino y, sin embargo, poco o nada hacemos para cambiarlo. 

A lo anterior dejo mis propuestas, que con suerte podrán llamar la atención de más de uno. En primer lugar, ante la soledad y el temor, exijamos más acompañamiento psicológico: es un deber de la Universidad. Ante el desinterés o monopolización del micrófono de algunos en las clases, seamos aliento y motivación: participemos. Cuando nos nuble el privilegio, ayudemos e intentemos ponernos en los zapatos de los demás. Mejoremos lo que hay y reconstruyamos lo que no sirve.  Quizá lo que quiero señalar es que las quejas no son más que unos paños de agua tibia: aminorarán los síntomas pero no curará la enfermedad. Cada día tenemos la posibilidad de ser y hacer las cosas mejores, de demostrar que la excelencia de la Universidad de los Andes reside en la resiliencia de sus estudiantes y que no somos niños mimados lamentandonos en el trono. 

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