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Una canción de despedida

Sobre la autora: María Victoria Rodríguez Ramírez, miembro del Consejo Editorial, Sección Opinión. Estudiante de Derecho, con opciones en Periodismo y en Lengua y Cultura Italiana. Investigadora para el Grupo de Prisiones.

In memoriam de mi papá

El 14 de abril de 2009 perdí a mi papá. Habíamos llegado a Bogotá hacía unos días de nuestras vacaciones tradicionales en Tello, un pequeño pueblito del Huila. Una vez más mi papá se iría a uno de sus viajes de negocios solo. Semana de madre e hija, nada mejor.

Todo estaba listo. Mi papá y mi mamá se detuvieron en el arco que había entre la entrada y el comedor, su despedida fue fugaz, un ligero beso y un abrazo. Después lo rodeé entre mis brazos y lo besé sutilmente en la mejilla. Antes de subir a su auto, un campero Suzuki rojo carpado -su favorito- le dijo a mi mamá: «Te dejo mi mayor tesoro, cuídala». Ella le ha cumplido muy bien.

Habían pasado dos días desde que se había ido de viaje. No teníamos noticias, tampoco llamadas, pero eso era normal. Muchas veces viajaba a pueblos en donde la señal era pésima, así que solo nos quedaba esperar.

Hasta que un día al llegar de mi colegio y cruzar la entrada, me encontré con mi familia sentada en el comedor. Sus miradas destilaban pesar y me seguían con intensidad, anunciando las inevitables señales del destino. Mi abuelita materna, sentada en una vieja silla, sólo era capaz de guardar silencio. Alguien me dijo que subiera a la habitación de mis padres, pues mi mamá necesitaba hablar conmigo. Mi reacción automática fue asustarme, sabía que no había hecho algo malo, pero podía sentir el peso de la realidad arrastrándome al suelo. Mientras subía las escaleras me encontré con dos amigos de mi papá; eran los que normalmente viajaban con él. Saludaron, los miré a los ojos, ellos desviaron la mirada al suelo y siguieron de largo.

A medida que me acercaba a la habitación, más aumentaba el volumen de la música a niveles insoportables. ¿Por qué mi mamá estaba escuchando esta música? ¿Por qué quiso subirle tanto el volumen? Son apenas las 2 de la tarde, recuerdo que pensé.

Crucé la puerta y encontré a mi mamá arrojada en la sala de la habitación, llorando. Me acerqué con cautela para evitar asustarla, quería darle seguridad y tranquilidad. Cuando por fin estuve frente a ella, la letra de la canción proyectó su sombra sobre el espacio; era la favorita de mi papá. Por fin lo entendí todo, por eso las miradas de mi familia en la entrada, por eso sus amigos estaban aquí, ¿qué le había pasado? Las lágrimas inundaron mis ojos justo después de que mi mamá me dijera: “necesito un abrazo”.

La sujeté entre mis brazos con todas mis fuerzas, sentía que yo debía sostenerla, sentía que en el sinsentido de las circunstancias ahora era ella quien estaba bajo mi cuidado. No paramos de llorar, pese a que para ese momento las palabras aún no habían revelado el rostro detrás de los signos, la respuesta que se transformaba a través del aire, estremeciendo mi casa en la simultánea discordia del llanto musical de una canción y un silencio abrumador. Por fin le pregunté: «¿qué le pasó a mi papi, mami?», su respuesta fue corta: «hija, a papi lo mataron».

Me soltaron al vacío. Lúgubre oscuridad. ¿Cómo ver? ¿Cómo sentir? ¿Cuál es el aroma del dolor? Creo firmemente que cada uno tiene un tinte de color, una esencia y una textura propia que hacen metamorfosis en el cuerpo mientras el tiempo corre. La distancia comprendida entre negar la realidad, asimilar y al final solo dejar de resistirse y resignarse a su estrepitosa llegada. De repente éramos solo mi mamá y yo en aquella habitación. En realidad desde ese día seríamos solo mi mamá y yo. Víctor, Vilma y Victoria, las “Tres V” ya no estaríamos juntas. Alguien nos había arrebatado aquella felicidad.

Pasé el resto de la tarde en la sala con mi mamá. Repetí una y otra vez su canción. Hasta que decidí cambiarla por la mía. Aquella canción que le había cantado a mi papá durante toda mi infancia y que siempre había logrado molestarlo.  Mi querido cascarrabias de Alci Acosta se elevaba con fuerza a través del salón, transformando los ecos de las memorias pasadas en una melodía rota por las circunstancias del presente. En mis recuerdos aún existe una fugaz imagen del ceño levemente fruncido de su frente cuando le cantaba. Y las carcajadas de mi mamá que venían después. Aquella vez era sólo yo cantando.

Al día siguiente mi mamá salió de viaje acompañada de otras dos personas en búsqueda de noticias o de alguna información. La Fiscalía de Bogotá no los quiso ayudar, nuevamente la burocracia retardada. Aún así, la esperanza había regresado a mi familia. Existía una pequeña posibilidad de que mi papá hubiese huido a tiempo del fuego cruzado. Alguien había hallado sus documentos en Pacho, Cundinamarca.

Yo me quedé en casa al cuidado de mi abuelita y otros familiares. Sin importar el tiempo y la incertidumbre, mi amor obstinado me hacía creer en la esperanza de que fuese encontrado. En el día mi mente solo era capaz de pensar en él, en las noches hablaba con Dios. Sumida en la ambivalencia de mis añoranzas, le preguntaba «Dios, ¿puedes regresar el tiempo una semana?» «¿Acaso existe una posibilidad de que mi papá se quede conmigo?» «¿Podré decirle adiós?» «¿Esto es un sueño?». No tengo la certeza de mi deseo final, casi podría apostar que le pedí que lo regresara, si Él lo hacía yo prometía no volver a portarme mal, pero en ocasiones Su respuesta es no.  

Pasaron los días, y mi mamá sólo llamaba de vez en cuando. Estaba en compañía de los investigadores del pueblo buscando cualquier indicio de una respuesta, pero nadie daba noticias de él. Finalmente, después de una semana que pareció un año, recibí la llamada esperada: habían encontrado a papi. 

Regresaron a Bogotá, todo se llevó a cabo con rapidez; un día de velorio y al siguiente lo enterramos. No recuerdo haber llorado durante esos dos días. Puede tratarse de una jugada de mi mente que suprime los recuerdos tristes o que en efecto no ocurrió. Sólo cuando llegó la estocada final: ver su ataúd perderse en la oscuridad. No lo vería más, era real, y por mucho que deseara volver el tiempo atrás y detener ese viaje, mi voluntad se estrellaba contra las limitaciones de la vida. 

No tuve la oportunidad de verlo una última vez, mi mamá se rehusó a que así fuera. Ella quería que guardara en mi memoria la imagen del hombre que fue. El de los ojos verdes penetrantes, la piel morena, la sonrisa pequeña y las manos fuertes. Aquel que en una noche de campamento empezó a imitar el aullido de un lobo hasta hacerme llorar, para luego salir de su escondite con una videocámara y decirme: ¡Vicky-nini! y estallar en risa con mi mamá. Esa risa que hoy apenas consigo, con mucho esfuerzo, recordar. 

Quizá debería ser valiente, revisar su videocámara y así refrescar su voz, su risa, pues ha pasado ya más de una década y se han ido desvaneciendo de mi memoria. Él llevaba esa videocámara a todas partes sólo para grabarnos a mi mamá y a mí, aunque reconozco con orgullo que su musa era yo. Cuánto desearía haberlo abrazado más, grabarlo más, cantarle más, y, en vez de llorar al sentir los aullidos del lobo acercándose, salir a su encuentro para abrazarlo y reír con él.

Posdata: Este texto es en memoria de mi papá, Victor Manuel Rodríguez, a quien hoy me quedaría decirle: “Papi, lo logré, ¡soy abogada!”.

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