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Feminista: la distancia entre ser y parecer

*Las posturas y afirmaciones de los columnistas externos no comprometen ni reflejan posiciones editoriales de Al Derecho.

Por: Salomé Beyer Vélez, estudiante de grado 12 en el Columbus School

Cuando las personas se empiezan a considerar a sí mismas feministas es evidente que hay cierto nivel de progreso. Para llegar hasta este punto se tienen que atravesar numerosas barreras sociales y los prejuicios que interfieren con la esencia del movimiento; desde marimachas y machorras hasta homosexuales y feminazis. Una persona debe ver objetivamente el movimiento feminista para poder eliminar todo este léxico, en su gran mayoría coloquial, que se ha vuelto común luego de atravesar un acondicionamiento social fuerte. 

Se estima que los humanos podemos determinar la diferencia entre un hombre y una mujer a los dieciocho meses, y para los dos años, ya demostramos una clara preferencia entre lo “masculino” y lo “femenino”, lo cual muchas veces se presenta como mutuamente excluyente. Es decir, a una niña no le pueden gustar los camiones y al mismo tiempo disfrutar de jugar a ser cocinera; y un niño no puede jugar con muñecas y después pasar a jugar a ser constructor. Es azul o rosado, no hay un punto intermedio entre los estereotipos que, a los ojos de una persona de dos años, esté bien. 

Aunque el pensamiento binario es nuestro instinto de supervivencia más eficaz, y el que nos ayuda a pensar y racionalizar rápidamente al determinar en qué esquema mental caben las cosas, también es el sistema más efectivo para aumentar nuestra intolerancia y prejuicio ante “el otro”. Aquí es cuando comienza nuestro proceso de vernos a nosotros como parte de un lado o del otro, y no como un conjunto de la raza humana. 

Y al final del día, esto es el feminismo. Vela por la igualdad de los seres humanos como un conjunto de seres pensantes. Para citar a la Real Academia Española, el feminismo no tiene más que el “principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre”. Un argumento usado frecuentemente para desmeritar el movimiento es la evidente diferencia de machos y hembras en la naturaleza; frente a ello pienso que los seres humanos estamos en un nivel cognitivo mucho más avanzado que otros seres del mundo animal, como lo son los leones, a quienes las leonas les atrapan su comida, o como los chimpancés, a quienes las hembras les limpian de piojos y garrapatas. 

Hace años se desmintió el mito urbano de que las mujeres éramos menos inteligentes a los hombres por el tamaño reducido de nuestro cerebro en comparación a nuestros pares masculinos, y se ha demostrado una y otra vez, desde Juana de Arco hasta Minerva Mirabal, que las mujeres somos igual de capaces de realizar nuestras responsabilidades y luchar por lo nuestro que los hombres. Entonces, aún queda la cuestión sobre por qué tantos mitos rodean el movimiento, y por qué el movimiento feminista en Colombia simplemente no está siendo suficiente. 

En Argentina se legalizó el aborto, reconociendo el derecho humano a decidir sobre nuestros cuerpos. El movimiento #NiUnaMenos se tomó las calles para exigir que ninguna otra mujer fuera restada de la lucha feminista y que ni unamás fuera víctima de asesinato. De esta manera el movimiento colectivo traspasó fronteras nacionales, y se convirtió en una bandera para las personas que no quieren que falte ni una mujer más. La muerte de Ursula Bahillo conmovió a la nación, y llevó a que miles tomaran las calles una vez más para velar por la justicia luego de que el sistema le fallara a una mujer que había denunciado a su asesino dieciocho veces antes de su muerte. 

En contraste, ser un líder social en Colombia es una condena de muerte. Además, no existe un sistema de intercomunicación entre redes feministas del país, por el cual podamos transmitir nuestras experiencias y presentar un frente unificado para impulsar el cambio social. El movimiento feminista en Colombia es tan dividido como la política del país, aunque estoy convencida de que todos sus miembros creen velar por la seguridad y libertad de las mujeres desde sus posturas. Sumado a ello, en lo que va del año se han reportado 42 feminicidios y las calles están vacías. 

Queda claro que reconocerse a sí mismo públicamente como feminista no es suficiente; cada día más personas atraviesan las barreras de vocabulario y alcanzan un punto objetivo sobre el movimiento. En un país dividido como Colombia, que ha atravesado más de 70 años de guerra constante, en el que todos los días o sucede un asesinato nuevo o se redescubre uno antiguo, se debe considerar el marco histórico y social para prevenir divisiones y realmente velar por la vida, la seguridad, la paridad y la libertad de las mujeres en todas las esferas de nuestra sociedad. Y no, no es fácil porque reconocerse a sí mismo cómo feminista, no es un emblema vacío y transparente, sino una carga que se lleva toda la vida, y por la cual se trata de ser mejor aliado y persona todos los días. El feminismo no es un movimiento para destacar a los pocos, sino para unir a los muchos, pero dicho pensamiento queda en el aire cuando se comienza a politizar y estigmatizar a este movimiento social. 

Llevo cargando el peso del título durante siete años, y me tomó cinco de ellos entender que lo que hacía y contribuía al movimiento no era suficiente. Mi feminismo no consideraba a los muchos, sino a las pocas, y por esto no era percibido como un espacio de diálogo y camaradería, sino como un mandato en el que se debía velar por el bienestar de las mujeres únicamente como yo creía que fuera correcto. Por supuesto, esta manera “correcta” de hacer las cosas, venía desde un punto de vista completamente sesgado de las realidades de otras personas que no pueden disfrutar de la igualdad de género. Entre los once y los dieciséis años no había descubierto el poder del conjunto, el poder de todos para impulsar un cambio sistémico desde los eventos hasta los modelos mentales que contribuyen a una sociedad en la que las mujeres no gocen de sus derechos de manera constante, irrevocable y transgeneracional. 

El concepto del feminismo interseccional, en el que se considera el contexto y el trasfondo de los eventos para así poder entender a las comunidades y la desigualdad en ellas, fue lo que me hizo, finalmente, llevar el emblema con honor y con el esfuerzo que se merece. Esto, en un país dividido por la política, regionalismos, fanatismos, y por la diferencia entre las zonas urbanas y rurales, es revolucionario. Es lógico que el feminismo deba cambiar y adaptarse a la población en la que se esté tratando de impulsar un cambio. 

Así es como en el día internacional de la mujer no sólo celebro, sino que observo todo lo que queda por hacer en una Colombia fracturada. Contemplo todas las historias que quedan por escuchar y compartir, los otros cincuenta millones de puntos de vista que son invaluables para llegar a la igualdad entre seres humanos. Así es cómo mantengo mi emblema, esforzándome cada día para ser un poco más empática y para entender la razón de la desigualdad para así impulsar su solución en un futuro ojalá no muy lejano. 

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