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Lalibela: ciudad y embrujo

Sobre el autor: Juan Fernando Ramírez, estudiante de séptimo semestre de Derecho.

“¿Cómo vive allá la gente? ¿De qué vive? ¿Qué come? ¿Por qué está allí? En lugares así, al medio día, [donde] la tierra [tiene] la temperatura del carbón ardiendo, [quema] los pies y [convierte] todo en ceniza. ¿Quien ha condenado a aquella gente a este destierro infernal bajo el cielo?”. Las mismas preguntas que alguna vez se hizo el corresponsal polaco Robert Kapuscinski en su primera visita a Lalibela, venían a mi mente al ver las maltratadas chozas de barro sobre los altiplanos de Amhara, en Etiopía.

A primera hora de la mañana, subí a un avión en Addis Ababa, y después de varias paradas en distintos pueblos y pequeñas ciudades, aterricé en un aeropuerto sumergido entre las montañas. La sensación, casi palpable, era como si me hubiera bajado del avión en los tiempos de Jesús.

Después de un largo trayecto a través de las montañas del Sahel1, llegué al pueblo para darme cuenta inmediatamente de que Lalibela, a pesar de ser una ciudad sagrada, tenía un embrujo. Posiblemente, imagino, algún miembro de la dinastía Zague2, un frenético cura ortodoxo o, inclusive, algún rastafari nostálgico pudo haber condenado a la ciudad a vivir bajo un agonizante hechizo. Intentaré, en los párrafos siguientes, la difícil tarea de explicar este sortilegio.

El origen del embrujo

Lalibela fue fundada en el siglo XII en un intento de construir una nueva Jerusalén, ya que los musulmanes, para ese tiempo, ocupaban la Tierra Santa. Gebra Maskal, santo de la Iglesia Ortodoxa y emperador de Etiopía –según cuenta la leyenda popular– tuvo una epifanía y fue quien emprendió el proyecto de construir la ciudad sagrada.

Entre construcciones antiguas y tribales, se forma la pequeña urbe -ni siquiera pueblo, en nuestro contexto- de Lalibela. No obstante, bajo estas construcciones sencillas, es evidente que la tarea más complicada de su construcción fue tallar las gigantescas rocas con las que construirían once iglesias subterráneas que le darían hogar a la famosa Cruz de Lalibela y que sirvieran como lugar de reunión para la gente que se iban asentando en la zona. Tan impensable era dicho encargo que, cuando le preguntaron al emperador sobre quién era el autor de semejante obra de ingeniería civil, evitándose los innecesarios tecnicismos prefirió predicar que los mismos ángeles habían bajado del cielo para darle fin a tan complicado ministerio. En otras palabras, se trataba de un milagro.

Desde entonces, hasta el día de hoy y de manera casi ininterrumpida, excepto por el periodo de la invasión italiana a Etiopía en 1895, las frías y lóbregas iglesias de Lalibela han celebrado misa sin interrupción. Fue así como con el pasar de los siglos y los acontecimientos, alrededor de esas once pasmosas esculturas dio de sí un pueblo que, a pesar de ser reclamado por pocos, es estirpe de tantos ortodoxos, árabes, negros, judíos entre otros–. Sabiendo lo anterior, no sorprende que su gente viva y muera sintiendo profundamente, y como suyo, el significado de Lalibela: “las abejas reconocen su soberanía”.

El padecimiento de Lalibela

Lo primero que vi en la gente fue un fanatismo brioso por la religión, similar al de los extremos del Islam. Viniendo de un país y una familia católica, fue alucinante presenciar cómo lo mismo que se predica en cualquier iglesia de Bogotá, generaba tanta pasión y aflicción en los ortodoxos etíopes. Es tanto el padecimiento, que en un rezo matutino a las 4 am, reservado para locales –logré entrar tapándome la cara con una especie de Talit–, vi como una mujer de unos treinta años estaba siendo exorcizada. Entre gritos y pataletas, el cura intentaba acercar la Cruz de Lalibela, mientras la poseída, instruida seguramente por el demonio, amenazaba la espiritualidad de todos los presentes.

Eventualmente, la creyente quedó sin energía de tan exagerada escena y se desplomó a merced del cura. No tardaron en comenzar los rezos en voz alta, los gritos de victoria, los abrazos eufóricos de la plebe, porque otra vez habían ganado la victoria sobre el Demonio. Un local que vio mi reacción a la escena me confesó que la siguiente semana se volvería a repetir, sólo que esta vez el poseído sería otro del pueblo y así sucesivamente, porque nadie en este pueblo quiere morirse sin haber tenido al demonio vivo y adentro. Desde esa experiencia, y sabiendo que lo que predican los ortodoxos no difiere mucho del catolicismo, me siento tranquilo diciendo que las culturas son las encargadas de determinar cómo vivimos la religión, y no la religión la encargada de determinar cómo vivimos las culturas.

El caos, la cotidianidad.

Al igual que el aspecto religioso, la cultura se me hizo especial. Podría pensarse obvio que un pueblo descendiente de una de las doce tribus de Israel, y al mismo tiempo  sucesores de los emperadores de Abisinia, genere cierta curiosidad. Fue así que planeé mi viaje para poder estar el sábado en la ciudad –día de Mercado–.

Todo empezó temprano en la mañana cuando varios niños locales oyeron canciones de Bob Marley saliendo de un pequeño parlante portátil que había llevado al viaje. Es importante resaltar que el Rastafarismo –religión que Bob Marley pregonaba– predica que los altiplanos de Etiopía son la tierra prometida –Sión– y que los esclavistas de occidente somos dueños de las demás tierras –Babilonia–. Por el reggae que oía, tuve la suerte de que varios niños me acompañaran al mercado mientras bailaban y cantaban lo que entendían de Bob Marley, una de las pocas imágenes de occidente que reconocen.

Mi primera impresión del Mercado fue la de caos absoluto. Todo el mundo grita, las transacciones se confunden, los animales poco acostumbrados a la muchedumbre se revuelcan, los comerciantes empujan mientras se hacen camino entre los ríos de gente y, aún más impresionante, el trueque reina. Sin embargo, lentamente uno se da cuenta del orden absoluto del encuentro, probablemente heredado de sus antepasados Semitas, y la tarde transcurre sin problema alguno.

A eso de las tres de la tarde, los creyentes –o sea todos– bajan a las iglesias subterráneas para recibir la misa que puede durar fácilmente más de dos horas –toca recibirla parado o recostado sobre un bastón–. Paso seguido, la comunidad recibe varios Injeras –pancakes de harina de teff3 fermentada, que tienen un sabor ácido– para que repartan y degusten de manera equitativa.

Los niños intentan engañar para poder recibir varias porciones, y si los pillan,  un viejo muy similar a lo que yo describiría como “El Coco” les pega con una especie de fuete. Finalmente, después de disfrutar la pequeña porción de Injera, la gente regresa a las aldeas cercanas y, así como empezó el caos absoluto, de repente solo queda el silencio y las huellas en el polvo del baile de la tarde.

Esto sólo es una breve exposición de lo que para mí, hace parte del hechizo de Lalibela. Porque si, Lalibela sí tiene un hechizo, que se asimila al de Macondo, donde la velocidad del tiempo es susceptible a las emociones, los fantasmas viven entre la gente y un extraño, por mucho que intente, será por la eternidad un simple espectador. Entonces, si algún día por la voluntad de un ser divino me encuentro al arrojado Kapusicnski en algún cielo, le diré que sus esfuerzos de entender a Lalibela, al igual que los míos, no son más que un testimonio de lo imposible.

  1. La franja de tierra que separa la sabana africana y el desierto del Sahara.
  2.  Según Kapuscinski (1998), la Dinastía Zague fue la regente sobre Etiopía y Eritrea entre los años 1137 y 1270.  
  3. Semilla proveniente de una hierba nativa del cuerno de África.

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Cultura

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