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Fragmentos de una Mujer: La justicia que no sirve

Por: Redacción Cultura

Fragmentos de una Mujer (Mundruczó, 2020) muestra gráficamente las limitaciones que tiene la justicia formal: ni todo el dinero del mundo, ni todos los castigos posibles, podrían devolver a la persona que sufre la presencia del ser amado perdido. La justicia puede ser impotente e inútil si de aliviar el dolor y secar las lágrimas se trata.

La película recrea en su historia el dolor de una madre por la pérdida de su bebé en el parto. Una muerte que, según la historia, habría podido evitarse. Si bien este es el drama principal (el dolor de la madre y el significado de su pérdida), existe en el guión una subtrama que resulta interesante para abogados y no abogados por igual: el juicio a la partera.

Después de la trágica muerte del neonato, la Fiscalía presenta cargos contra la partera suplente que atendía el trabajo de parto. La acusa de homicidio culposo por su negligencia e imprudencia en la gestión de su labor. En el caso de la Mancomunidad de Massachusetts contra Eva Woodward, la acusación asegura que esta puso en peligro a la madre y terminó con la devastadora pérdida de la hija, que alcanzó a nacer viva.

La denuncia lo es todo, pero es nada

La característica más conocida de la acción penal es la acusación. El J’accuse que sienta en el banquillo a la persona potencialmente culpable y constituye la última esperanza del que busca justicia. Es, a su vez, el peso del Estado contra el individuo: jueces y fiscales son el Estado, en el sentido amplio de la palabra, mientras el acusado está solo. Además, si la fiscal se acuesta con el esposo de la acusada, quizás las cosas pueden complicarse más.

La cámara nos muestra el peso de la acusación desde un punto de vista original. Si bien sabemos que la procesada está sufriendo y está sumida en la angustia, acompañamos como espectadores a la acusadora, que no sufre menos. El desasosiego de Martha se escenifica de un modo potente en su caminata solitaria.

Una mujer avanza sola, decidida, pero triste, por un bulevar de concreto. Transeúntes y escenario pierden todo su color para dejar sólo el abrigo de la protagonista, de un intenso carmesí. Para ella, todo a su alrededor ha perdido brillo.

El mundo en el que sufre es gris, porque la tristeza pocas veces tiene color. El dolor funciona como la lejía sobre la ropa: todo lo que toca se vacía. Y así, solo queda ella, con el rojo de su dolor. El abrigo se reemplazará por uno azul oscuro, más adelante, cuando el dolor intenso mute en un luto más sereno. No duele menos, pero la tristeza se solidifica y se vuelve más sobria. 

Los jueces como los doctores

El inicio del juicio pone de presente una verdad extraña: Nadie conoce los juzgados. Normalmente no saben dónde quedan o cómo se llega hasta ahí, mucho menos cómo se ven por dentro. Podría decirse que los jueces son un poco como los doctores: la gente los visita por necesidad, pero nadie parece realmente divertido cuando tiene que acudir a ellos.

All rise. Hear ye, hear ye, hear ye. All persons having anything to do before the Honorable Judge Spencer, now sitting in the County of Suffolk, draw near. Give your attention and you shall be heard“.

Llega el momento del ritual. Todos de pie porque entra la justicia con toga, esa que promete escuchar si pone atención. Un juez que, en inglés, es referido con la misma palabra que designa la justicia como concepto: justice. “Dios salve a la Mancomunidad de Massachusetts”, anuncia el pregonero. Al parecer, la justicia no ha perdido su halo de divinidad.

La Fiscalía llama a Martha Weiss. El momento de sostener la acusación ha llegado. Del público se alza una mujer rubia y menuda que se apresta para declarar ante una sala abarrotada y expectante. Jura decir la verdad. La justicia puede ser como una trituradora: el que busca justicia debe estar dispuesto a desnudarse en público para contar su historia, sin importar el precio. El que no exhibe su miseria, no puede recibir ninguna compensación. Y si no declara, el caso estaría cerrado.

Martha relata la historia descarnada de su pérdida y revive su infierno. Pero ningún juicio está completo sin las contrapreguntas. Las venas del cuello se tensan, la respiración se agita. La defensa entra en escena e intenta acorralarla para salvar a su cliente. Que si realmente habría ido a un hospital, que si su hija habría podido sobrevivir, que si ella fue una mala madre… Una pregunta tras otra, el bombardeo la cerca sin que ella entienda nada. Sólo recuerda que su bebé olía como las manzanas, y que por eso le gustan ahora. “Que el jurado decida, no la testigo -la misma Martha-”, zanja la Fiscal. La Corte entra en receso.

¿Cuánto vale una vida?

El receso lo aprovecha para reclamar la única foto que logró tomarse con su hija. Un segundo de vida inmortalizado en papel. La imagen en su bolso parece darle la fuerza para volver al estrado. Ahora quiere hablar con el juez, directa y públicamente, en plena audiencia. El juez reconoce asombrado lo inusual de la situación, pero sabe a su vez de la importancia de escuchar todas las voces y le permite, por una única vez, dirigirse a la Corte.

Esta mujer no dañó intencionalmente a mi niña. Ella solo quería traer al mundo un bebé esa noche”. Con una frase, la madre desbarata el caso de la Fiscalía. Tan frágil es el castillo de naipes sobre el que se asienta una acusación. “Tampoco creo que sea su culpa”. Y encima, la absuelve. Hasta el juez respira aliviado, podrá volver a casa temprano con los deberes hechos. Martha ha hecho su trabajo.

Sin embargo, lo más impactante es la conclusión que saca sobre aquello que ha vivido: “Quizás haya una razón para lo que pasó, pero no la encontraremos en esta sala”. No la encontraremos en esta sala… La verdad deja de serlo cuando los hechos no pueden explicar lo que realmente pasó, cuando la descripción cronológica de lo “jurídicamente relevante” deja de tener sentido para aquellos a quienes debería explicar su pérdida o aligerar su carga. Los hechos probados no pueden anestesiar el “espacio carente” entre los brazos de Martha.

Si me parara aquí a pedir una compensación o dinero, estaría aceptando que puedo ser compensada… y eso no es posible. No puedo traerla de vuelta. Ningún dinero ni ningún veredicto ni ninguna sentencia puede devolverme lo que he perdido”. La vida es eso que el dinero no puede comprar. El juicio le ha servido a Martha para entender, desde su perspectiva, que incluso si ganara la batalla -que desde el día uno la Fiscal le ha asegurado tener en el bolsillo-, nunca más podría volver a ver a su hija y así realmente completar la pieza perdida de su rompecabezas.

Como ella misma explica, el dolor que está sufriendo no quiere inflingirlo a nadie más. Continuar con el juicio habría sido, según ella, ocasionar el mismo dolor a la partera inexperta e imprudente que no pudo salvar la vida de su hija. “¿Cómo puedo causarle este dolor a alguien que ya ha sufrido tanto?” se pregunta. Y lo dice con certeza: el juicio ha sido tan mediático que probablemente nunca más Eva Woodward podrá volver a trabajar como partera. Su carrera -y con ella su vida- están arruinadas.

Finalmente, se marcha. Así, sin más. Sus pasos se pierden en el horizonte de su nueva vida. Visita a su madre enferma, camina por un muelle, encuentra nuevamente el amor. Está rota, pero buscará reconstruirse. Recogiendo los pedazos intentará re-contar su historia. Solo quedan fragmentos de esta mujer.

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