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Colombia: un país de café y cocaína

Por: Sebastián Acevedo Iceda, estudiante de quinto semestre de Derecho de la Universidad de Los Andes. Miembro del Consejo Editorial, Sección Opinión.

“De la Colombia de los narcos a la Nasa”: ese fue el polémico titular que el periódico italiano La Repubblica  decidió utilizar para su informe especial sobre Diana Trujillo, la ingeniera caleña que lideró el equipo que envió el rover Perseverance de la NASA a Marte. A pesar de las riquezas  que representan a nuestro país, este diario solo pudo destacar nuestro doloroso y bien conocido protagonismo en el narcotráfico. Pero esta no es la única vez.

En el mes de febrero la comunidad internacional recordó que alguna vez fuimos “tierra de narcos”. El New York Post publicó un tweet en el que anunciaba la nueva política de despenalización completa de las drogas en Oregon, Estados Unidos. Acompañado de ese anuncio, publicaron una foto en el que se veían distintos tipos de drogas y en la que, debajo de una sustancia blanca que yacía sobre la imagen de Jorge Eliecer Gaitán, había un billete de mil pesos. Esto demuestra que, a pesar del gran esfuerzo que hemos hecho por desligar la imagen del país del narcotráfico, en el exterior seguimos siendo la tierra de Pablo Escobar y de los cárteles de la droga. Al principio, quise hacer un llamado fuerte al rechazo pero, luego de reflexionar un poco, creo que tristemente es tiempo de aceptar que este estereotipo narco no desaparecerá por más que lo intentemos.

Esta no es la primera vez que vemos actos de este tipo. ¿O se olvidaron de aquella vez en que el cantante Charly García dijo “Saludos, Cocalombia” al llegar a Bogotá, por ejemplo? El punto es que por años el mundo nos ha puesto el estereotipo de narcotraficantes. ¿Y cómo culparlos si esta nación vio nacer a célebres capos de la droga como los Orejuela, Gacha y el mismísimo “Patrón del Mal”?. Todo esto sin mencionar que apenas hace dos años Colombia producía alrededor del 70% de la cocaína del planeta.

Sin embargo, no podemos darle toda la responsabilidad a estos hechos. Las grandes productoras de televisión han colaborado en la creación de esa imagen negativa lanzando al mercado telenovelas y series cuyos principales protagonistas son narcotraficantes. Para Rossana Reguillo, antropóloga e investigadora en ciencias sociales, la narcocultura es un conjunto amplio de prácticas, productos y concreciones de la cultura, que permiten al narcotráfico penetrar en nuestras vidas cotidianas. Esto incluye el lenguaje, la ropa, los carros, etc. Bajo esta definición también podríamos incluir a las series y películas. Dejando esto claro, debemos preguntarnos  ¿por qué ha sido tan exitosa en nuestro país?

Omar Rincón, investigador del CEPER uniandino, lo explica de una manera interesante. Según él, a los colombianos nos gusta esa vida exótica del narco que nos enseña la televisión, llena de carros lujosos, joyas, ropas costosas, caballos finos, armas, mansiones y mujeres bellas y operadas. Nos gusta esa imagen del narco porque en Colombia valoramos el tener “billete” y esa cultura del “todo vale” para conseguir riquezas. Por eso nos gustan las narco series. También porque nos muestran narrativas en las que estos delincuentes son héroes marginados y enfrentados al sistema que superaron la pobreza a través de un negocio ilícito. Los alabamos porque nos hacen ver que ellos consiguieron aquello que todos deseamos en lo más profundo: tener un estilo de vida lleno de opulencia. Mejor dicho, tal y como lo explica Rincón, “mirarnos en el espejo de las narco telenovelas nos devuelve un reflejo deforme de nosotros mismos”. Nos gusta lo narco porque nos sentimos identificados y porque, en el fondo, también queremos ser ese héroe renegado y tener todo lo que este tiene, aunque sea una concepción errada.

 Y así como nosotros nos sentimos identificados, a los extranjeros les causa curiosidad ese estilo de vida tan disruptivo a sus costumbres. Las narco producciones se vuelven entonces una ventana que ofrece una mirada hacia ese mundo tan extraño, pero que al mismo tiempo se muestra muy atractivo. Todo esto nos ayuda a entender el éxito de las narcoseries y a comprender un poco más de dónde sale esa imagen tan destructiva de los colombianos.  

Habiendo dicho esto, he de expresar que resulta muy doloroso ver cómo son enaltecidas personas que le hicieron tanto daño a nuestro país, que nos pusieron de rodillas  y nos sumieron en el terror. Es más doloroso aún ver que, donde sea que vayamos, siempre nos acompaña ese sello de lo narco y de la cocaína que se ve imborrable, en parte por culpa de la televisión que se encarga de mostrarle implícitamente al mundo que Colombia es sinónimo de narcotráfico y en parte por culpa nuestra que convertimos estas producciones en reyes del rating. Todo esto hace que uno se pregunte ¿Cómo lo cambiamos? ¿Cómo hacemos que Colombia deje de ser el país de Escobar y la cocaína y se vuelva el de las personas alegres  y el buen café? Luego de discutirlo y reflexionarlo un tiempo llegué a la conclusión de que es casi imposible cambiar ese prejuicio. 

Es triste, pero es una realidad que debemos empezar a aceptar. Desearía poder decir que es solo cuestión de tiempo para que la gente empiece a olvidar la etiqueta de narcotraficantes, pero estaría mintiendo. Esto por varias razones.

Primero, porque el estereotipo se alimenta de las narco producciones de entretenimiento, cuyas cualidades cautivantes han sido bien aprovechadas por el capitalismo para generar dinero. En pocas palabras, lo narco vende. Siempre que haya público dispuesto a consumir este tipo de contenido, habrá narconovelas. Por eso hoy siguen lanzando series y telenovelas que involucran estas temáticas. Esto quiere decir que el estereotipo solo podría perder fuerza una vez el gusto por estas series disminuya, cosa que no es muy probable que pase porque, como mencioné, a los extranjeros les gusta esa narcoestética y el colombiano mismo la adora.

Segundo, porque pretender que el tiempo borre esa oscura huella de nuestro pasado significa ignorar que los capos colombianos, como Pablo Escobar, no solo fueron personajes nacionales reconocidos  sino que, como ya he dicho, conforman todo un fenómeno social y cultural que en la actualidad se encuentra muy arraigado y que cada vez suma nuevos adeptos.

Ahora bien, quiero recalcar que dije que era casi imposible acabar con esa imagen negativa, mas no impensable. Claro que hay esperanza, aunque mínima. Si la creación de este estereotipo dañino alimentado por la televisión comienza con el acontecimiento de la era del terror impuesta por los narcos, entonces necesitamos un nuevo acontecimiento de las mismas proporciones e impacto que vuelva a ponernos en un papel protagónico del escenario internacional, solo que esta vez debe ser uno positivo. 

¿Cuál es el problema? En primer lugar, es muy difícil esperar un acontecimiento de la misma magnitud, pues no necesitamos simplemente un suceso positivo, sino que también debe generar un enorme impacto sociocultural y de las mismas proporciones, cosa que no ha sucedido hasta ahora, pues, como podemos ver, aún existen señalamientos y estereotipos. En segundo lugar, que es algo impredecible. No sabemos cuándo se va a dar o si al menos puede llegar a suceder. Podríamos quedarnos toda la vida esperando, o peor, puede que el próximo suceso importante no sea positivo. Sí existe la posibilidad, pero es casi nula.

Esto no quiere decir que debamos quedarnos de brazos cruzados. Podemos intentar enaltecer a nuestro país en aspectos positivos para intentar corregir, aunque sea un poco, ese prejuicio que se tiene del colombiano. Esto con la esperanza de que, en el futuro, las personas no solo piensen en coca y plomo cuando se mencione a nuestro país.  Hay tantas cosas buenas de esta tierra que han sido opacadas por la cocaína y que merecen ser conocidas. No olvidemos que Colombia tiene el mejor café del mundo; que tenemos la mayor diversidad de aves del planeta; que tenemos una rica tradición cultural y gastronómica; que tenemos deportistas de primera y algunos de ellos medallistas olímpicos; que Colombia es el segundo país más biodiverso. Incluso hubo una ocasión en que fuimos catalogados como el segundo país más feliz del mundo. En fin, tantas cosas buenas por exaltar, pero que desafortunadamente no han tenido la fuerza suficiente para abatir esa mala reputación y que no podemos pretender que lo hagan por lo que diré a continuación.

Para ser honesto, creo que por más que intentemos mostrar todo lo bueno que tenemos para dar, todo lo que somos, solo un milagro puede salvarnos de esa desafortunada etiqueta de lo narco que tenemos. Yo, por mi parte, estaré orgulloso de todo lo que mi país tiene para ofrecer y veré siempre al colombiano trabajador y berraco por encima del mafioso, pero no tendré esperanzas de que todo el mundo haga lo mismo y que las cosas cambien, que dejen de asociarnos con delincuentes y drogas, pues desafortunadamente lo narco hace parte de nuestra historia y de nosotros mismos. 

Colombia, al igual que una moneda, tiene dos caras. Una es el lado más hermoso y reluciente que deslumbra, mientras el otro está desgastado, oxidado y desfigurado. Pero esta cara horrenda no desaparecerá por más que la otra brille como el sol.  Ambas caras hacen parte de un todo inseparable. Así es Colombia, y para mí ha llegado el momento de aceptarlo con tristeza. Al fin y al cabo,  Colombia es un país de café y cocaína. 

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