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Una flecha mortal

Sobre la autora: Juliana Solano Pineda, estudiante de primer semestre de Derecho y miembro del Consejo Editorial de Al Derecho.

Las flores del vergel nunca habían estado tan fragantes como aquella mañana. Era silencioso el paso del río que sorteaba las montañas alrededor del reino, pero no tanto como el viento fresco que se filtraba debajo de las puertas del castillo en contraste con el clima veraniego, presagio de que el otoño se acercaba de nuevo.

Hacía un día maravilloso, pero a los ojos de Sus Majestades, era Evolet la que embellecía el paisaje con sus risas y divertidas muecas. Revoloteaba como mariposa por las encrucijadas del jardín, en tanto, sus padres admiraban los arbustos con forma de delfín.

Entre senderos confusos, caminando detrás de su pequeña y de la mano de su reina, al rey Eduardo le fue anunciada la llegada de una visita inesperada y no tan placentera.

Se trataba de un hombre cuya amistad había perdido tal como se desvanecen los dientes de león en un soplido. Hace mucho tiempo, en el campo de batalla, la adorada esposa de este hombre había sido capturada por soldados del ejército enemigo, quienes atravesaron su costado con una espada ante los ojos de su marido. “¡Irene…!” gritó su esposo, desesperado y encolerizado, al tiempo que corrió tras ellos. Oportunamente, Eduardo se dio cuenta de la vil estrategia. Los secuestradores de la reina, guiaban a su incauto amigo hacia una emboscada siniestra. Sabiendo esto, le impidió el paso a quien con amargura deseaba vengar a su amada, salvándole así la vida, pero envenenando su alma. Desde ese día en más, nunca tuvo el perdón del ilustre personaje que pisaba el camino empedrado hacia su presencia. Se había convertido en el peor enemigo del rey Lucio de Derk.

El recibimiento fue cordial, no hay razón para dudarlo, pero la respuesta a la amable salutación no tuvo el mismo ánimo por parte de quien sabía que no era del todo bienvenido. El rey Lucio era un hombre peligroso, sobre todo después de la partida de su reina. El rey Eduardo y la reina Caelia eran bien conscientes de que el rencor que guardaba contra ellos habría de ser liberado cuando la oportunidad se diera. Así que, por más tentador que fuera, no podían confiar en las buenas intenciones del hombre que acudía a su encuentro. Presentían, y con razón de hacerlo, que había venido porque había descubierto cómo hacerlos pagar por su pasado lastimero.

Caelia, afanada y temblando de pies a cabeza por los nervios que la sobrecogían, corrió al lado de Evolet para llevársela por entre el laberinto de arbustos a un lugar apartado, alejada de la mirada del rey Lucio. Pero no contaba con la astucia de su vecino, cuyos ojos sagaces ya las habían visto desde una de las ventanas del castillo.

Evolet y Caelia atravesaron puertas tan grandes que bien podían ser cruzadas por gigantes, por escaleras relucientes como lustradas por las órdenes a una varita mágica, caminaron a prisa por cuartos de espejos que revelaban quién fuese la más bella de todo el reino, por grandes salones en donde quien bailara con un príncipe apuesto se escapara al sonar las doce, y por pasillos tapizados en alfombra roja, el color de los labios que espera un beso de amor verdadero para salvarse del profundo sueño. Finalmente, madre e hija llegaron a la habitación de la princesa, convencidas de haber evadido todo riesgo.

La audiencia entre Sus Majestades no tardó mucho. Nadie supo qué palabras se cruzaron, pero el rey Lucio no pareció complacido de cómo concluyó la asamblea, y en aquella misma hora su carruaje partió.

La noche no tardó en cobijar la tierra con sus brazos de estrellas y cada vez había menos sonidos merodeando el palacio. Lejos de los suspiros, sospechas y habladurías, el cuarto de Evolet permanecía en silencio, en tanto su madre leía y ella dormía. La reina era invadida por mil pensamientos, pero todos fueron dispersados en el mismo momento en que una joven sirvienta entró al cuarto corriendo. La doncella, quien por tantos años había sido la protegida de la reina después de encontrarla mendigando cuando era pequeña, se encontraba de pie junto a la puerta con una respiración acelerada. Caelia irrumpió su lectura, se levantó con sorpresa y caminó hacia su pupila para calmar su angustia.

— ¿Qué sucede, Amelia? —preguntó la reina.

— Atacaron la frontera. —respondió llorando la sirvienta, al tiempo que sonaban estruendos desde afuera.

Caelia volteó la mirada hacia su aterrada princesa, corrió hacia ella y la besó mil veces en la cabeza para consolarla de sus terribles sospechas.

Por su corazón, la reina sabía que grande era el mal venidero, pues la luz azul volvió a asomarse para señalar con fuerza hacia el bosque encantado. Evolet, nuevamente, fue testigo de tan grande misterio.

Se escucharon gritos por los pasillos y la reina supo que ya no podían quedarse en el mismo sitio. Ordenó a Amelia tomar a Evolet entre sus brazos y, habiéndole confiado su tesoro más preciado, la  guio por los pasajes ocultos hacia donde se encontró con su esposo amado y, aunque estaban abrumados por tan fatal acontecimiento, los reyes se dieron un tierno beso.

Había una carroza esperándolos afuera para emprender la fuga hacia un refugio lejos de la guerra. Una vez adentro, la angustiada reina abrazó a su princesa, al tiempo que era abrigada por el padre de la pequeña. Evolet temblaba del miedo en el hombro de la reina, al cual se aferraba con firmeza, mientras observaba el caótico escenario que los rodeaba a medida que avanzaban. Muerte, humo y llamas. Solo eso quedaba.

La familia escuchaba en silencio los cascos de los caballos que corrían con diligencia, cuando una veloz flecha dejó la carroza sin quien la condujera. Las ruedas del carruaje se estrellaron contra las ásperas rocas que bordeaban el sendero y, en medio del ajetreo, el rey se vio obligado a recuperar el control que los corceles perdieron.

Caelia alistó sus flechas y empezó a contraatacar a los demás arqueros con un semblante vigoroso e inquebrantable. Pero sus habilidades no superaban el número de los atacantes, de modo que, justo antes de que el rey lograra tomar un desvío, una flecha logró derribarla con un impacto infalible a su pecho. De repente, un estallido de luz detuvo el curso de todo acontecimiento y pareció como si en todo el universo solo se hallaran Evolet y la reina, envueltas en una mágica barrera de cristal azul cerúleo.

— Ma… ¡Mamá! —sollozó la princesa, al tiempo que corría al lado de su madre malherida, que sobre el césped se encontraba tendida.

— Me voy, pero te dejo una parte de mí… —la reina sostuvo la mano de su hija con sus dedos fríos, pero no desolados del calor del alma— Mi corazón… La luz azul proviene del corazón de diamante, y ahora es tuyo.

Sus manos guiaron las de la pequeña hacia su pecho, cerró los ojos y de pronto, un cristal escarchado con forma de corazón salió de ella. Los ojos de la princesa se abrieron con sorpresa y su cuerpo fue suspendido en el aire al tiempo que el diamante lo hacía. Evolet fue envuelta lentamente por un brillo azul que se movía a su alrededor como el agua de un riachuelo flotante. Entonces, cegada por el resplandor, se hizo una con el diamante.

La luz se disipó hasta desaparecer y Evolet retornó a tierra al tiempo que empezaba a llover. Con los vestidos empapados y con su padre a su lado, abrazó a su madre por última vez, quien le advirtió cuidar el regalo que le había sido entregado de los hombres de corazón malvado. Fue en ese instante cuando, rodeada de amor y llanto, la reina Caelia dio su último aliento. El corazón de diamante tenía ahora un nuevo dueño.

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