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Detrás del antifaz

Sobre la autora: Juliana Solano Pineda, estudiante de primer semestre de Derecho y miembro del Consejo Editorial de Al Derecho.

Aquí, mis queridísimos lectores, es donde empieza la historia que les había anticipado. La princesa se convirtió en guardiana, la niña se convirtió en doncella y Evolet se habría de convertir en reina.

Era indiscutible que, por su dulzura, valentía, hermosura, inteligencia, calidez y sencillez, la princesa de todos se hacía querer. No es sin razón que Su Alteza fuera conocida por ser la joya de Lux, el orgullo de su padre y la viva imagen de su madre.

La salud del rey Eduardo había decaído con los años, después de haber perdido a la reina Caelia, al igual que el reino al terminar la guerra. Previendo un futuro resplandeciente para su pueblo, decidió coronar a su hija antes de tiempo. Esto no sorprendió a la corte, pues todos sospechaban que el rey pronto habría de caer en el eterno sueño. Incluso la decisión les pareció sabia y acertada, pues veían en Evolet una excelente reina. No obstante, le hacía falta con quién compartiera las responsabilidades del reino, un príncipe digno de ser llamado su marido. Para propiciar aquel encuentro, se organizó un baile al que asistirían pretendientes del más alto abolengo.

El rey notificó las nuevas a su hija, quien, entristecida por la noticia, se limitó a aceptar con resignación los planes que para ella se tenían.

El día del baile había llegado y Amelia entró de mañana en los aposentos de Su Alteza para inquirir los sentimientos de la princesa. Esta respondió risueña, pero pronto puso en evidencia una sonrisa lastimera. Una bruma de pensamientos opacó su alegría agonizante y así, suspirándole al paisaje más allá de su ventana, la princesa no supo distinguir entre la lluvia y las lágrimas que empañaron su mirada. La realidad la abrumaba. Un matrimonio sin amor, aquella fatalidad la atormentaba.

Pero todavía era temprano para pensar en tan horrible desventura. Pronto el clima recuperó su encanto y como Evolet siempre disfrutaba de un pacífico paseo, Amelia recurrió a aquella idea como antídoto para las penas que a su amiga le robaban el aliento. La idea le pareció más que maravillosa a la princesa y así juntas decidieron salir a tomar aire fresco.

Se fueron disfrazadas por el jardín trasero, pero un guardia las detuvo poco antes de dirigirse al pueblo. Se trataba de Tristán, un joven caballero que velaba siempre por la integridad de la princesa. En lugar de detener a las doncellas, se ofreció a protegerlas, incapaz de impedir a Su Alteza de disfrutar, quizá, su última visita a las afueras, como había sucedido con Caelia.

La excursión pronto se organizó, estando el rey inadvertido, y con suma discreción, la carroza partió a toda prisa hasta llegar a su destino.

El mercado parecía el más divertido entre todos los lugares, así que la princesa se precipitó hacia las tiendas y corredores. No obstante, recordaba que fue advertida, aún desde antes de bajarse del carruaje, de que bajo ninguna circunstancia se retirara la capa o el abrigo, atendiendo a la precaución de pasar desapercibidos.

Había hojas color naranja, café y amarillo que hacían pequeños remolinos en el piso, así como las nubes en el cielo azul Danubio. Y qué decir del pan entre las brasas y las piedras, o las exquisitas frutas que se paseaban entre las manos de los campesinos para ponerlas a la venta. ¡Oh Lux, cuán hermosa eres a los ojos de los forajidos que, aun viviendo dentro de tus muros, desconocen tan majestuoso paraíso!

La princesa, maravillada del caleidoscopio de gentes y exóticos objetos que adornaban cada rincón del mercado, no se percató de que de Tristián y de Amelia se había alejado demasiado.

En medio de la plaza, los gitanos iniciaron sus cánticos y danzas, al tiempo que las gentes se aglomeraban para ver el espectáculo que recién empezaba. Errante en medio de tan afanosa avalancha, la princesa dejó caer su capa al tiempo que tropezaba con un desconocido, joven como ella y de buen parecido. No alcanzó a disculparse cuando sus ojos se cruzaron, sumergidos ambos en el reflejo embriagante, plasmado en el iris desprevenido. Él la miró asombrado, pero ufano, en tanto ella, pudorosa, apartó su rostro para ocultar su rubor lozano.

El joven recogió la capa de la princesa y se la entregó en sus manos. Evolet, agradecida, se despidió con una tímida sonrisa. Aunque caminó a toda prisa, no pudo resistir la tentación de volver la vista. Él seguía allí, observándola desde la distancia, en medio de la algarabía. Pudo haber dejado aquello en manos del destino, pero de aquel encuentro estaban bien atentos sus diminutos vecinos.

Tristán encontró finalmente a Su Alteza y la escoltó a ella y a Amelia devuelta al lugar donde las esperaban para la gran fiesta. Entraron en el carruaje y Evolet, ensimismada y con tristeza, permanecía inquieta por los incautos sentimientos que el extraño caballero había despertado en ella.

De pronto, todo se hizo silencio y la carroza donde viajaba la joya de Lux se detuvo de momento. Tristán, cumpliendo su palabra de proteger a la princesa con recelo, salió a investigar el motivo de tan sospechoso imprevisto.

En efecto, el peligro se había asomado contra la realeza de nuevo. Un grupo de bandidos  los habían asaltado, todos vestidos de negro. El cochero había sido derribado y Tristán tuvo que enfrentarse a un espadachín muy diestro.

Entre tanto, Amelia instó a la princesa a intercambiar algunas de sus prendas y a escapar por la puerta trasera. Evolet se negó a partir sin ella, pero Amelia sabía que no lograrían irse juntas aunque quisieran. Era necesaria una distracción y, para darle tiempo a la hija de Caelia, estaba dispuesta a hacerse pasar por ella.

Evolet obedeció todo cuanto le dijo Amelia y, con suma cautela, hacia el bosque emprendió su fuga, sin saber realmente hacia dónde se dirigía. El adversario de Tristán, no obstante, se dio cuenta, y dejando de blandir su espada, corrió tras la princesa. Al guarda de la futura reina lo apremiaba el deber, pero poco pudo hacer, pues se encontró rodeado de muchas espadas que le impidieron  protegerla.

El espadachín alcanzó a tomarla de la muñeca y hacia sus brazos la llevó para detenerla. Evolet gritaba y se resistía, pero más era la fuerza con la que él la sostenía. De pronto, la princesa retiró el antifaz bajo el cual su asaltante se escondía y, como si hubiera visto una aparición, quedó inmovilizada por el dolor del corazón. Era el mismo rostro con el que se había topado hacía poco tiempo, el mismo que había sido plasmado con cincel en sus recuerdos.

Acongojada, estupefacta y dolida, le impactó al caballero un golpe en el costado que le diera tiempo para emprender de nuevo su huída. Su plan salió como esperaba, pero mientras corría y él volvía a perseguirla, sus ojos se habían llenado de lágrimas. El extraño estaba por alcanzarla, pero recortó la marcha al percibir desde la distancia la fragilidad de la princesa que del cansancio desfallecía. Ella tambaleaba y él, preocupado, decidió romper la distancia que los separaba.

Habiendo corrido a su encuentro, el joven llegó justo a tiempo para atraparla antes de que esta cayera al suelo, sin fuerzas y fatigada. Evolet se había desmayado en los brazos del caballero, quien la contempló absorto por su belleza, mientras diminutas criaturas los observaban escondidas entre ramas, hojas y piedrecillas. La doncella, en aquel momento, recuperó lentamente la conciencia para encontrarse con la mirada del joven junto a ella. De pronto, quedaron embebidos por el espejismo azul cerúleo que se veía al trasluz de sus ojos, y el brillo que los rodeaba propiciaba la atmósfera que los embebía en una llamarada de sentimientos desconocida para ambos. El forastero permaneció perplejo, tanto por el encanto inocente de quien sostenía con cuidado como por la luz imponente que salía de su corazón cristalizado. Estaba contemplando lo que solo a los corazones puros les era revelado. Él era digno de ver el diamante encantado.

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