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La niebla del engaño

CUENTO 4

Sobre la autora: Juliana Solano Pineda, estudiante de primer semestre de Derecho y miembro del Consejo Editorial de Al Derecho.

Los cielos oscurecidos se abrieron para derramar sobre la tierra diluvios y granizo, las aguas anegaban los caminos y las ventiscas arrastraban todo cuanto se les cruzaba como con la fuerza de los ríos. Los árboles bailaban las tristes danzas de una caótica dramaturgia y los habitantes del bosque huían de las peripecias de la naturaleza encolerizada.

La noche había caído sobre Lux como un velo de luto por la princesa que había desaparecido. Esa noche el festejo se convirtió en duelo, en especial para aquel padre que había decaído en su lecho mortuorio, enflaquecido por las terribles noticias que llegaron a sus oídos. El carruaje de su hija en la mañana había partido, en la tarde había sido desmantelado por bandidos, su cochero hallado muerto junto al camino, y era la hora en que nadie conocía el paradero de Evolet.

Entre tanto, en los adentros de una cueva, la princesa y el joven que le hacía compañía permanecían ocultos de las inclemencias del clima que azotaba la tierra con lloviznas y bramidos. Lo que ninguno sabía es que, para llegar a donde se encontraban, habían cruzado los límites que separaban los dos mundos. Estaban dentro del bosque encantado, hogar de las criaturas de las que habrás escuchado en los cuentos de hadas.

El desconocido preparaba una fogata que les brindara abrigo aquella gélida noche que parecía anunciar la llegada del invierno. Evolet observaba cada uno de sus movimientos, hasta que él, agachado y junto al fuego, se volvió a mirarla impávido. El reflejo de las llamas alcanzaba a trastocar el color de sus ojos, dándole a sus miradas un aire intrigante y melancólico. 

Rompieron el silencio. “Eiden”, se presentó el joven, y al tiempo la princesa lo asaltó con mil preguntas. El joven, para sorpresa de la doncella, parecía bien dispuesto a contestar cada pregunta que ella le hiciera. Así pues, se desvelaron junto al calor de las brasas.

El joven, mis queridísimos lectores, no era un bandolero, como quizá hubieran supuesto. Era el heredero de la corona del reino de Derk, pero esto lo mantuvo en secreto, para que de él la princesa no tuviera miedo. Por instrucciones de su padre había viajado a Lux con un grupo de soldados de entre los más diestros. Debía raptar a la princesa y llevarla a su presencia, pero se había arrepentido de todo cuanto había planeado hacer desde el momento en que vio a Su Alteza, cautivado por su inocencia y belleza. Además, cuando sus ojos vieron la magia que florecía del corazón en su pecho, el príncipe comprendió las intenciones de su padre, el rey Lucio.

Los recuerdos no pueden ser arrebatados cuando quedan grabados con sello. Así recordaba Eiden, cuando todavía era un niño, que su padre le hablaba sobre un poder escondido que les permitiría ver a su madre por última vez. Lo había buscado por doquier y estuvo a punto de darse por vencido, hasta que una noche de tormenta, un sabio de la corte llegó contándole una sorpresiva noticia. Había visto un brillo azul que provenía del castillo del reino vecino. El rey de Derk no lo dudó ni un segundo. El corazón de diamante se encontraba en Lux.

No esperó mucho tiempo antes de viajar al reino de sus enemigos, pero se encargó primero de enviar espías que descubrieran quién fuese el portador del tesoro escondido. Cuando se enteró finalmente que se trataba de Caelia, ordenó que prepararan su viaje para sorprender al rey Eduardo con su visita. Eiden recordaba con claridad el día de su partida y lo enojado que se veía cuando regresó. El rey Eduardo se había negado a darle algo que, a su entender, no era más que un invento. Bien sabéis que el rey de Lux no estaba enterado de la existencia del diamante que su reina llevaba incrustado en el pecho, pero el rey de Derk tomó su respuesta como una clara evasiva que no supo pasar por alto. Por eso había decidido atacarlos y tomar por la fuerza lo que le había sido negado. No obstante, no consiguió su cometido y ahora que la princesa había crecido, nuevamente por el diamante había venido. Una vez el príncipe entendió esto, decidió proteger la vida de quien lo había hechizado con el más fuerte de todos los encantamientos.

De todo cuanto les he dicho, el príncipe solo le contó a Evolet lo que planeaba el rey Lucio, omitiendo su identidad en medio del discurso. Asimismo, le hizo saber sus intenciones de protegerla, pero ninguno sabía cómo liberar a Evolet de las asechanzas de la codicia.

Los picustos, quienes escuchaban curiosos su conversación, decidieron dárseles a conocer. La princesa y el príncipe se asustaron de momento, asombrados de la existencia de seres tan pequeños. Uno de los picustos permaneció volando frente ellos y les dijo que había una forma de devolver el diamante al lugar donde había sido creado.

Debían poner la joya en una roca que tenía su misma forma, la cual se encontraba en la cima de la montaña más alta, desde donde su luz irradiara todos los reinos por mil años para asegurar la paz entre ellos. Solo así la vida de Evolet no terminaría trágicamente, como sucede con todos los portadores del corazón de diamante.

No había tiempo que perder. Al resplandor del alba salieron de la cueva, sin poder creer el paisaje tan vislumbrante que se abría ante sus ojos en los adentros del bosque emblanquecido, más aún después de la tormenta de la noche anterior que había arremetido imperiosa contra todo transeúnte desprevenido. “Es hermoso”, estuvieron de acuerdo los hijos de los reyes enemigos, pero el momento fue efímero. Una bruma misteriosa los rodeó rápidamente y aunque los picustos, alarmados, intentaron detenerla, les fue imposible evitar que se esparciera.

Evolet empezó a oír un canto familiar, dulce y suave, uno que habitaba en lo más profundo de su memoria y que la invitaba a aquellos tiempos donde escuchaba las canciones sin letra de su madre, melodías que se refundían en el eco del palacio y el sonido de las gotas al caer sobre el ajimez de su cuarto. De pronto, la bruma se tornó azul cerúleo. Esto no lo podían ver u oír ni Eiden ni los picustos, pues la magia de la bruma pretendía engañar solo a la portadora del diamante en bruto.

Evolet se adentró en la niebla, atraída por la voz y el resplandor que provenían de ella. Eiden se percató rápidamente de su ausencia y empezó a buscarla con ayuda de los viejos amigos de Caelia. Mientras tanto, cubierta de humo de pies a cabeza, la princesa se encontró en medio de una nube de gritos que desgarraron su alma. Veía los campos de su reino en llamas y de pronto, apareció la imagen de varios soldados levantando el cuerpo de una arquera caída en batalla. La pérdida, la pena, la desdicha y la desgracia: todas instigadoras de la ira que destilaban los ojos del rey Eduardo por haber perdido ese día a su ser más amado. A sus gritos se sumaron los de Evolet, quien clamaba porque alguien la librara de tan espantosa visión. De pronto, cuando todo sonido se había disipado, vio a Eiden sentado en el trono del rey Lucio. La bruma le había enseñado la verdadera identidad del advenedizo.

La niebla se disipó en aquel momento, pero algo había cambiado en Evolet mientras que estuvo adentro. Los picustos y el príncipe se acercaron a ella, pero la hija de Eduardo, al ver a quien creía ser cómplice de la muerte de su madre, empezó a reclamarle a viva voz por su pérdida, terriblemente dolorida.

Eiden quiso aclararle todo lo sucedido, pero al acercársele para tranquilizarla, ella se apartó alarmada. Con su corazón envenenado y malherido, la luz y la magia habían desaparecido. La joya en su pecho se había agrietado y, al tiempo que lanzaba un último resplandor, la princesa cayó en un profundo sueño en brazos de a quien injustamente había acusado, mientras su piel se tornaba rápidamente de un color opaco. Los picustosle advirtieron al príncipe que la última esperanza de salvar a Evolet era terminar la travesía que se habían propuesto antes y evitar así que su cuerpo entero se convirtiera en diamante.

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