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Los Andes en pandemia: Cuando el paro daba más miedo que el covid

Por: Redacción Universidad

El día que María vió por televisión que el Presidente Duque anunciaba la cuarentena pensó que el mundo se iba a acabar. En casi 60 años de ser colombiana, nunca imaginó que un virus haría lo que la violencia no pudo: paralizar por completo al país y meter a todo el mundo en sus casas. Desde el primer día supo que su aislamiento sería distinto: para trabajar en la Universidad de Los Andes había que estar dispuesto a arriesgarse.

El vínculo con los Servicios Generales uniandinos implicaba dos cosas: tener un contrato con sueldo fijo pese a la pandemia y estar dispuesto a ir al campus siempre que las condiciones lo permitieran. Para María, no había dicotomía: “Nunca nos dejaron sin nada ni nos sacaron, así que había que trabajar”.

A las 3:20am está ya de pie, o si no se arriesga a no llegar a tiempo para el inicio de su turno de 6:00am. Vive en Alfonso Lopez, en el corazón de la localidad de Usme al sur de Bogotá. Como el cuerpo “no recibe muchas cosas a esas horas”, solo toma agua o “un juguito” y sale a enfrentarse a la madrugada capitalina. El olor a tierra mojada y el frío punzante en la cara le anuncian el inicio de una jornada de trabajo. “No dan ganas de salir, pero toca, todo sea por el trabajito” dice mientras aprieta el paso con optimismo..

Antes podía coger una “busetica” que pasaba cerca de su casa y la dejaba sin trasbordos frente al Edificio Mario Laserrna. “Uno la cogía a las 4:30 y podía estar tipo 5:15 o 5:20 en la Universidad. Pero esas ya no pasan, las acabaron. Decían que contaminaban mucho y eran provisionales” cuenta compungida. Sin estas, debe tomar un SITP, que son más complicados porque “paran solo en estaciones, como no compiten con otros se demoran y me dejan más lejos. Me toca bajarme en el Bacatá, ese edificio altísimo que queda por ahí cerca” para subir a pie hasta Las Aguas. 

Cuando llega, ahí sí, cede al antojo de “un tintico caliente, recién hechecito”. Nos lo tomamos con las compañeritas antes de comenzar”. Las organizan por grupos, cada día en un área distinta. Antes del covid estaba fija en las oficinas de una facultad porque “uno conoce a los profesores, sus mañas. Sabe cuándo llegan, cuál es su vaso, como les gusta ordenar la oficina. Ellos se acostumbran y piden que lo dejen a uno siempre en el mismo sitio”.

Ahora, con la pandemia, las han organizado por turnos generales: de 6am a 2pm y de 7am a 4pm. “Unos días a un lado, otros días al otro. Vamos rotando diario, pero uno llega y encuentra todo igual. Limpio y acomodado. No hay nadie que desordene”. Pese a que les alivia el trabajo el hecho de que no haya “monitos” desordenando lo que ellas van acomodando y limpiando, el panorama de una Universidad desolada y vacía les da nostalgia. “Los extrañamos mucho, ahora solo vemos a los que trabajan en el laboratorio y los de seguridad. Es muy triste”. La jornada continúa. 

Hoy le toca una zona en la que cubre a una compañera suya que dió positivo para el covid: “La misma universidad nos hace pruebas cada nada. Si una sale positiva, aíslan a todo el grupo de ella. Hasta que no dan negativo no las vuelven a programar, pero el sueldito se mantiene gracias a Dios” me cuenta.

Ella misma dió positivo para el virus a mitad del año pasado. “Yo no sentí nada, la verdad. Igual el resultado llegó como un mes después de que me lo hicieron. Si tenía, ya me había dado y me había pasado”. En todo caso le parece que lo suyo fue un “falso positivo”, porque nunca tuvo síntomas, sin guardar cuarentena (porque no se enteró a tiempo) nadie en su familia se contagió y la doctora le dijo que “no le aparecían los anticuerpos del virus en el examen”. 

El sol empieza a caer. La “compañerita” que sale a las dos se va y queda ella sola en el W. “Esto queda solo, solo…y oscuro. A veces me da miedo, pero nunca me han asustado. En esta soledad tan tremenda hay compañeritas que escuchan pasos, risas, que se bajan las cisternas donde no hay nadie. A mí no me ha pasado, gracias a Dios”. Termina y llega la hora de irse, pero estamos en pleno estallido del paro nacional.

Si el virus le daba miedo, el paro le da terror. Como todas las marchas se dirigen a la Plaza de Bolívar, lo primero que cierran son las estaciones de Transmilenio. No encuentra en qué devolverse a su casa. Está de acuerdo con las marchas, pero no con sus formas: “Todas las estaciones de Transmilenios por ahí por la 10ma y San Victorino están acabadas. Ninguna está funcionando, hay veces que nos toca caminar horas, emparamadas bajo la lluvia, para salir del centro”. Para irse a la casa, le toca ser creativa.

Baja caminando hasta la 10ma a ver si consigue un “pirata” que la acerque “lo más que pueda”. Transmilenio no es una opción y el bus que pasa “lo cogen a piedra. No pueden ver un bus porque lo apedrean, es terrible. Y eso que somos nosotras, gente como uno, la que usa los buses. ¿Quién del Norte va a coger un bus para Usme?”. Si consigue “coger uno”, el pirata la lleva hasta Molinos o el Portal de Usme. No hay más. A partir de ahí tendrá que caminar entre una hora u hora y media a pie hasta su casa. “Lo peor es cuando llueve. Con sombrilla y todo se lava uno igual. El otro día me tocó caminar dos horas bajo la lluvia hasta mi casa, porque me dejaron en Molinos. Tocaba porque si no, no llegaba”.

Sin embargo, ella se cuenta entre las afortunadas. Las protestas han paralizado de tal forma la ciudad que así encuentren “en qué llegar” a Los Andes, no encuentran como salir. Es el centro el que está en cuarentena y no precisamente por el covid. Sus colegas de Soacha tuvieron que irse, en la primera semana del paro, completamente a pie hasta sus casas, ida y vuelta. “Me contaban de dos, tres, cuatro horas. Camine y camine. No encontraron en qué devolverse. ¡Llovía y se pagaron ni qué lavadas!”.

Sabe que su aislamiento ha sido atípico, pero dice que hace lo que se puede. La “carestía tremenda” que ha visto le da fuerza para seguir trabajando porque “si no trabaja no come” y necesita su sueldo. “La carne que compraba en diez mil ahora está hasta en quince mil. La arveja de seis mil ahora en diez mil o más. La libra de limones a más de cuatro mil y los huevos a quinientos por unidad, cuando antes uno los conseguía por 350”, explica para justificar por qué los maratones bajo la lluvia no la detienen.

Pero no es solo ella quien no ha podido hacer cuarentena, tampoco su familia. Su hermano trabaja en Cota y con los cierres tuvo que caminar “mucho pero mucho mucho”, porque el Portal de la 80 es de los primeros que cierran siempre que “salen los del paro”. “Le dió covid y estuvo muy malito. Trabajó hasta que pudo y cuando se recuperó le tocó seguir trabajando. Pero bueno, al menos no lo entubaron” relata aliviada. 

No se rinde, pero está cansada. A su edad, quisiera un poco más de paz, por lo que estudia opciones para un retiro temprano. “Me dan ganas de retirar lo que tengo, voy a ver si puedo hacer la vuelta con los fondos” me dice mientras se despide de la visita que tenía en su casa, de una comadre a la que el covid le mató el esposo. 

Sobre el virus, sabe que puede volver a darle en cualquier momento, pero no puede dejar de ir a trabajar. “Toca trabajar por turnos, y si uno da positivo, pues lo mandan a la casa. Pero a trabajar uno tiene que ir, siempre que el campus esté abierto” porque no tiene alternativas y Los Andes tampoco se las ofrece. Si el paro “se pone duro”, quizás las dejan salir más temprano, pero eso no les evita nada de su calvario. 

Cuando llega a su casa, por fin se escucha tranquila. Le da tiempo de sentarse. Le pregunto por lo que hará al día siguiente, pero me replica: “Con tanta cosa que pasa, ya una no sabe. Si no nos mata el virus, nos va a matar el paro. Amanecerá y veremos”.

Nota editorial: Esta mujer, aunque real, no se llama María. Su nombre ha sido cambiado para proteger su identidad. 

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