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La otra cara de la lucha pro vida

Por Mariana Navarro, estudiante de 1 semestre de derecho, miembro del Consejo editorial.

A diferencia de las creencias perpetuadas en escenarios de debate sobre el aborto, quienes defendemos la vida no somos un grupo de hombres blancos alejados de las experiencias de vida de las mujeres. Por el contrario, los defensores de la vida somos un grupo muy diverso, conformado en gran parte por mujeres jóvenes, como yo, quienes creemos que cada ser humano tiene valor intrínseco y que el aborto va en detrimento del bienestar de la mujer. También es falso que la oposición al aborto está fundamentada en simples doctrinas religiosas y que esta posición no pueda ser defendida desde un punto de vista científico. A continuación, desmentiré estas calificaciones, defendiendo el derecho a la vida desde la perspectiva de la lógica, la biología y la genética, la medicina y la política.

Muchos de los desacuerdos alrededor de la discusión sobre el aborto radican en el origen de la vida humana. Algunos afirman que la vida comienza en el nacimiento, al instante que el bebé puede subsistir por sí sólo y es independiente de la madre. Sin embargo, al momento de nacer, y por varios años después, un bebé no es independiente, ya que no puede sobrevivir sin la constante atención y cuidado de otra persona. De igual manera, algunas personas en condición de discapacidad no pueden subsistir por sí solas sin la asistencia de un tercero. No por esta razón los niños pequeños o las personas en condición de discapacidad pierden valor como seres humanos. 

Otras personas defienden el aborto hasta el punto en que se desarrollan por completo ciertos órganos, como el corazón o el sistema nervioso. No obstante, actualmente cientos de miles de personas en el mundo padecen enfermedades que no permiten el funcionamiento de órganos vitales como el corazón, por lo que dependen de elementos artificiales para producir latidos y mantenerlos vivos. El cerebro de una persona promedio tarda aproximadamente 25 años en alcanzar la madurez y desarrollo completo. Por lo tanto, la deficiencia o falta de desarrollo de los órganos no determina el valor de la vida humana. Algunas personas consideran que los fetos en gestación no tienen valor porque no son capaces de sentir dolor. Este argumento se puede desarmar fácilmente al observar que es posible quitarle la vida a un adulto completamente formado, sin que éste sienta dolor alguno, y, sin embargo, esto no justifica acabar con su vida. En fin, son muchos los argumentos que se usan para determinar el inicio de la vida humana, pero sólo hay uno que recoge a toda la población, sin discriminación por condiciones médicas, mentales, o de edad: la concepción.

Al momento de la concepción, los dos gametos se juntan para formar una célula (el cigoto) que contiene, generalmente, 46 cromosomas que a su vez conforman un código genético nuevo y único. Es decir, el cigoto producto de la fecundación es genéticamente diferente a su madre y a su padre. Es importante recordar que, según la ciencia moderna, la unidad mínima de la vida es la célula, y que un organismo no cambia de especie durante el transcurso de su vida. Teniendo esto en mente, es posible afirmar con absoluta certeza que el cigoto es un ser vivo, ya que es una célula (unidad mínima de vida) en una etapa temprana del desarrollo. En otras palabras, se trata de un ser humano. Como se trata de información genética distinta de los dos gametos que lo forman, un cigoto, que posteriormente se convierte en un embrión y eventualmente en un feto, no hace parte del cuerpo de la madre, ya que todos los componentes de un mismo cuerpo poseen el mismo código genético. En cambio, se trata del inicio del desarrollo de un nuevo cuerpo, distinto al de la madre. Como dijo Jérôme Lejeune, precursor de la genética moderna y quien descubrió la trisomía 21: “si el ser humano no comienza con la fecundación, entonces no comienza nunca”.

Habiendo establecido el inicio de la vida humana de acuerdo a los postulados de la ciencia moderna, es importante evaluar el compromiso que tenemos como sociedad a la protección de la vida. Los tratados internacionales vigentes, como el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y la Convención sobre los Derechos del Niño, definen la vida como un derecho fundamental, sin el cual no pueden existir el resto de derechos. También se estipula en numerosos tratados internacionales que las personas en especial condición de vulnerabilidad deben gozar de una mayor protección de sus derechos, y qué mayor situación de vulnerabilidad que la de un ser humano que no tiene forma alguna de velar por su propio bienestar. Si no se respeta el derecho a la vida, sin discriminación por edad o etapa de desarrollo, la lucha por los demás derechos es tanto inútil como contradictoria. Y sin el respeto a los derechos de los otros, no puede existir la vida en sociedad.

Hasta el momento, sólo he argumentado en contra del aborto desde los intereses de los seres humanos en gestación, pero de ninguna manera desconozco los intereses de las mujeres que se ven enfrentadas a la realidad del aborto. Si bien el aborto legal se ha presentado en las últimas décadas como un procedimiento seguro, lo cierto es que ningún aborto, legal o clandestino, es seguro. El aborto médico, practicado hasta la semana 10 de gestación, se realiza a través de la ingesta de medicamentos hormonales, como mifepristona y misoprostol, para interrumpir el flujo de sangre y nutrientes al feto. Por el contrario, el aborto quirúrgico, como su nombre indica, requiere de una intervención quirúrgica para remover al feto. Una forma de realizar un aborto quirúrgico, entre las semanas 5 y 13 de gestación, es a través del método de Dilatación y Curetaje (D&C), donde se introduce un catéter de aspiración al útero que, por la fuerza de succión, desgarra el cuerpo del feto. Para evitar dejar restos del feto dentro del útero, que podrían causar una infección, se utiliza una cureta para remover cualquier resto que no haya sido succionado.

Otro método de aborto quirúrgico, practicado entre la semana 13 a la semana 24 de gestación, es el de Dilatación y Evacuación (D&E), donde se introducen pinzas al útero y se extraen, una por una, las extremidades del feto, seguidas por los organos. Como la cabeza del feto es demasiado grande para ser extraída, se utilizan las pinzas para quebrarla en pedazos más pequeños que pueden ser extraídos a través del cuello uterino. Para el aborto médico, los riesgos incluyen sangrado intenso e infecciones, mientras que para el quirúrgico, los riesgos son perforaciones al útero con potencial de afectación a otros órganos, infección del cuello uterino, complicaciones en embarazos futuros, e incluso la muerte. Aunque muy pocas mujeres lo saben, según estudios médicos el aborto inducido podría también incrementar las probabilidades de desarrollar cáncer de cuello uterino y ovarios. Pero las afectaciones físicas no son las únicas que aquejan a las mujeres luego de practicarse abortos. Lamentablemente, es muy común que las mujeres que han abortado experimenten síntomas asociados a la ansiedad, la depresión, el estrés postraumático, e incluso pensamientos suicidas. Muchas de las mujeres que deciden abortar lo hacen sin conocer los riesgos que esto representa para su salud física y mental, y son víctimas de la industria multimillonaria del aborto que explota sus vulnerabilidades. 

Y es que el aborto tiene toda una industria a su alrededor. La organización abortista más grande en el mundo, Planned Parenthood, cuenta con miles de clínicas alrededor del mundo, con filiales en decenas de países, incluyendo Colombia. En el reporte anual de 2019-20, Planned Parenthood reportó ingresos de más de 1.600 millones de dólares, que mayoritariamente provinieron de donaciones o ganancias relacionadas con el aborto. Si bien esta organización asegura velar por el bienestar de las mujeres y garantizar sus derechos, varias investigaciones han revelado que la organización encubre casos de abuso sexual, incluyendo menores de edad, con tal de practicar abortos a tantas mujeres como sea posible. Esto debido a que el costo de cada aborto oscila entre los 75 y los 3.000 dólares, sin duda convirtiéndolo en un “negocio” muy lucrativo, en detrimento de los intereses de las mujeres. Según el testimonio de Ramona Treviño, una antigua empleada de una clínica abortista de Planned Parenthood en Texas, el personal de la clínica recibía instrucciones de atender tantas mujeres como fuera posible, incluso si eso comprometía la calidad del servicio ofrecido. Acorde a Treviño, al acudir a clínicas de Planned Parenthood, las mujeres son tratadas como “ganado.”

Además, se han reportado casos en los que clínicas de Planned Parenthood reciben donaciones destinadas a ser usadas en ciertos grupos poblacionales específicos. Es decir, aceptan donaciones de personas que piden explícitamente que el dinero se utilice para “eliminar” a personas de una raza o grupo étnico determinado. Esto no sorprende, considerando que la fundadora de Planned Parenthood, Margaret Sanger, era una fuerte defensora de la eugenesia, una filosofía que propone manipular los rasgos hereditarios para “perfeccionar” la raza humana. En palabras de Sanger, su propósito principal era “ayudar a la carrera hacia la eliminación de los no aptos”. Este legado está presente hasta el día de hoy en la industria del aborto a nivel mundial, donde los objetivos son que las personas “no aptas” dejen de reproducirse, y que se maximicen las ganancias, incluso si los métodos para obtenerlos van en contravía de la salud y la protección de las mujeres más vulnerables de nuestra sociedad. 

En ocasiones, los defensores del aborto aseguran que no es ético traer niños al mundo si no van a tener oportunidades o garantías básicas de bienestar. Ante este dilema, yo me pregunto, si en vez de utilizar miles de millones de dólares al año en procedimientos de abortos, lo emplearamos en crear condiciones dignas para personas en condición de vulnerabilidad ¿cuántos niños podríamos salvar de la pobreza extrema? ¿A cuántas mujeres podríamos ayudar, para que sientan que acabar con la vida de sus hijos no es la única opción?

Con esas preguntas en mente, quiero concluir con un llamado a la acción a quienes defendemos la vida. Si bien el aborto es injustificable porque acaba con la vida de un ser humano inocente, el debate en torno a éste se debe dar desde un punto de vista compasivo y solidario. Ninguna mujer aborta por gusto, y en casi todos los casos, el aborto viene acompañado de mucho dolor y trauma, que puede perdurar por años e incluso décadas después del procedimiento. La solución no es agregar al trauma de las mujeres al llamarlas “asesinas”. Tampoco es una solución viable buscar superioridad retórica, participando en debates académicos, pero olvidándonos de la realidad cotidiana de mujeres que se enfrentan a embarazos inesperados. 

Lo que debemos hacer para demostrar nuestro interés por preservar la vida, es proveer alternativas para que las mujeres no opten por el trauma físico y psicológico que conlleva un aborto, sino que se sientan respaldadas y protegidas para llevar a término su embarazo. También es esencial velar por condiciones que garanticen el bienestar de todos los niños, para que no sólo tengan vida, sino que verdaderamente sea una vida digna. La lucha no es contra las mujeres que abortan, sino contra el sistema que las convenció de que abortar era su única opción. La causa provida es una lucha en pro de la mujer porque, sin importar cómo lo vendan, el aborto es la máxima explotación de la mujer.

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