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Susurros de una carta muerta

Por: Juliana Solano, estudiante de segundo semestre de derecho, miembro del Consejo Editorial

13 de diciembre de 1907

Querido Joaquín,

Ya son varios meses sin que me escribas y debo confesar que extraño descifrar tu caligrafía, pero quiero creer que es porque las aulas de Washington te mantienen demasiado ocupado y alejado del correo. Por eso soy yo quien escribe esta vez. No soy buena para estas cosas, ya lo sabes, las cartas siempre eran cosa tuya, de puño y letra, porque te negabas a usar una máquina para lo que era asuntos del corazón. ¿Te acuerdas? Les ponías bordes con lo que siempre dije que eran garabatos, aunque insistieras que eran flores, y las aromatizabas con tu perfume favorito. Acércate a estas páginas. En un patético intento por imitarte, las aromaticé con el mío para que tengas algo que te recuerde a tu hogar; para que desees correr a mis brazos, donde me juraste haber encontrado el significado de amar.

Me la paso contando los días de tu regreso y, en medio de la soledad de esta habitación que me acompaña mientras te escribo, te imploro, no tardes. Guardo la esperanza de que no me hallas olvidado, de que estés tan desesperado como yo por reencontrarnos. Te sueño y anhelo que también sostengas mi imagen entre las bóvedas de tus ensoñaciones, pasando noches de melancolía. 

Lo reconozco, es egoísta de mi parte querer que sufras mi ausencia como sufro la tuya, pero dime, sino me aferro a ese oscuro pensamiento, ¿a qué más podría aferrarme? Debiste haber regresado hace dos días. No bajaste del barco que tocó puerto el día que habías prometido y esa noche me acosté sin tenerte a mi lado. Desde aquel instante la incertidumbre es mi enemiga y no puedo ya soportar su compañía. “¿Será hoy?, ¿será mañana?” Pero no quiero perder la esperanza. Ya no por mí, que soy débil sola, sino por quien me acompaña en mi vientre, añorando conocerte. Cuánto quisiera ahora que tu tardanza inquietara tu conciencia sabiendo que no dejaste a una sino a dos

Te fuiste sin saberlo y no sabes cuánto me arrepiento de mi silencio. Quería que cumplieras tus sueños y estudiaras en América por el tiempo que habías dispuesto, sin remordimientos. Te envié una foto mía. Todavía imagino la expresión de tu rostro sorprendido al ver mi vientre ya expandido por el fruto de nuestro amor. No sé si la recibiste o no, pero te suplico no me castigues con el peso del silencio. 

Quizá me lo merezco y confieso que me estoy justificando, pero no sé de qué más valerme para apagar la culpa que me persigue, para acallar mi consciencia, que ahora me remuerde y me reclama por haberla ignorado cuando silencié a tu partida. Aunque tú no me perdones, yo sí debo perdonarme, para no sufrir tanto y no sentirme culpable si tu cuerpo no regresa, aunque tu recuerdo permanezca para siempre. Pero mantengo viva la esperanza de que me perdones y no me dejes aquí sola, que te acuerdes de tus promesas y la distancia no sea lo que separe al marido de su mujer antes que la muerte.

Por eso, te lo suplico, Joaquín de mis sueños, regresa.

Siempre, siempre tuya,

Alicia

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