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Pantalla negra, corazón negro: el dilema de las cámaras en clase 

Por: Isabella Arrubla, estudiante de tercer semestre de Derecho y doble programa con Psicología, miembro del Concejo Editorial.

Prender o no las cámaras en clase, se ha vuelto, sin lugar a duda, uno de los más grandes debates a nivel institucional e incluso nacional desde la llegada de la pandemia del COVID- 19. Algunos alegan que obligar a los alumnos a prender cámara vulnera el derecho a la intimidad de los mismos, mientras que otros argumentan que el no prenderla entorpece el buen desarrollo de la sesión al otorgarle, quizás, libertades y flexibilidades al estudiante que imposibilitan una concentración y disciplina adecuadas. El debate ha generado múltiples posturas y discusiones a tal punto que los estudiantes siguen sin tener muy claro si está permitido que un profesor exija prender cámaras en clase y, a su vez, que un estudiante se oponga, aun cuando la universidad ya se pronunció al respecto en respuesta a un derecho de petición realizado por el Periódico. Sin embargo,  este escrito no pretende darle la razón a uno u otro punto de vista, sino por el contrario, hacer un esfuerzo por acercarnos a ese sentimiento últimamente tan mencionado en los medios y en el día a día: la empatía. 

Tal vez la idea de escribir sobre este tema no habría surgido si no hubiera sido porque un día, en una de esas mañanas frías y grises donde lo único que provoca es quedarse debajo de las cobijas, pude imaginar lo triste, frustrante y desmotivante que debe ser dictar clase cuando lo único que se ve son 40 cuadritos negros con letras blancas pretendiendo romper con el anonimato. Fue esa mañana, mientras hacía un gran esfuerzo por sentarme frente al computador a escuchar una clase que no es de mi total agrado, cuando me cambió la perspectiva sobre lo que es estar en la posición del profesor. Posición donde las excusas son reducidas y la responsabilidad supera cualquier sentimiento de impotencia o tristeza. 

La clase empezó con el mismo aire monótono de siempre. El silencio inicial daba indicios de que no sería una clase de tinte alegre y participativo. Se percibía la tensión incluso estando a kilómetros de distancia y sin poder mirarnos a los ojos, pues, como era habitual, la única cara que se veía en pantalla era la de este profesor serio (y en ocasiones autoritario) que me atrevería a decir, nos ha intimidado un poco a todos alguna vez.  

Fue cuestión de segundos para que las palabras pronunciadas por el profesor tuvieran un efecto sensibilizador en todos los presentes y nos dejara con un sabor amargo en el cuerpo. Con los ojos vidriosos y la voz entrecortada, el profesor empezó a expresar que tanto él como su familia se encontraban pasando por un momento difícil y que, por ende, nos pedía paciencia y comprensión. Hubo un silencio sepulcral, estoy segura de que todos desde nuestras casas sentimos como si nuestra sangre hubiera disminuido unos dos grados en temperatura. Quedamos fríos, perplejos. No sabíamos qué hacer, qué decir y mucho menos, qué esperar en lo que quedaba de clase. En otras circunstancias dicho hecho podría haber pasado desapercibido. Sin embargo, ver cómo esa figura que siempre se mostraba tan fuerte había dejado al descubierto su lado más sensible, vulnerable y, a fin de cuentas, humano, me dejó, en palabras coloquiales, con el corazón espichurra’o.  

La clase continuó a pesar de la tensión existente y para mi sorpresa, solo fuimos un grupo de cuatro personas (de una clase de 40) quienes nos animamos a prender la cámara para hacerle entender, de una manera implícita quizás, que no estaba solo. Que no solo nos importaba su clase, sino que nos importaba él, como docente y profesional, pero, sobre todo, como un ser humano que siente y sufre al igual que todas las personas. ¿Que si el prender cámaras incrementa la motivación y reduce el estrés? No lo sé. Lo que sí me atrevería a afirmar es que prender cámaras es un hecho de respeto y sobre todo de empatía con quien se encuentra del otro lado de la pantalla; sea un docente, un invitado o un alumno.  

Para nosotros como estudiantes, y no lo podemos negar, es muy fácil acudir a excusas como “no tengo internet”, “se me fue la luz” o “estoy en una cita médica” para no participar en alguna clase o incluso para no asistir. Apliquemos o no este tipo de frases en nuestra vida académica, sabemos que muchas de las veces, no responden a una situación verídica. Pero el punto de interés no está en qué tan real sea la excusa, sino en que parece ser que los sentimientos y emociones de los estudiantes merecen un mayor respeto que el de los docentes, pero, ¿por qué? ¿Por qué una ruptura amorosa, haberse peleado con los papás, tener bajos los ánimos por haber reprobado un examen o en general haber tenido un día lleno de tropiezos nos eximen a nosotros de cumplir con ciertas responsabilidades (al menos temporalmente) pero a los profesores no? 

Algunos podrán pensar que tiene toda la lógica del mundo por tratarse de dos etapas de la vida de un ser humano en donde se tienen diferentes compromisos. No obstante, me pregunto si las emociones pueden ser dignas de una valoración por razones del rol que cada uno ejerce en el aula. ¿Somos los jóvenes más propensos a sentir la tristeza de una manera más abrupta que los adultos en razón de tener menos experiencia para enfrentarla? ¿Hasta qué punto la falta de empatía de los estudiantes sumado a su capricho de no prender cámaras afecta el bienestar emocional y profesional de los docentes? ¿Quién alguna vez se ha preguntado sobre las condiciones con las que un profesor está dictando su clase?  

La experiencia que viví aquella mañana supo tocarme las fibras más profundas e invitarme a salir de esa burbuja egoísta en donde a veces, como estudiantes, solemos habitar. Prender las cámaras no cambiará el mundo, pero tal vez logre cambiarle el día a ese profesor que, como nosotros, pasa todo el día sentado frente a un computador y quien, como nosotros, anhela que la educación como se vivía antes del COVID vuelva a las aulas de la Universidad de Los Andes. 

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