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   En el Tx se recogen besos

Por: Santiago García Correa, estudiante de octavo semestre de derecho y Ciencia Política

(…) aunque nunca como el sueño de volar que yo siempre tenía entonces, y que era recoger las piernas del suelo, y con apenas un movimiento de cintura volar a veinte centímetros del suelo, de una manera que no se puede contar por lo linda, volar por calles largas, subiendo a veces un poco y otra vez al ras del suelo, con una sensación tan clara de estar despierto, aparte que en ese sueño la contra era que yo siempre soñaba que estaba despierto, que volaba de verdad, que antes lo había soñado pero esta vez iba de veras, y cuando me despertaba era como caerme al suelo, tan triste salir andando o corriendo pero siempre pesado, vuelta abajo a cada saltoLos venenos (Final del juego, 1956), Julio Cortázar.

Frente a Villa Paulina, detrás de los bloques R y U se alza, imponente, un prisma de 40 metros de altura que contrasta con la arquitectura tradicional de los edificios que lo rodean. Quienes lo frecuentan, en su mayoría estudiantes y profesores de la Facultad de Artes de la Universidad de los Andes, se han ido familiarizando con la presencia disruptiva y curiosa de un pequeño domo en la terraza del edificio. Aquel da la espalda al frío capitalino, como receloso de los secretos que esconde en su interior. 

A su alrededor, diversos símbolos incomprensibles a primera vista y un llamativo cartel titulado “Instrucciones para volar”. Ni siquiera el piso alrededor del domo, formado por triángulos de cemento de un gris lacónico y aburrido, pudo salvarse de las diversas inscripciones y garabatos que forman parte del aura misteriosa que rodea la diminuta construcción. Y es que, si el edificio TX contrasta (o se mimetiza, como dirían sus arquitectos) con lo que hay a su alrededor, pasa lo mismo con la extraña estructura que, como por arte de magia, apareció en su terraza poco después del comienzo de la pandemia. 

Aproximándonos a la entrada del domo, situada de cara a unas escaleras que dan paso a otra terraza un poco más alta, quedan más preguntas que respuestas. Vista de cerca, la construcción parece más una tienda de campaña que otra cosa: la decoran, en el exterior, algunas ramas y banderas contentivas de unas siglas que no parecen comunicar mayor cosa, como dejadas arbitrariamente por un campista que busca marcar su territorio. En su interior encontramos objetos, si se quiere, más extraños e inquietantes: las paredes interiores y el techo están cubiertas de cables y fórmulas matemáticas; situados en pequeñas repisas, colgadas alrededor de las paredes, encontramos los más diversos objetos, desde vasos de vidrio hasta radios y baterías, estos sí, organizados en una forma que dista de lo arbitrario; sombreros, gorros y boinas de toda clase están colgados de algunos ganchos; y, por si fuera poco, una serie de altavoces proyectan sonidos, algunos de ellos guturales, convirtiendo el domo en una entidad vibrante. 

En medio del conjunto variopinto de objetos y colores, sentado frente a un escritorio que ocupa el reducido espacio que queda, nos saluda un hombre de cabello oscuro, camisa vinotinto y jean ceñido al cuerpo por un cinturón marrón. Con las gafas en su frente, entre sus ojos y los últimos atisbos de cabello, nos sonríe, como orgulloso de su obra.

David Santiago Correa Estepa estudiante de la Maestría en Artes Plásticas, Electrónicas y del Tiempo que ofrece la Facultad de Artes y Humanidades

David Santiago Correa Estepa, hombre de ficciones, nació en Duitama, Boyacá, un 2 de marzo de 1992. Proveniente de una familia dedicada al campo de la salud decidió, sin embargo, explorar horizontes epistemológicos diferentes. Desde pequeño desarrolló una fuerte inclinación por las “puertas a otras dimensiones” que, a su juicio, abren los textos ficcionales. Así, con lecturas tempranas que fueron desde García Márquez hasta Ítalo Calvino, y guiado por las recomendaciones y relatos de su padre y su tía —dueña de una librería—, Correa inició una relación con la ficción que lo llevó a estudiar Artes Plásticas en la Universidad Distrital, después de haber abandonado el pregrado en Historia que cursó por casi un año en la Nacional. En 2020 llegó a Los Andes para cursar la Maestría en Artes Plásticas, Electrónicas y del Tiempo que ofrece la Facultad de Artes y Humanidades. 

“La maestría tiene que ver con los medios que ahora nos acompañan, estos exploran y forman parte de los pulsos estéticos y culturales. Estudio, entre otras cosas, el sonido como material plástico”, nos cuenta Santiago con una mirada meditabunda. En su forma de hablar se evidencia una meticulosa selección de las palabras con la que, nos confesaría después, buscaba darse a entender adecuadamente al  público abogadil que lo escuchaba y, en efecto, poco entendía. Y la realidad es que hasta aquí entendimos, más o menos. En adelante, como diría Santiago, hubo más delirio que comprensión.

Desde que ingresó a la Maestría, debió empezar a desarrollar un proyecto al cual tituló con el acrónimo “OVNITOlogía”. Según él, es un poema, un extraño poema, con términos igualmente extraños. El acrónimo va: 

Oficina 

Vibrante 

Nómada 

Indagando 

Travesuras en 

Órbita, 

que estudia, 

Organismos 

Voladores 

N

Insonorizados 

Tejiendo 

Otredades. 

La construcción del curioso domo, su oficina, no fue otra cosa que la materialización del proyecto.

No son escasos quienes, como nosotros, merodeamos el domo atraídos por el aura exótica que emana de la estructura o, si se quiere, por la grosera extravagancia de encontrar semejante montaje y escenografía en un rincón de la Universidad relativamente poco frecuentado. Físicos, artistas, ingenieros y, ahora, abogados por igual se convirtieron  en asiduos visitantes y, para Santiago, en partícipes de la OVNITOlogía. “Por estar al aire libre, eso marca tiempos para las visitas y los encuentros: cuando llueve —y hay épocas que llueve demasiado— hay como un alejarse, y cuando sale mucho el sol igual”, nos dice. Algunos entran al domo, interactúan, manipulan algunas cosas, y conversan; otros solo lo miran con curiosidad, sin atreverse a entrar. “Hay una apuesta para que estos encuentros pasen, si se quiere, azarosamente”, afirma. 

Igual pasa con las personas que conforman la comunidad: personal de aseo, seguridad y jardinería, monitos en general, con los que ya hay algo de complicidad. Ellos mismos interactúan gustosos con el proyecto e incluso le suministran algunos caracoles encontrados en los jardines de la Universidad, que pasan a habitar espacios determinados dentro del domo. 

El proyecto de Maestría consta de 13 acciones plásticas que suceden alrededor del domo —nos explica Santiago— siendo el domo mismo una de ellas. Tales acciones van desde caracoles que lo habitan, dentro de recipientes transparentes colgados en el centro del recinto, hasta bongs que sirven como instrumentos para hacer beat box en la lluvia. “Hay tantas técnicas como acciones”, dice Santiago, “cada acción puede volverse una técnica”. Pero Santiago encontró un referente adicional: cada una de las piezas que componen su proyecto se trabajan desde la posibilidad de volar, o como lo llama él, el don del vuelo. “Como el proyecto habla sobre organismos voladores, empiezo a indagar sobre las diferentes maneras de volar, las diferentes acepciones de vuelo: estar suspendido en el aire por un momento, permitir que el viento te mueva, salir expulsado con violencia, o estar bajo los efectos de un alucinógeno”, explica Santiago. 

Estas obras, aunque disruptivas y originales, encuentran parte de su inspiración en el Disco de Oro de Carl Sagan lanzado a la vacuidad del espacio exterior en 1977 para un viaje sin retorno en las naves Voyager. En el disco, Sagan condensó “los sonidos de la tierra”: una serie de ruidos, música e imágenes que, en caso de ser encontrados por una civilización extraterrestre, resumirían lo que significa habitar el planeta tierra. En esto se inspira la intrigante variedad de sonidos que se reproducen al interior del domo y que, suponemos, representan lo que significa habitar el mismo. Confundidos, sin embargo, insistimos en conocer el origen y relevancia de estos inquietantes sonidos que, apenas nos damos cuenta, suenan por medio de unos altavoces que están pegados a la parte inferior de los recipientes que contienen los caracoles. Entonces, Santiago nos explica, quizá, la acción más bizarra que se desenvuelve en el domo.

“Hay una acción en la que recojo besos”, nos confiesa. “Yo aquí tenía columpios, que es como otro objeto volador que está suspendido. Entonces, por ir buscando la travesura, decidí conseguir un columpio erótico”. Este artefacto, digno del más refinado motel, fue usado por Santiago como moneda de cambio para la recolección de besos. La transacción era simple: él prestaba el especial columpio a una pareja que, a cambio, debía enviarle un audio con el sonido de sus besos. “¿Por qué? Porque en el disco de oro hay un beso”, explica con suficiencia, o más bien, la grabación de un beso. Los audios que le envían son editados y posteriormente reproducidos contra los contenedores de los caracoles para, según él, “lograr una comunicación de babas con babas”, las de los caracoles con las del beso. 

No le alcanzamos a preguntar si —más allá del columpio— los besos, o el amor mismo que recolectaba configuran otra acepción de vuelo u otra interacción con el disco de oro. Y nunca lo sabremos, pero quisiéramos pensar que los besos que Santiago recolectó en el tiempo  habitó la terraza del Tx, aunque no están en un disco de oro ni avanzan a más de 21.000 millones de kilómetros de la tierra, funcionan para transmitir la esencia del ser humano.

Tan abruptamente como llegó, el domo se fue. Solo algunas de las inscripciones en el lánguido piso gris dan fe de que algo memorable estuvo en la hoy vacía terraza. Santiago, por su parte, espera su grado de la Maestría, con su tesis postulada como meritoria.

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