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Viviendo historia

Por: Juan Felipe Gaviria, estudiante de Psicología, Política, Derecho y Economía (PPLE) en la Universidad de Ámsterdam

Me atrevería a decir que desde la segunda mitad de la última década hemos visto bastante historia. Lo de “vivir eventos históricos”. Esa frase, puesta de moda esta última semana, que entre cansancio y desesperanza se usa en memes para tratar, al mismo tiempo, de reconocer y burlarnos del presente. Pienso, por ejemplo, en el renacimiento en varias esquinas del mundo de un nuevo fascismo, cuya puerta bizarramente fue abierta por la misma democracia. O el fenómeno Trump. Un pedazo de historia casi surreal, raro, plagado de ‘Fake News’. Momentos inauditos pero hipnóticos, y una indignación que, como a todo, la rutina y la costumbre fue extinguiendo y, por lo menos para mi, convirtiéndola en una risa impotente. Ni hablemos del virus. El punto es, como diría cualquier intrépido twittero observador con algo de sátira, seriedad y susto: “estamos viviendo lo que va a llenar los libros de historia”.

Pero más allá de creerme, como todos lo hemos hecho en los últimos años, analista político gringo, o doctor especializado en enfermedades respiratorias, o microbiólogo, o bioquímico experto en vacunas o especialista en contención epidémica, o abanderado de la libertad en contra de tanta bendita medida por el virus y, ahora, laureado honoris causa en relaciones internacionales e historia ucraniana, quiero reflexionar un poco sobre la normalidad. Quizá abstraer dentro de estas calamidades, las consecuencias que sufre y no sufre la normalidad. Porque aún en tiempos de guerra, de pandemia, de inestabilidad política, paramilitarismo, guerrilla, y revoluciones, se tiene que desayunar y tomar el café de la mañana. Pues usted y yo, querido lector, si es el universitario colombiano al que supuestamente le llegarán estas palabras, gozamos del privilegio de estar lejos de este nuevo conflicto. Podemos tomar  café, y comer arepas tranquilos. Podemos desligarnos, así sea unos instantes, del flujo de noticias, videos y fotos.

Pero yo tengo una compañera en mi universidad que, aunque esté lejos del conflicto, nunca va a poder gozar de esos ratos de paz mental. Porque allá está su familia. Y los reportes de que los civiles están escondidos en sus sótanos, en las estaciones de metros y los refugios antiaéreos no le llegan por Instagram, o notificaciones de la aplicación del NYT. Le llegan por el grupo de su familia. Cada vibración de su celular, para ella no es una simple novedad, pero un alivio mezclado con terror de saber en qué está su familia ahora. Porque las guerras no son de titulares, ni mapas, ni territorio, ni fotos. Son de humanos, de miedo, y del final absoluto, vehemente y sin piedad, de aquella preciada normalidad. Esa que, cuando fue rozada para todos por la pandemia en marzo del 2020, nos iba enloqueciendo. Al sol de hoy su sombra prevalece en los carnés de vacunación, los tapabocas en las caras y las calles.  Cuando me acerqué a hablarle, a mi amiga, y oír que su familia por ahora estaba bien, hizo una pregunta. Más al aire que a mí. ¿Y mi pasaporte qué? Creo que es una pregunta que nunca nos hemos tenido que hacer como ella se la hizo, a pesar de todo el dolor que Colombia ha repartido. Su pregunta, quizá, nació desde la desaparición, frente a sus ojos, de su normalidad. Creo que es una pregunta que surge de una normalidad ahora inexistente. Una que, más allá del dolor que sentimos por dicho conflicto desde otra parte del mundo, para nosotros sigue existiendo.

Tengo otra compañera, de nacionalidad rusa, cuya normalidad moral fue destripada ayer sin su consentimiento. Ella nació y se crió como toda su familia, en la capital de la nación invasora. Entró al sitio donde estudiamos todos los días en la universidad de manera taciturna. Estaba en un color entre pálido y rojo y le brotaba pena y dolor por los poros. El país que la había criado, regalado su idioma, inculcado su cultura, alojado sus momentos felices y tristes, la había traicionado. Ella se sentía responsable, como creo que lo haríamos todos, del sufrimiento táctil, brutal, que se da en las calles ucranianas a unos 2000 km de donde está.

A muchos nos ha dolido Ucrania. A mí me ha dejado impotente, con ganas de mandar todo a la mierda. Con una decepción profunda por compartir la especie y el mundo con los líderes que se sentaron a premeditar la proliferación del sufrimiento. Porque eso es más sinónimo de guerra que cualquier otra palabra. Pero recuerdo el sentimiento que me dejó el covid: una rabia parecida porque habían cambiado los planes que sostenían mi cordura. Porque la incertidumbre era desconocida en nuestras vidas. Pero, aunque se robó mi normalidad, unas promesas y algunos sueños, no se robó el componente más presente que tenía: mi  paz. Para ellas, para estas dos compañeras, no es un conflicto pasajero. Es un terremoto irreparable, destructor de los cimientos de su realidad y de lo que era su mundo.

Este es un pequeño avistamiento, privilegiado pero doloroso y mórbido. No debería ser tomado como una curiosidad ni un dato, pero una realidad constante para un ser humano. Ellas, solo con sus ojos, me contaron más sobre la guerra que todos esos libros de historia que he leído. Me recordaron que somos frágiles y que no, la historia no ha terminado.

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