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Lo que importa es que entretenga

Por: Juan Pablo Leaño Delgado, estudiante de Derecho e Historia de tercer semestre en la universidad de los Andes, miembro del Consejo Editorial.

Sé que el tema que abordaré a continuación ya pasó su auge mediático. Asimismo, admito que hoy en día podría escribir sobre asuntos actualmente relevantes –usted ya sabrá a cuáles temas me refiero–. Sin embargo, el evento que escogí para analizar en este texto, el cual sucedió hace relativamente poco, me conmovió y me hizo caer en cuenta la caótica realidad que estamos afrontando en Colombia. Sin más preámbulos, siéntese en un lugar cómodo y  lea esta desalentadora pero sincera  columna.

                                                                       ***

El homicidio cometido por parte de Jhonier Leal hacia su hermano, el estilista Mauricio Leal, y su madre, Marleny Hernández, es, más allá de un caso penal complejo e interesante, un balde de agua fría que representa la sanguinaria realidad del país más feliz del mundo: Colombia.

El pasado 22 de noviembre, en una casa lujosa que se sitúa en la vía a La Calera, se encontraron dos cuerpos apuñalados. Los difuntos, nada más ni nada menos, se identificaban como Marleny Hernández y Mauricio Leal. Este último fue un estilista reconocido, querido y prestigioso que tenía como clientela a nombres como Gabriela Tafur, Lina Tejeiro, Laura Acuña, entre otras celebridades; por su parte, la segunda persona asesinada fue la madre de Mauricio, una mujer de 67 años. Dada la fama del peluquero, su muerte hizo presencia en los diferentes periódicos del país, los “diversos” noticieros nacionales y, sin más faltar, en las voces de miles de colombianos que imaginaban y creaban versiones de lo sucedido. 

El caso avanzó y la investigación de los hechos arrojaba un sin fin de hipótesis. En primera instancia, se encontró una carta escrita por Mauricio en la cual este transmitió que iba a llevar a cabo un suicidio: “Los amo, perdóneme, no aguanto más. A mis sobrinos y hermanos les dejo todo, con todo mi amor perdóname, mamá 11:24”. No obstante, días después, dados los elementos encontrados por la Fiscalía General de la Nación, se dedujo que las muertes misteriosas fueron causadas por un doble homicidio, y que la carta había sido manuscrita de modo forzoso. 

Al momento de ser confirmada semejante inhumanidad, Jhonier Leal, el hermano de Mauricio, expresaba en las redes sociales y en los medios de comunicación su profunda melancolía y, a pesar de todo, sus firmes ansias por saber la verdad de la muerte de sus amados familiares. Sin embargo, Jhonier no contaba con que se divulgaran múltiples y extraños movimientos de dinero cometidos por la familia; por lo tanto, la Fiscalía veía fuerte la teoría de que el doble homicidio había sido motivado  por asuntos económicos. Mientras esta suposición se confirmaba y tomaba mayor coherencia, algunas personas decidieron acusar al tan perjudicado Jhonier Leal, pues él sería el que recibiría los bienes del estilista. 

Fue así como la Fiscalía, durante varios días, investigó las propiedades de Mauricio y recolectó material probatorio para confirmar lo que hasta ese momento era una simple idea sacada de cualquier novela policíaca: Jhonier Leal mató a su hermano y a su propia Madre. El crimen protagonizado por la familia Leal-Hernández pareciera haber  sido creado por algún escritor dedicado a realizar novelas policiacas: se descubren dos cuerpos sin vida, se inicia una investigación para encontrar la raíz de los hechos, se encuentra una carta que determina un probable suicidio, nacen nuevas pistas que llevan a concluir que las muertes fueron por homicidio, surgen pruebas que demuestran problemas económicos entre la familia y, finalmente, se halla culpable a la persona “menos” sospechosa, el hermano e hijo de las víctimas. 

Definitivamente, esta historia cumple con los parámetros de ser una exitosa y dramática novela policiaca, algo que a Netflix y a los distintos escritores colombianos les puede estar interesando en este instante. Ahora, deberían ponerse a trabajar cuanto antes, pues el canal RCN ya se adelantó a producir una escalofriante serie-documental. ¡Pero espere un momento!, no quiero que me malinterprete, créame que tengo en cuenta el acto misericordioso de RCN al realizar dicho reportaje para informar al país y no para lucrarse de un evento sangriento y desagradable. Ellos –y los demás medios de comunicación– siempre desempeñan su labor desde la bondad y el respeto.

La fama de Mauricio ha permitido que su homicidio sea escuchado a nivel nacional, y, a pesar de que ya se conozcan los detalles más relevantes del caso, esto seguirá así, pero no por pena, sino por satisfacer el morbo del público que generará significantes ganancias monetarias. Han sido muy pocas las veces en que la impunidad en Colombia ha dejado de ser el protagonista en los ámbitos judiciales; muy de vez en cuando tenemos la oportunidad de conocer los detalles más pertinentes de los casos de homicidio en el país; y asimismo, es muy difícil que los colombianos nos interesemos en los asesinatos que suceden en el día a día. Las escasas veces que logramos tener interés y recibir informes de este tipo de hechos —claramente la víctima tiene que ser una celebridad para que esto suceda—, no los usamos para mejorar como país, ni tampoco para ayudar a los demás, sino más bien para convertir una situación lamentable en un reality show.

Preferimos entretenernos y reproducir los hechos antes que revocar nuestra cultura violenta. Este desgarrador y enfermizo crimen solo ratifica que la cultura violenta colombiana está vigente, no discrimina a ningún individuo y cada vez más se va convirtiendo en un fenómeno perverso. En tanto Jhonier Leal cargaba en su mente despiadada y sus manos sangrientas el asesinato de su madre y hermano, daba entrevistas a los medios de comunicación situándose como una víctima desconsolada y vulnerada por el chisme colombiano. Así de cínica es la cultura violenta de algunos cafeteros: cometen los actos atroces y, sin embargo, continúan sus flamantes vidas utilizando lo perjudicial a favor. No basta cometiendo el solo delito… 

Por otro lado, este caso también nos deja un recordatorio: los asesinatos desbordados de los líderes sociales. El homicida de Mauricio Leal y Marleny Hernández fue afortunadamente capturado en una noche fría —de esas típicas que nos regala Bogotá— del pasado 14 de enero del 2022; además, el criminal aceptó sus cargos sin ningún tipo de pudor y remordimiento. Ahora bien, cabe preguntarse, ¿cuántos victimarios fueron capturados por asesinar a más de 140 líderes sociales en el último año? Y, en sentido más general, ¿cuándo hemos puesto nuestros ojos a los casos de los líderes sociales como se ha venido haciendo con el terrorífico atentado hacia Mauricio y Marleny? La mejor prueba para comprobar que existen privilegios es el pronunciamiento del fiscal Francisco Barbosa, en el cual se felicita él mismo por resolver el caso del estilista y su progenitora, cuando todavía existen miles de expedientes que claman la justicia de 140 líderes sociales asesinados, o a nombres como Lucas Villa y Dylan Cruz que perdieron su vida en el marco de las protestas nacionales de los últimos años. 

La violencia es algo simplemente nacional. Los homicidios ocurren en cada rincón del país, pero ya se pudo evidenciar que unos son más importantes que otros, o mejor dicho, hay muertes que venden más que otras, y eso también es violento. Esta breve radiografía de la actualidad del país, analizada desde la perspectiva del doble homicidio cometido hacia Mauricio Leal y Marleny Hernández, permite concluir que los casos de asesinatos que ocurren en Colombia se desarrollan y obtienen una solución dependiendo del impacto mediático o del nivel de fama de los actores. 

Lastimosamente, dicho caso confirma que, pese a que nos vendan a Colombia como el país más feliz del mundo, la cultura violenta nos va rodeando cada vez más en sus alas. Por lo tanto, seguimos viviendo de la crueldad y la barbarie, pero de una forma exponencialmente enfermiza y sádica. Pueden ocurrir uno y mil eventos trágicos en Colombia, sin embargo, no los hemos empleado para mejorar y/o cambiar, pues, al fin y al cabo, lo que importa es que entretenga.

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