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Arte y cultura en El Chorrito, más allá de los happy brownies y la chicha

Por: María Paulina Pardo M.

Calles angostas, casas coloridas. ¿Qué pasaría si toda Bogotá fuera así?

Descubrí un callejón sin salida, un embudo hacia la realidad de mi país, un cuento de encanto. Vivimos rodeados de una sociedad de contrastes. El gris oscurecedor del cielo hacía destacar con más calidez el color de los grafitis: ¡Toquen cumbia!, ¡Positivo para ñero!, gritaban las paredes vivas aquellos relatos del pueblo. Los olores del charco frente a la lavandería se entremezclaban con el olor a jabón que salía de la pequeña puerta llena de máquinas ruidosas, buscando garantizar la sensación de limpieza que afuera no se encontraba. Mirar hacia arriba y encontrar en la montaña aquel edificio distópico me sorprendió. A lo lejos, se veían unos monstruos gigantes de hormigón y piedra que contrastaba con el deleite sencillo, cotidiano y diminuto del andar por unas calles olvidadas en el tiempo y el espacio.

El Chorrito, lo llamaban.

Encontrarme en un lugar desconocido para mí, rodeada de personas con sus diferentes historias, acentos y memorias me permitió ver el panorama amplio de lo que es Colombia. “¡Happy Brownies, Happy Brownies!” gritaban afros, rolos, paisas y costeños. ¿Será que Colombia tiene algo más que ofrecer? Claro que lo encontré. “¡Chicha chicha, se le tiene fría de maracuyá, fresa, lulo, mango biche…! ¡La chicha loca!” No solo los vendedores de cada tienda lo gritaban, mis ojos se ensordecían al mirar en cada puerta, en todos los tamaños y formas, las invitaciones a probarla. Al fondo de la calle, en medio del relajo de la gente, los turistas hablando y los pasajeros caminando, vi a un niño en su puesto ambulante con su sombrilla bajo un yarumo, muy tranquilo vendiendo el producto estrella: La chicha.

–          ¿Cómo te llamas?, le pregunté.

–          Jhon. 

“O Yon o Yhon”, pensé. Tenía quince años. Trabajaba en el Chorrito entre semana y validaba la escuela los sábados. En medio de mi curiosidad, pero con un poco de escepticismo, su insistencia en que probara la chicha me animó a hacerlo. Esa energía, aún viva de su niñez, lo hacía un gran convencedor. Cuando recibí mi pequeño vaso de plástico, luego de haber visto la consistencia espesa de la sustancia, no me imaginaba ningún sabor conocido.

–          ¿A qué te sabe la chicha Jhon?

–          Uy no sé, contestó con una sonrisa incómoda. Sabe como rico.

Una buena amiga lo describió como una compota ácida. En efecto, así fue. Pasaron los minutos y el producto pasó a ser conocido como: “La chicha juguetona en la barriga”. Las sensaciones y el entorno nos seguían llamando a descubrir más. Una guitarra, acompañada por dos voces, al pie de la fuente recitaba: “Yo las canciones y tú la magia”. Parecía como si le cantarán al lugar: “tú la magia”. Magia se sentía en el arte callejero.

La mesa de Patricia y su hija Sué (sol en muisca), tenía accesorios hechos en filigrana y macramé. Vendía anillos, piedras de la suerte, manillas, collares de cuarzo, pulseras en bronce y todo era reflejo de una historia de vida. Patricia llegó a Colombia hace 4 años cruzando la frontera a pié. En Venezuela también era artesana. Le gustaba mucho el trabajo en macramé. Cuando llegó, empezó a vender por la Puerta Falsa, la carrera séptima, hasta encontrarse con la pequeña plaza donde se encuentra. Su trabajo ha variado bastante y ahora se especializa más en metales. Sin embargo, me dejó clarito el aprecio que le tiene a todos sus productos tejidos porque la conectan con sus raíces y su pasado. De ella, me llevo esta frase: “Uno conoce la ciudad por medio de la gente”.

Aunque la ciudad va mucho más allá porque todos somos de todos lados. Por tal razón, viajé por medio de las palabras al Tapón del Darién, a través de una conversación en un rincón escondido de una tienda de artesanías. En aquella selva perdida, las comunidades indígenas kuna entre los litorales Pacífico y Caribe crean las hermosas molas. Para adquirirlas, Rosa me contaba que debía ponerse en contacto con antropólogos o trabajadores sociales, ya que estos son los que conocen a los indígenas y comercializan con ellos.

–          Una semana antes del encierro, me llegó un bulto de molas y desde ese entonces no me han vuelto a traer, las que ve ahí, son las últimas que me quedan.

Peces, águilas, tortugas y guacamayas se acomodaban perfectamente entre patrones simétricos llenos de color. Cada tela une, cada mola resume.  Las historias contadas por la vendedora de molas me transportaron a Bucaramanga. Al igual que ella, ojiclaros y pelirrojos eran sus antepasados por sus raíces germánicas. Trabajaba en el centro de artesanías hace quince años, pero viajaba mucho a visitar a sus familiares santandereanos. “Yo no me desarraigo, visito “, me decía.

Así me encontraba, visitando una tierra cercana para no desarraigarme de la esencia, de la riqueza cultural colombiana que encontré en el Callejón del Embudo. Aquel espacio del confluir de las aguas sigue representando vida para el pueblo, que desde hace siglos iba al Chorro de Quevedo a satisfacerse de la rica fuente de agua. La esencia permanece viva e intacta en cada calle angosta y cada casa colorida, la expresión artística y cultural de Bogotá, está ahí. 

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Cultura, Desarmarte

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