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Sí, soy una perra

Por: Isabella Arrubla, estudiante de cuarto semestre de Derecho y doble programa con Psicología, miembro del Concejo Editorial de Al Derecho.

La forma en la que cada ser humano vive su sexualidad es, como tantas veces lo he pensado y manifestado, una decisión totalmente personal sobre la cual ningún poder político, religioso o cultural debería tener la facultad de imponerse. Empezando porque la atracción sexual, que es un instinto biológico que desencadena en una forma de la naturaleza para procrearse, no debería verse bajo ninguna circunstancia como algo impuro, un pecado o una conducta que se pueda utilizar para juzgar a un ser humano. Desafortunadamente, esa no es la realidad que vivimos y mucho menos, la realidad que vivimos siendo mujeres. Y no, este no es un texto que busca criticar al sexo masculino ni al patriarcado, como podría ser el foco de otro autor(a). Tampoco es un texto que busca revictimizar a las mujeres y situarlas en una posición en donde solo por el hecho de pertenecer a este género se considera que tienen mayor capacidad de voz y voto que los hombres. No. Este es un texto que busca hablar sobre cómo la concepción de la libre sexualidad varía dependiendo del género y cómo el ser mujer hace más compleja su capacidad de goce, pues como es bien sabido por experiencia de cada uno, la vida se percibe de manera distinta dependiendo de si se nace hombre o mujer. 

Siempre he pensado que la sexualidad es, más allá de una característica innata del ser humano y del mundo animal, un acto sumamente puro y especial. Genera conexiones, confianza y apego. Fomenta también el autodescubrimiento, la autoconfianza y el amor propio. Es por esto que desde que tengo uso de razón, vivo mi sexualidad libremente. ¿A qué me refiero con esto? Nunca le he visto misterio a tener la iniciativa cuando hay atracción o interés por alguien. Por ello, cuando lo considero pertinente, soy yo, como mujer, quien habla, busca y escribe, sin importar el estereotipo de la sociedad donde es el hombre quien da el primer paso. Siempre me he preguntado, ¿a qué se debe esta concepción tan retrógrada? Es un pensamiento que ni siquiera puede clasificarse como machista, pues ¿acaso podrían verse beneficiados los hombres al siempre tener que ser quienes buscan y demuestran interés? ¿No es esto incluso un constructo social que impone altas cargas de responsabilidad e incluso estrés sobre el género masculino? Las relaciones deben ser mutuas, sea que se hable de amigos, familiares o parejas, y si estamos de acuerdo con esto, ¿por qué la distribución de interés no puede verse reflejada desde el inicio? 

Por la misma corriente, me he dado cuenta de que la sociedad se ha encargado de hacernos pensar que como mujeres debemos sentirnos satisfechas con lo que nos llegue, con lo que buenamente caiga. Si culturalmente el hombre es quien decide y quien toma acciones al respecto y la mujer está acostumbrada a asumir el rol pasivo de aceptar o rechazar dicho interés, entonces ¿cuándo vamos las mujeres a verdaderamente elegir conforme a nuestros propios gustos? En esta sociedad, si el hombre logra conquistar a una mujer es un “duro”, un hombre decidido y capaz de lograr lo que se propone, mientras que si es la mujer quien lo hace, llevará en la frente el letrero en tinta roja de “perra” o “fácil”. 

¿Por qué seguimos fomentando estos estereotipos? ¿De verdad es lógico razonar como lo estamos haciendo? Y con esto incluyo también a las mujeres. Es sorprendente y sobre todo desilusionante que las mismas mujeres sean las encargadas de reproducir este tipo de mensajes. Nunca lo he entendido. En ocasiones pienso que es por como las educó el sistema: sus casas, sus colegios. Y en otras pienso que es quizás porque quieren buscar siempre esta aprobación masculina que nos dijeron era tan importante desde pequeñas. En fin, sin importar de dónde vienen este tipo de percepciones que no hacen más que promover la desigualdad de género, creo que es importante al menos hacer el intento de imaginarnos y cuestionarnos situaciones como estas en donde un hombre que vive su sexualidad libremente es un berraco mientras que una mujer siempre será una perra. 

Entonces sí, si decidir libremente sobre mi sexualidad es ser una perra, sí, soy una perra.

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Cultura, Desarmarte

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