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Las armas necias de una lucha ciega

Por: Juan Felipe Samboní, estudiante de Derecho en la Universidad de Los Andes

En 1964, cuando el auge de la lucha guerrillera tomaba nombre propio, el engranaje de las ideas socialistas y de los grandes hechos históricos subversivos (la revolución cubana, por ejemplo) constituían las principales razones para que, en nuestro país, un pequeño grupo de hombres se alzara en armas. Los años pasaban, los muertos se olvidaban y los casquillos de las balas que se enterraban cada vez más en la tierra iban perdiendo las razones que, como una columna, sostenían la lucha guerrillera. 

En nuestra sociedad actual, en donde la filosofía marxista es más de libro que de realidad, esa lucha armada se ha desfigurado y ha ido convirtiéndose en el negocio que toda guerra deja. El proceso de paz con las FARC significó, de manera formalista, el fin de un conflicto que aún parece no acabar; en donde los fusiles solo han cambiado de comandante, guerrilleros y acuerdos; pero ¿qué  sostiene seguir luchando por una causa que, en términos prácticos, ya se ha conseguido (entiéndase como la llegada del primer gobierno de izquierda a Colombia)? Es evidente que muchos firmantes, al evidenciar que a la mayoría de disidentes los asesinaban en las calles, decidieron retornar a las filas subversivas; además, cabe recalcar que en ciertas zonas de nuestro país las condiciones de vida humana son miserables y, la única solución a los problemas económicos es hacer parte de los grupos armados al margen de la ley.

Teniendo esto en cuenta, es necesario afirmar que, sin ignorar las condiciones sociales de diversos pueblos colombianos, el principal objetivo de la lucha armada actual son los negocios ilícitos y no el cambio social. Pero, ¿la lucha armada en Colombia tiene más razones para seguir actuando? ¿o sería más bien el capricho de unos pocos que ponen en juego la tranquilidad nacional para salvar sus finanzas? De todas formas el conflicto armado es un fenómeno real que muchos ignoran, pero que otros viven bajo la incertidumbre de dormirse y, tal vez, despertar con un balazo incrustado en su cuerpo.

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