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La meritocracia agonizante

Por: Daniel Cuestas estudiante de octavo semestre de la facultad de derecho. Miembro del Consejo editorialsección cultura.

La palabra meritocracia, al igual que un sin número de palabras que se usan actualmente, posee un significado desde la etimología al conformarse por tres palabras: meritum (merecida recompensa), mereri (ganar o merecer) y Kratos (poder o fuerza). El mérito es entonces concebido socialmente, como el derecho a recibir reconocimiento por algo que se ha hecho, se trata de una facultad que se ha codiciado a lo largo de la historia de la humanidad. Se podría incluso decir que, desde que el hombre llegó a un consenso sobre la vida en sociedad, los individuos han querido resaltar unos entre otros por  distintos fines. Es en este deseo de obtener reconocimiento en el que se genera un punto de ruptura originado por los tiempos modernos en la forma en la que el individuo desea gozar del estatus, pues como se observará a lo largo de este texto, el concepto de meritocracia al igual que la sociedad, se convierte en un concepto dinámico y cambiante, aunque no necesariamente dirigido hacía la mejora o evolución.

Se podría decir que en tiempos pasados, por regla general, el sujeto destacaba por llevar a cabo proezas en la sociedad, la historia de la humanidad ha sido construida de manera sedimentaria por las acciones e ideales de sujetos merecedores el mérito como: Giordano Bruno en la astronomía, Friedrich Nietzche en la filosofía, Leonardo Da Vinci en el arte y ciencia, Miguel de Cervantes en la literatura, Claudio Monteverdi en la música, entre otros. Ellos alcanzaban el reconocimiento desde el mérito, como bien se ha mencionado, logrado a través del arduo trabajo que la mayoría no llevaba a cabo, rompiendo el molde del hombre del común y trabajando por desarrollar capacidades con una función social.

En tiempos un poco más cercanos a la modernidad, es observable un cambio en el sistema de valores concebido por la sociedad, aunque no por ello, se trata de un sistema precario o emancipado de la meritocracia. En aquellos tiempos de los que fueron testigos nuestros abuelos y padres, quienes gozaban de reconocimiento eran personas que materializan hazañas que si bien no se delimitaban por el campo de las artes o las letras, mantenían una repercusión positiva en la comunidad y su desarrollo. Podemos observar varios ejemplos de lo previamente dicho en múltiples campos, por ejemplo, en la medicina e investigación con Manuel Elkin Patarroyo, quien en 1994 ganó el Premio Príncipe De Asturias De Investigación Científica y Técnica, dejando en alto el nombre de Colombia y gozando de reconocimiento a nivel mundial por haber desarrollado la vacuna contra la malaria. Así mismo, otros profesionales colombianos como Antonio Cervantes, “Kid Pambelé”, ex campeón mundial de boxeo,  han destacado en el campo del deporte.

El mayor punto de inflexión notable toma lugar en nuestros tiempos presentes, parece que la mencionada perspectiva de mérito se encuentra olvidada o difusa como menos, pues la forma de ganar reconocimiento ha cambiado de manera abrupta y las personas buscan métodos más sencillos y accesibles para gozar de fama. La llegada de las redes sociales y su gran acogida especialmente por parte de nuestra generación ha cambiado las tornas del juego y le ha impuesto un valor diferente a nuestro reconocimiento reflejado en la emisión de juicios de valor. Las redes sociales como Tik Tok o Instagram, han derribado fronteras como una extensión de la globalización dándonos acceso a contenido de todo tipo, proveniente de cualquier clase de creadores.

Lo anterior nos lleva a la posibilidad de poner sobre la mesa los claros ejemplos sobre cómo los estándares de calidad que tenemos para calificar el contenido que vemos día a día han decaído de la mano con el valor de la meritocracia. Lamentablemente hacemos famosas a personas que se dedican a calificar cómo está vestido un universitario y cuánto dinero ha costado cada prenda que viste o personas que dedican un minuto como mucho a hacer un baile frente a la pantalla (como si ello implicase un aporte a cualquier sector de la sociedad). Los llamados  “influencers” que se lucran de manera opulenta de este tipo de contenido, tienen una incesante cantidad de participación en redes sociales, manejan grandes volúmenes de publicaciones, aún así, no podemos deducir de qué manera su contenido hace un aporte a los consumidores que le siguen más allá de una efímera distracción. Adicionalmente, de manera irónica y contradictoria, es evidenciable como el contenido de estos creadores tiene una mayor acogida y se sobrepone al contenido de personas que, tratando de contrarrestar este fenómeno,  ponen a nuestra disposición un contenido de naturaleza académica, científica, incluso en materia de cultura general. Para ello se requiere de mayor trabajo expositivo y que, en muchas ocasiones, tiene un valor real en su aporte a la sociedad o a una comunidad en particular.

Por lo anterior, podemos cuestionarnos si realmente las personas a las que les otorgamos nuestro reconocimiento tienen el mérito para gozar de esa fama. Si realmente emiten contenido que de alguna manera impacte en la realidad social de nuestro país es una pregunta que deberíamos hacernos como espectadores, antes de poner sobre el pedestal del reconocimiento a tantas personas y poner en tela de juicio el mérito en su trabajo.

Este artículo, sin duda alguna, es un llamado a convertirnos en un público crítico y exigente, consciente de la importancia del rol de los medios de difusión como redes sociales, periódicos, canales de televisión, entre otros. Debemos analizar la manera en que concebimos nuestra realidad y dirigimos nuestros ideales con el paso del tiempo. Es menester, puestas así las cosas, hacer una evaluación del mérito y reconocimiento del que pueden gozar estos actores y el contenido que generan.

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Cultura, Opinión

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