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El país del desangrado corazón

Por: Juan Felipe Samboní, estudiante de Derecho en la Universidad de Los Andes

Nuestra historia es la prolongación, a veces tácita, de la violencia. Solo hace falta darnos cuenta que Colombia es un país acostumbrado a ver sangre y a oler el humo mortuorio que produce la fricción de los casquillos de bala cada vez que se disparan. Estamos tan sumidos en la repetición sistemática de nuestra rutina que ver asesinatos, masacres, atentados y desplazamientos es un hecho más de nuestra normalidad. Es bien sabido que la violencia es un instinto reprimido en cada uno de los seres humanos, pero, ¿estamos tan acostumbrados a la violencia que ya nos hemos vuelto parte de ella?

En las últimas semanas se ha vuelto a reabrir uno de los debates más polémicos de nuestro país: la prohibición de todos los actos que involucren acciones y/o coportamientos violentos entre animales. El 1 de noviembre Colombia vio como, con tono burlesco y alarmante, un HP (Honorable Parlamentario) disfrutaba el hundimiento del proyecto de ley que buscaba prohibir las corridas de toros. Así mismo, la semana pasada, gran parte de las ciudades de nuestro país vieron como distintos líderes apoyaban a la protección de las peleas de gallos. Bajo este contexto es más que necesario preguntarnos: ¿este tipo de acciones hacen parte de la cultura colombiana? La respuesta es sencilla: depende de quién la responda. Muchos alegan que las corridas de toros hacen parte de nuestra cultura, mientras otros protestan diciendo que es un acto que atenta contra los derechos de los animales, y por ello deberían ser prohibidas. No obstante, hay que tener en cuenta que detrás de los espectáculos taurinos y galleros está el poder económico.

Somos producto del arrebato que está presente en cada calle, de la violencia que se imparte democráticamente y de la sangre que se legitima desde los alrededores de la Plaza de Bolívar. De todas formas, nuestra cultura no debe considerarse como el “guardabarros” de actos que atenten  contra la dignidad de un ser sintiente. Colombia es un país cuyas calles están constituidas de lo mórbido, en donde la cultura del “usted no sabe quién soy yo” funciona como las triquiñuelas que amparan a la violencia como comportamiento social imperante. Si bien el término “violencia” no sólo hace referencia al daño físico dirigido a un tercero, sino a los hechos que vulneren a cualquier ser sintiente, nuestra cultura (al igual que la educación) debe ampliarse exhaustivamente a la sociedad, pues la normalidad monótona de nuestra cotidianidad ha considerado que las acciones violentas, que no sean sobre un humano, no son relevantes para el desenvolvimiento regulador de la sociedad. La concepción general de deshumanizar tratos ha establecido a la violencia como un tabú que aún no estamos dispuestos a afrontar. 

Colombia es característicamente religiosa, a tal punto de que culturalmente nos hacemos llamar “el país del sagrado corazón”, pero ¿en verdad es cierto? Mientras que unos proclaman pecados, otros sufren de hambre. El problema no yace en la religiosidad de nuestro país, sino en la pequeña determinación de lo que ésta considera como moral. En conclusión, somos una sociedad acostumbrada a ver que, mientras unos mueren, otros gozan de su deceso.

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