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FOMO: un monstruo colectivo

Por: Isabella Arrubla Reyes

“Fear of missing out”, o en palabras coloquiales, FOMO. Esa necesidad constante de querer encajar. Pero no hablo de encajar en cualquier lugar, hablo de encajar en donde no es.

Pienso que las amistades, en un primer momento, no se construyen, sino que nacen. Las amistades son energías, son personas que cuando estás con ellas sientes que todo fluye. Donde no hay necesidad de pensar en el próximo comentario que harás, ni si el chiste que estás por hacer les va a parecer ridículo a quienes te escuchan o no. Las amistades son relaciones con gente que hacen la vida fácil, agradable, efímera; son gente con quienes el tiempo vuela, pero, sobre todo, con quienes no hay necesidad de aparentar ser quienes no somos. 

En los últimos meses me he dado cuenta de que, como jóvenes, nos rodea una ansiedad constante de querer pertenecer a determinado grupo o grupos sociales. Queremos ser los “chéveres” de la carrera,  los que salen en las historias de Instagram rumbeando hasta las 3 de la mañana y como efecto concomitante, generar la envidia en todos aquellos que no estuvieron. Queremos llegar el lunes siguiente a la universidad para comentar al respecto y sentir que, por fin, hacemos parte de algo.

Nos urge sentirnos queridos y respetados por gente a la que extrañamente le hemos otorgado una importancia injustificada. Nos rasgamos las vestiduras pensando en si nos invitarán o no a tal reunión y nos gusta pensar que somos cool. Que pertenecemos al grupo estrella de la universidad.

Ya dejemos la pendejada. ¿De verdad nos sentimos cómodos estando en esos espacios? ¿Genuinamente es la gente con la que queremos compartir nuestro tiempo? No sé si es muy filosófico de mi parte, pero últimamente me he dado cuenta de que la vida es tan mágica y a la vez tan corta y pasajera, que me pregunto si estamos invirtiendo nuestro tiempo en aquellas personas, lugares y cosas que verdaderamente nos hacen felices.

Una vez una gran amiga me dijo: “¿Isa, no te parece muy loco que estamos vivos 70, 80 o 90 y tantos años y el resto de la eternidad vamos a estar muertos?”. Quedé en shock, jamás lo había pensado de esa manera. Pensamos que nos queda mucho tiempo por delante y que en algún momento nos sentiremos “verdaderamente plenos”, pero no es así. Pensamos que habrá otras ocasiones para ser más felices y hacer lo que nos gusta o estar donde verdaderamente nos sentimos cómodos. Pero no es así. Y no quiero sonar pesimista, todo lo contrario. Pienso que deberíamos empezar a disfrutar más el estar vivos. Pienso que socializar debería ser algo que se hace por auténtico gusto y no por estar bajo la influencia de algún tipo de presión. Pero, ¿cómo lograrlo? Pues escuchándonos más. Conversando horas interminables con nosotros mismos. Pensando en si al acostarnos cada noche en la cama sentimos el cuerpo ligero y el alma tranquila. 

Toda esta reflexión no surgió porque la haya visto en un TikTok o porque en un abrir y cerrar de ojos se me ocurrió escribir un artículo cualquiera. Lo digo porque lo viví. Porque yo misma sentí esa constante presión social. Porque era yo quien venía todos los días a la universidad pensando en qué momento me podría encontrar con este “grupo popular” para sentir que pertenecía a ellos. Porque yo misma sentí lo que era estar preocupada por el qué opinar, cómo reírme y cómo actuar. Porque yo también quise ser “cool”.

Con el paso de las semanas fue fácil darme cuenta de que ese no era mi lugar. Que estando en esos espacios yo no era yo. Por ello empecé a mirar más al techo (literalmente) e intentar entender qué era lo que pasaba y por qué me sentía así. Decidí comenzar a estar más tiempo sola, frecuentar más la Caneca (centro deportivo de la universidad), descubrir rincones nuevos en la universidad y observar. Fue así, observando y escuchándome que me di cuenta de la ridiculez en la que estaba metida y en la que desafortunadamente, mucha gente aún sigue. Con esto no afirmo que los grupos de gente bullosa y que alardea en redes o gritando por los pasillos sus planes del fin de semana sean malas personas o que entre ellos no existan verdaderas amistades. No. Con esto afirmo que el tal FOMO sí existe. Que hay personas (más de las que pensamos) en una crisis de identidad berraca que no deja sino un sinsabor en el cuerpo y en el corazón.

Mi invitación es a pensar más en nosotros y no tanto en el qué dirán. Si, yo sé, suena cliché y demás. Pero no hay nada más jarto que estar pretendiendo ser quien uno no es. No hay nada más desgastante que intentar encajar en grupos forzosamente. Y, sobre todo, no hay nada más sabroso que la soledad y los verdaderos amigos.

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Opinión, Universidad

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