Rostros anónimos, auras resilientes

Auras Anónimas es la obra de dos magníficas artistas colombianas que no quieren permitir el olvido. Aquí, unas palabras de su obra que ciertamente, nos recuerdan un pedazo de nuestra historia en el conflicto armado.

Por: María Alejandra Pérez Rodríguez, estudiante de cuarto semestre de Derecho ma.perez11@uniandes.edu.co

Colombia, un país escrito con los dolores de una guerra larga, cambiante y degradada. Colombia, un país de valientes que resurge de las ruinas. Colombia, un país de plomo, un país resiliente.

La larga guerra que ha marcado nuestras experiencias de vida con imágenes de dolor y tragedias, con innumerables cifras de muertos y heridos, ha desembocado en una falta de compasión, en una especie de inmunidad contra cualquier acto que normalmente se consideraría trágico. Pero ahora, frente a un posible acuerdo de paz, se hacen necesarias las reflexiones acerca de todo aquello que hemos dejado pasar por alto por creer que es normal o de esperarse. Ninguna masacre es normal, las víctimas de las minas antipersonales Rostros anónimos, auras resilientes Auras Anónimas es la obra de dos magníficas artistas colombianas que no quieren permitir el olvido. Aquí, unas palabras de su obra que ciertamente, nos recuerdan un pedazo de nuestra historia en el conflicto armado. no son normales, resurgir de las ruinas no es normal, llevar una vida con millones de muertes encima no es normal, y sin embargo, así ha sido la normalidad colombiana y así hemos vivido los colombianos. Hemos creado una cultura de resistencia y de resiliencia pero también de falta de memoria.

Auras Anónimas (2009), obra de Doris Salcedo y Beatriz González, es una intervención en espacio público, específicamente en el Cementerio Central de Bogotá. Un lugar lleno de historia que evoca la muerte y nos recuerda el paso efímero de la vida pero también llama a la memoria y a la necesidad de recordar a quienes han dejado este mundo. Éstas artistas emplean como soporte un espacio real en medio de la ciudad de Bogotá, lo que le da fuerza importante al mensaje que pretenden transmitir. La intervención se realizó tras la demolición de dos de los columbarios del cementerio, los cuales en algún momento sirvieron de tumbas para miles de ánimas anónimas pero que desde el 2005 están vacíos. Hoy, gracias a la intervención de estas artistas, 8957 nichos están tapados por lápidas de acrílico decoradas con figuras negras, que representan a las personas que transportan los cadáveres de tantos enfrentamientos y masacres que han ocurrido en nuestro país.

Esta obra hace alusión a las historias y noticias que recurrentemente invaden los espacios de los noticieros y la prensa colombiana, donde ya se volvió un lugar común ver a soldados, esposas, hijos, padres y hermanos cargar cuerpos sin vida, cuerpos que son ahora tristemente una cifra más en los documentos que se analizan para realizar políticas para las víctimas y su dignificación en un posible postconflicto.

La idea detrás de esta intervención es darle un espacio y un sitio seguro para guardar las auras de todas las personas que alguna vez ocuparon ese lugar físicamente y que por siempre lo ocuparán con su alma, porque el aura no se esfuma, pues el cuerpo corre más rápido que el alma.

Recorrer este espacio del cementerio central implica un ejercicio de memoria y nos desafía a reconocer la magnitud de lo desconocido, de lo intangible y la finitud y fragilidad de la vida. Las ánimas son reconocidas finalmente, se les da un rostro tras vivir y morir en medio de un conflicto degradado, deshumanizado y muy doloroso. Ahora no se ven los espacios vacíos, los rostros desconocidos, sino que se ven figuras del duro conflicto padecido, se ve su aura en el espacio.

Esta obra retrata las palabras que en algún momento pronunció Juanita León: “Los periodistas cubrimos las masacres, las capturas, los funerales, las madres llorando sobre los ataúdes de sus hijos. Pero no tanto lo que su- cede antes y lo que viene después; la zozobra, el miedo, la desolación de los largos periodos transcurridos entre una toma y la siguiente, entre el secuestro y el rescate, entre el desplazamiento y el retorno.” (León, 2005 Pg. 16) Las artistas están cubriendo con su arte lo que ocurre cuando los hechos no son lo suficientemente relevantes para aparecer en los medios. Gracias al ejercicio de memoria que suscita esta obra, en el pensamiento colectivo de los colombianos se van tejiendo aquellos relatos que por diversas razones no aparecen en las primeras planas de los periódicos que circulan por las calles, pero que constituyen la verdadera esencia del dolor de una guerra injusta que ha dejado como saldo miles de víctimas inocentes que reclaman un rostro.

Al igual que el famoso fotógrafo colombiano Jesús Abad Colorado, las artistas González y Salcedo, retratan el costo humano de la guerra y no tanto la ebriedad del combate, mediante actos de compasión y de solidaridad con tantas víctimas que ha dejado como saldo todos estos años de guerra. Unos periodistas y las otras artistas, logran un mismo objetivo que es humanizar a las víctimas, darles un rostro que se merecen en los relatos de la guerra que padecieron, a través de un relato que despierta nuestra conciencia y nos toca el alma, pero no uno amarillista que vuelve la guerra un espectáculo y llama a la ebriedad de la violencia que se ha ido interiorizando poco a poco en la identidad colombiana.

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