Violencia política en Colombia: en rechazo al asesinato de los líderes sociales

En un país como Colombia en donde ha existido una violación sistemática de los derechos humanos de la población civil, los líderes sociales son esenciales para la construcción de paz. Entonces, en el marco de posconflicto en el que nos encontramos actualmente, ¿no le alarman las cifras de asesinatos contra aquellos que velan por nuestros derechos?

Por: Daniel Felipe Enríquez Cubides. Estudiante de segundo semestre de Derecho y miembro del Consejo Editorial. df.enriquez@uniandes.edu.co

En los últimos años han asesinado alrededor de 400 líderes sociales y sindicales en Colombia. Para cuando se esté leyendo esto, tristemente, este número había aumentado aún mas. El siguiente artículo está dedicado a su memoria y al deseo, que seguramente tenemos la mayoría de colombianos, de no ver más sangre derramada en nombre de sus ideas políticas. Además, es un llamado a frenar la indiferencia, a tomar consciencia de nuestro entorno y a construir un país en donde se respete la divergencia de pensamientos.

La violencia en Colombia es en un fenómeno repetitivo, al que aparentemente estamos condenados y que nos lleva como sociedad a padecer las consecuencias de una cultura acostumbrada a la barbarie. Es suficiente con entender que los grandes hitos de nuestra historia giran en torno a hechos o circunstancias violentas para darnos cuenta de la urgente necesidad de cambiar nuestra realidad. El asesinato de los líderes sociales encuentra complicidad en la indiferencia, en la falta de interés por tomar consciencia sobre nuestro entorno y en la incompetencia para construir una sociedad respetuosa ante las diferencias.

Paradójicamente, Colombia es considerada por diversos historiadores, entre ellos David Bushnell, como la democracia más estable de América Latina. Sin embargo, esta tesis se sustenta únicamente en la continuidad de las elecciones presidenciales, ocultando el contexto detrás del desarrollo de la política colombiana. Las circunstancias bajo las cuales se han llevado a cabo los procesos electorales en Colombia —caracterizados principalmente por la retórica del odio, el autoritarismo y el miedo— le han dado legitimidad política y social a las acciones violentas por parte de distintos grupos armados e, incluso, han llevado a que el Estado actúe en contra de la población. Ello es evidente en los asesinatos de candidatos que, como sucedió con Jorge Eliécer Gaitán, desataron la histeria generalizada. La historia reconoce que con posterioridad a estos hechos y tras una serie de exclusiones políticas se fundaron organizaciones contra el Estado como las FARC.

Los procesos electorales en Colombia, más allá de ser una manifestación democrática o la elección de un modelo de gobierno, se han constituido como un simple juego de poder por el dominio de las instituciones. La confrontación de facciones políticas por ese poder ha sido la causa de episodios caóticos y de incertidumbre en nuestra historia: el denominado período de la Violencia —confrontación civil y militar por la tensión bipartidista entre liberales y conservadores— y el surgimiento del Frente Nacional, convenio que puso fin a los enfrentamientos civiles por cuestiones políticas.

Como se hace evidente la polarización política nos ha llevado a una confrontación social que le ha dado causas y efectos justificativos a las acciones de los distintos participantes del conflicto armado. Cuando la violencia es inclusive perpetuada por el Estado, encargado principal de velar por el orden y por la protección de los derechos fundamentales, se abre paso a que los sucesos violentos sean normalizados y que hallen un cierto grado de legitimidad. Esto sucede en Colombia porque la sociedad ha perdido la confianza en la democracia como regulador de las diferencias y porque se tiene una baja estima por la dignidad humana.

Lo anterior es lo que Sigmund Freud llamaría “el fenómeno de la transitoriedad”, definido como la incapacidad de darle valor a un objeto o a una persona por el simple hecho de que, eventualmente, va a desaparecer. El valor de la vida y la dignidad humana no pueden ser desestimados, por el imaginario social, de ser elementos transitorios, ya que en realidad son inherentes a la condición humana. Por lo tanto, es fundamental que se promueva la implementación cultural del respeto por el otro y del reconocimiento de la importancia de la vida con el fin de que no se cometan los mismos errores del pasado.

El contraste de los discursos del día 7 de agosto del presidente del Congreso Ernesto Macías y del presidente de la República, Iván Duque, es una muestra de los dos caminos que caracterizan la política colombiana. Por un lado, la imposición de las ideas con el uso de la fuerza, y por el otro, la unión nacional entorno al respeto por el disenso y la deliberación pública. El primero causa el odio en la sociedad y termina, tras ser mezclado con una cultura violenta, en casos como el de María Alejandra Cortés y Margarita Estupiñán. Ambas fueron asesinadas tras participar activamente en la última campaña presidencial.

El entorno de polarización y odio por la diferencia no justifica la imposición de las ideas ni normaliza los medios para conseguirlo. Pese a que no comulguemos con las posturas de los demás, dentro de los cuales se encuentran los líderes sindicales y los defensores de derechos humanos, no podemos ser cómplices del silencio sistemático frente a sus asesinatos. Es necesario recuperar la memoria histórica y, reconociendo los efectos negativos de distinguir (por sus ideales políticos) entre el valor de la vida de las personas; transformar a nuestra sociedad para llevarla hacia la configuración de la tolerancia. Para cambiar nuestra realidad, debemos ser conscientes de, por ejemplo, el crimen sistemático en contra de quienes defienden los derechos humanos en las regiones más apartadas del país, casi con la complicidad de una justicia ineficaz e impune. Una vez reconocido el problema, debemos llevar a cabo un proceso de cambio social que inculque la convivencia pacífica.

Para ello, las figuras públicas nacionales no deben ser promotoras del odio y los medios de comunicación no tienen por qué convertirse en cómplices de un mecanismo masivo de difusión del rencor. Esto debido a que la configuración de una sociedad, ya sea tolerante o violenta, se da por la forma en que los mensajes son transmitidos a través de los canales de comunicación política. Sobre esto, Habermas, en su teoría de la acción comunicativa, diría que el deber ser para lograr la tolerancia es evitar la violencia en el entorno social. Lo anterior se logra a través de un diálogo universal e irrestricto que se puede aplicar de la misma forma que en la que un psiquiatra trataría a sus pacientes.

Queda claro que para evitar la perpetuación del conflicto y la costumbre social a la violencia, es necesario que la política deje de ser un espacio de confrontación. El ideal es que sea un espacio de discusión y adecuación de las diferencias de pensamiento, de subordinación y respeto por la ley, en donde se propicie la construcción de una cohesión social y la búsqueda de un objetivo común. Llevar a cabo estos consensos sociales, sin renunciar al valioso disenso, es vital para la construcción de un proyecto de país y para la implementación de una cultura que le dé valor a la dignidad humana. Mientras en una sociedad no se valore considerablemente la vida del otro, difícilmente se dejará de ver el asesinato de los líderes sociales como algo normal, como una cifra más del conflicto.

El mensaje que nosotros, como ciudadanos, le debemos dar a aquellos que trasgreden la dignidad humana es claro: no estaremos dispuestos a aceptar las justificaciones políticas de la violencia ni la normalización del asesinato de los líderes sociales. Es inaceptable que en una sociedad como la colombiana, en donde hay una clara necesidad de que existan individuos dedicados a velar por el cumplimiento efectivo de nuestros derechos, el asesinato se vuelva algo “normal” porque nuestra historia nos lo ha querido mostrar así. Hacemos un llamado a la indignación y la concientización de lo preocupante que resultan estas muertes sistemáticas. Podrán callar sus ideas transitoriamente, pero la sociedad se encargará, como es su deber, de mantenerlos vivos en su memoria.

 

Imagen: http://pacifista.co/hay-razones-para-pensar-que-la-violencia-contra-lideres-puede-parar/

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