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Podemos hablar, Colombia

Por: Pablo Ortega, estudiante de tercer semestre de Derecho con opción en Economía. Miembro del Consejo Editorial. p.ortegal@uniandes.edu.co

Durante el auge del Paro Nacional estuve conversando con varios compañeros de universidad, amigos y familiares sobre las diferentes posibilidades que teníamos, como jóvenes, de verdaderamente hacer algo por Colombia, de construir país. Me cuestioné varias veces la existencia material de la democracia en el país, pues la sentí severamente limitada al voto. Sin encontrar una vía directa para participar políticamente, opté por el diálogo constante entre mis círculos de confianza. Una decisión que, aunque parece simple y fácil de materializar, en realidad no lo es.

Me encontré con una dura realidad que había escuchado mencionar a una profesora de Hermenéutica Jurídica alguna vez: en Colombia hay una dificultad tremenda para hablar. Estamos acostumbrados a que no se pueda conversar de temas controversiales, los cuales son, en su mayoría, los más trascendentales. Cuando yo, o cualquier otra persona traía a la mesa la crisis social de Colombia, las elecciones del próximo año, o en general un tema político, los reproches no se hacían esperar. Tenemos miedo de enfrentarnos a la posición de nuestros padres y de nuestros amigos; de que el de al lado me tilde de “facho” o de “mamerto” y me encasille en los extremos. Los espacios de información y reflexión, las oportunidades de dialogar, de llegar a consensos y de matizar nuestras posiciones quedan entonces alejadas, arrinconadas junto a las demás imprudencias e inoportunidades. 

Es decir, los colombianos no queremos hablar sobre cuestiones polémicas porque esa opinión, a menos de que sea igual a la de los demás integrantes del diálogo, va a ser castigada. La polarización que ha venido aumentando en los últimos años se ha convertido en una bola de nieve que nos ha consumido. Cada vez que etiquetamos al otro como guerrillero o como paramilitar por ser de izquierda o derecha, estamos aportando a la enorme bola de la polarización. Son esos ataques los que producen temor a que nuestra opinión, aquella que queremos expresar, no coincida con la del que está enfrente; a que nuestro parecer no sea políticamente correcto. Parece ser que nos enseñaron que solo hay una creencia correcta: aquella que no es diferente. 

La dificultad para dialogar que esto genera limita los espacios en los que se pueden tocar temas controversiales a ambientes en los que se tenga confianza. Claro, nadie quiere ser el inoportuno que le habla de la reforma tributaria a quien conoció hace apenas unos días. Los temas álgidos, entonces, están destinados exclusivamente a nuestro círculo de conocidos, lo que limita la diversidad de la discusión.  Coincidimos en muchos aspectos -casi todos- con esos integrantes de la conversación, y por eso mismo conocemos poco de la situación que viven los demás colombianos. El no poder hablar con personas distintas, quizá no tan cercanas ni parecidas a nosotros, nos arrebata la oportunidad de ampliar nuestro conocimiento sobre la situación que vive Colombia. 

Hace poco tiempo recibí un correo de la Universidad con una invitación a participar en un programa llamado “Tenemos que hablar Colombia”. Leí el mensaje e inmediatamente busqué de qué se trataba la iniciativa. En resumen, es una plataforma colaborativa de diálogo en donde convergen actores de la sociedad colombiana de la mayor variedad. ¿El objetivo? Construir, entre la ciudadanía como conjunto, una hoja de ruta compartida. El proyecto es liderado por seis universidades del país: los Andes, la EAFIT,  la Nacional, la Universidad del Valle, la Universidad del Norte y la Industrial de Santander. Encontré entonces que esta era  una invitación a participar en un espacio que lleva a la democracia a mucho más que el voto, a un ambiente donde no existen los prejuicios a hablar sobre temas controversiales, a un encuentro con personas completamente distintas a mí para conversar sobre la situación del país y la manera en la que se puede mejorar. La leí y pensé: “juepucha, tenemos que hablar, Colombia.”

Fue alentador ver que las universidades estaban liderando esos espacios de deliberación que tanta falta nos han hecho. Que esa polarización que nos abruma cada que se toca un tema político al fin se podía reducir sustancialmente. Tenía bastantes expectativas para esa cita que me asignaron para el martes de la semana que seguía. Sin embargo, también tenía mis dudas sobre el éxito de la iniciativa. Tenía miedo de que la conversación no lograra desarrollarse como me lo imaginé en un principio, de que los integrantes prefirieran guardar silencio y evitar las controversias. 

Dicho miedo, definitivamente, fue en vano. Entré a la reunión general y nos dividieron en grupos de cuatro o cinco personas. En el mío éramos apenas tres participantes: una señora de Neiva, otra de Bogotá y yo, de Medellín, además de los dos moderadores. Me lo imaginaba diferente. Fue una conversación guiada, en donde los integrantes respondíamos a unas preguntas estandarizadas que nos iban llevando por las diferentes etapas o ciclos. No había lugar para que la conversación se estancara. Hubo opiniones contrarias, claro, pero en ningún momento faltó el respeto. Tuvimos que matizar nuestras posturas y, entre los tres, llegamos a un consenso sobre aquella problemática en Colombia que se debe solucionar con mayor urgencia y el cómo hacerlo.

Una vez finalizó la reunión, sentí algo que nunca había sentido. A través de este ejercicio sentí que participé democráticamente en la construcción del país, no solo poniendo el tarjetón dentro de la urna, sino expresando mis opiniones. Mi voz había sido escuchada por alguien ajeno a mis ambientes de mayor confianza. Además, entendí la irracionalidad de la dificultad para hablar en el país. Podemos conversar sin tener que mentarnos la madre y sin tener que encasillar al otro como “mamerto” o “facho” solo porque piensa diferente. 

Este tipo de iniciativas son las que llenan a Colombia de verdadera esperanza. Prueban que sí se puede trabajar por el país y que no todo está perdido. Creo firmemente en el diálogo democrático como medio para llegar a las soluciones que traerán esas mejoras que tanto buscamos. Por eso, escribo esta columna con el objetivo de invitar a todos los lectores a participar de este programa. Es una oportunidad de hablar y de escuchar, de aprender sobre cómo perciben el país personas completamente diversas a nosotros, pero, de manera más importante, de poner nuestro “granito de arena” para que el país vaya en la dirección que queremos como sociedad. Es la chance, además, de normalizar el hablar de temas controversiales en Colombia y de acabar con ese prejuicio que tanto nos ha impedido. Este proyecto surge de la necesidad de conversar, pero transmite algo más importante. “Tenemos que hablar Colombia” es la clara prueba de que podemos hablar, Colombia.

Para conocer más información del programa, acuda a este enlace: https://tenemosquehablarcolombia.co

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